El texto, hasta ahora no divulgado, sobre la liturgia, preparado por el cardenal Arthur Roche, prefecto del Dicasterio para el Culto Divino, ha salido a la luz tras el Consistorio extraordinario celebrado en Roma a comienzos de enero. El documento, fechado el 8 de enero de 2026, confirma que la cuestión de la Misa tradicional estuvo claramente en la agenda y que en la cúpula romana se mantiene una tesis firme: la reforma posconciliar sería irreversible y el Misal de 1962 quedaría reducido a una concesión sin proyección estable.
Según se ha difundido, el texto circuló en versiones en inglés e italiano y fue publicado por Diana Montagne en Substack. No se trata de un escrito aislado: fue uno de los cuatro materiales entregados a los cardenales para reflexión y discusión, dentro de un paquete de temas fijados por el papa León XIV: evangelización, la Curia romana, el sínodo y la sinodalidad, y la liturgia.
El documento, estructurado en once puntos, ofrece una radiografía del enfoque que se quiere consolidar en la Iglesia sobre la liturgia. Su tesis atraviesa todo el texto: la “unidad” eclesial se vincula a la uniformidad ritual y la contestación a la reforma litúrgica se interpreta, en el fondo, como un problema de aceptación del Vaticano II.
Una historia de “reformas” para justificar una reforma
El documento parte de una premisa: la liturgia “siempre” ha sido reformada. Recorre desde los primeros siglos hasta el siglo XX para presentar la reforma moderna como un paso más de un proceso “orgánico”. Esta lectura no es neutral: busca desactivar la acusación de ruptura y encuadrar cualquier resistencia como nostalgia o fijación por el pasado.
El punto clave es que la reforma se presenta como el modo normal de continuidad. Sin embargo, en la práctica, el propio texto tiende a convertir esa continuidad en un argumento de autoridad: si la liturgia cambia, entonces la reforma actual no solo es legítima, sino el criterio que debe imponerse.
San Pío V y la unidad entendida como uniformidad
Uno de los pasajes más significativos es la apelación a San Pío V y la bula Quo primum. El documento recuerda que, tras Trento, se buscó preservar la unidad con un modo común de celebrar, y extrae de ahí una conclusión implícita: también hoy la unidad exigiría un marco ritual único.
La comparación tiene peso retórico, pero no es inocente: sirve para legitimar una política litúrgica que, en los hechos, estrecha el espacio de convivencia con la liturgia tradicional y sitúa el debate en términos de disciplina y obediencia más que de auténtica pluralidad eclesial.
Tradición como “río vivo”: el marco interpretativo
El texto insiste en una noción de Tradición como realidad dinámica, citando a Benedicto XVI. Sobre el papel, parece un llamado al equilibrio: conservar “tradición sólida” y permitir “progreso legítimo”. Pero la aplicación práctica del argumento es clara: la reforma posconciliar se presenta como expresión auténtica de la Tradición, mientras que el apego a las formas anteriores queda bajo sospecha de inmovilismo.
La consecuencia es previsible: lo que debería ser un principio de continuidad se convierte en una herramienta para deslegitimar la permanencia litúrgica de lo heredado.
“Sin reforma litúrgica no hay reforma de la Iglesia”
El documento cita palabras del papa Francisco para subrayar que la reforma litúrgica está en el centro de la reforma eclesial. Según el texto, los objetivos conciliares —renovación espiritual, pastoral y misionera— pasarían necesariamente por la promoción del nuevo paradigma litúrgico.
Aquí se evidencia el enfoque: la liturgia no aparece solo como ámbito sacramental y espiritual, sino como palanca de gobierno eclesial. El debate deja de ser meramente litúrgico: se convierte en un debate sobre el modelo de Iglesia que se quiere afirmar.
El problema no fue la reforma, sino la formación
El documento admite que la aplicación de la reforma “sufrió” y sigue sufriendo, pero sitúa la raíz en la falta de formación, especialmente en seminarios. No se contempla —al menos en el texto difundido— que parte de la crisis litúrgica pueda relacionarse con abusos sistemáticos tolerados durante décadas o con una ruptura efectiva en la sensibilidad católica de muchos fieles.
La lectura es significativa: se reconoce el conflicto, pero se protege el marco de la reforma, desplazando el problema al nivel de quienes no la han comprendido o aplicado bien.
Traditionis custodes como consecuencia “lógica”
La parte más delicada llega cuando el documento defiende con claridad el enfoque de Traditionis custodes y vincula la cuestión litúrgica a la aceptación del Concilio. La conclusión práctica es contundente: no se puede “volver atrás” al rito anterior y el Misal reformado sería la única expresión de la lex orandi del rito romano.
El Misal de 1962 aparece entonces como una excepción tolerada, no como un tesoro litúrgico a custodiar. En ese marco, Traditionis custodes se presenta como un instrumento para “restablecer la unidad”, pero la unidad queda definida de forma estricta: una sola forma ritual como horizonte.
Un conflicto eclesiológico
El documento insiste en que las tensiones litúrgicas no son cuestión de sensibilidades, sino un problema eclesiológico: la aceptación del Vaticano II y de su eclesiología, especialmente la expresada en Lumen gentium. En términos prácticos, se coloca a quienes aman la liturgia tradicional en un terreno incómodo: la preferencia ritual puede ser interpretada como síntoma de una resistencia doctrinal o eclesial.
Un texto revelador
El documento no aporta necesariamente novedades, pero sí algo más útil: confirma el marco mental desde el que se gobierna hoy la liturgia en Roma. La “unidad” tiende a identificarse con uniformidad, y la liturgia tradicional queda presentada como un problema que hay que contener.
Con este planteamiento, el conflicto no se resuelve: se administra. Y mientras se insiste en el lenguaje de la comunión, muchos fieles perciben que el espacio real para vivir la Tradición no se amplía, sino que se reduce.
Resta ver qué hará León XIV de ahora en adelante con un asunto que, lejos de estar cerrado, sigue marcando la vida de muchas comunidades y fieles. Si Roma pretende realmente la paz litúrgica, hará falta una respuesta clara, sin ambigüedades, que ponga fin a la inseguridad jurídica y a la improvisación pastoral que han multiplicado los conflictos.
Dajamos a disposición del lector el documento completo y traducido:
CONSISTORIO EXTRAORDINARIO
(7-8 de enero de 2026)
Liturgia: cuidadosa reflexión teológica, histórica y pastoral “para que se conserve la sana tradición y, sin embargo, quede abierto el camino al progreso legítimo” (SC 23).
LITURGIA
Card. Arthur Roche
1.-En la vida de la Iglesia, la Liturgia siempre ha experimentado reformas. Desde la Didaché a la Traditio Apostolica; del uso del griego al del latín; de los libelli precum a los Sacramentarios y los Ordines; de los Pontificales a las reformas franco-germánicas; de la Liturgia secundum usum romanae curiae a la reforma tridentina; de las reformas parciales post-tridentinas a la reforma general del Concilio Vaticano II. La historia de la Liturgia, podríamos decir, es la historia de su continuo «reformar» en un proceso de desarrollo orgánico.
2.-San Pío V, al afrontar la reforma de los libros litúrgicos en observancia del mandato del Concilio de Trento (cf. Sesión XXV, Decreto General, cap. XXI), se movió por el deseo de preservar la unidad de la Iglesia. La bula Quo primum (14 de julio de 1570), con la que se promulgó el Misal Romano, afirma que “como en la Iglesia de Dios hay una sola manera de recitar los salmos, así conviene que haya un solo rito para celebrar la Misa” (cum unum in Ecclesia Dei psallendi modum, unum Missae celebrandae ritum esse maxime deceat).
3.-La necesidad de reformar la Liturgia está estrictamente ligada al componente ritual, a través del cual — per ritus et preces (SC 48) — participamos en el misterio pascual: el rito está en sí mismo caracterizado por elementos culturales que cambian en el tiempo y en los lugares.
4.- Además, dado que la “Tradición no es la transmisión de cosas o palabras, una colección de cosas muertas” sino “el río vivo que nos une a los orígenes, el río vivo en el que los orígenes están siempre presentes” (BENEDICTO XVI, Audiencia General, 26 de abril de 2006), ciertamente podemos afirmar que la reforma de la Liturgia querida por el Concilio Vaticano II no solo está en plena sintonía con el verdadero sentido de la Tradición, sino que constituye una forma singular de ponerse al servicio de la Tradición, porque esta última es como un gran río que nos conduce a las puertas de la eternidad (ibíd.).
5.- En esta visión dinámica, “mantener la tradición sólida” y “abrir el camino al progreso legítimo” (SC 23) no pueden entenderse como dos acciones separables: sin un “progreso legítimo” la tradición se reduciría a una “colección de cosas muertas” no siempre saludables; sin la “sana tradición” el progreso corre el riesgo de convertirse en una búsqueda patológica de la novedad, que no puede generar vida, como un río cuyo cauce está bloqueado separándolo de sus fuentes.
6.- En el discurso a los participantes en la Plenaria del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (8 de febrero de 2024), el Papa Francisco se expresó así:
“A sesenta años de la promulgación de la Sacrosanctum Concilium, las palabras que leemos en su introducción, con las que los Padres declararon el propósito del Concilio, no dejan de entusiasmar. Son objetivos que describen un deseo preciso de reformar la Iglesia en sus dimensiones fundamentales: hacer que la vida cristiana de los fieles crezca cada día más; adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones sujetas a cambio; fomentar todo lo que pueda promover la unión entre todos los que creen en Cristo; fortalecer lo que sirve para llamar a todos al seno de la Iglesia (cf. SC 1). Es una tarea de renovación espiritual, pastoral, ecuménica y misionera. Y para llevarla a cabo, los Padres conciliares sabían por dónde debían empezar, sabían que había razones particularmente urgentes para emprender la reforma y la promoción de la liturgia” (Ibíd.). Es como decir: sin reforma litúrgica, no hay reforma de la Iglesia.
7.- La Reforma litúrgica se elaboró sobre la base de una “investigación teológica, histórica y pastoral precisa” (SC 23). Su alcance era hacer más plena la participación en la celebración del Misterio Pascual para una renovación de la Iglesia, Pueblo de Dios, Cuerpo Místico de Cristo (véase LG capítulos I-II), perfeccionando a los fieles en la unidad con Dios y entre ellos mismos (cf. SC 48). Solo desde la experiencia salvífica de la celebración de la Pascua, la Iglesia redescubre y relanza el mandato misionero del Señor Resucitado (cf. Mt 28, 19-20) y se convierte, en un mundo desgarrado por la discordia, en levadura de unidad.
8.- Debemos reconocer también que la aplicación de la Reforma sufrió y sigue sufriendo una falta de formación, y esta urgencia de abordarla, comenzando por los Seminarios para “dar vida al tipo de formación de los fieles y al ministerio de los pastores que tengan su cumbre y fuente en la liturgia” (Instrucción Inter oecumenici, 26 de septiembre de 1964, 5).
9.- El bien primordial de la unidad de la Iglesia no se logra congelando la división, sino encontrándonos en el compartir lo que no puede sino compartirse, como dijo el Papa Francisco en Desiderio desideravi 61:
“Estamos llamados continuamente a redescubrir la riqueza de los principios generales expuestos en los primeros números de la Sacrosanctum Concilium, comprendiendo el vínculo íntimo entre esta primera de las constituciones del Concilio y todas las demás. Por eso no podemos volver a aquella forma ritual que los padres conciliares, cum Petro et sub Petro, sintieron la necesidad de reformar, aprobando, bajo la guía del Espíritu Santo y siguiendo su conciencia de pastores, los principios de los que nació la reforma. Los santos pontífices San Pablo VI y San Juan Pablo II, al aprobar los libros litúrgicos reformados ex decreto Sacrosancti Oecumenici Concilii Vaticani II, han garantizado la fidelidad de la reforma del Concilio. Por este motivo escribí Traditionis custodes, para que la Iglesia pueda elevar, en la variedad de tantas lenguas, una sola y misma oración capaz de expresar su unidad. [Cf. Pablo VI, Constitución Apostólica Missale Romanum (3 de abril de 1969) en AAS 61 (1969) 222]. Como ya he escrito, pretendo que esta unidad se restablezca en toda la Iglesia de Rito Romano”.
10.- El uso de los libros litúrgicos que el Concilio buscó reformar fue, desde San Juan Pablo II hasta Francisco, una concesión que de ninguna manera preveía su promoción. El Papa Francisco —aun concediendo, de acuerdo con Traditionis Custodes, el uso del Missale Romanum de 1962— señaló el camino hacia la unidad en el uso de los libros litúrgicos promulgados por los santos papas Pablo VI y Juan Pablo II, de acuerdo con los decretos del Concilio Vaticano II, expresión única de la lex orandi del Rito Romano.
11.- El Papa Francisco resumió el tema de la siguiente manera (Desiderio desideravi 31):
“[…] Si la liturgia es ‘la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde emana toda su fuerza’ (Sacrosanctum Concilium, n. 10), entonces podemos comprender lo que está en juego en la cuestión litúrgica. Sería trivial leer las tensiones, lamentablemente presentes en torno a la celebración, como una simple divergencia entre diferentes gustos sobre una forma ritual particular. La problemática es principalmente eclesiológica. No veo cómo sea posible decir que se reconoce la validez del Concilio —aunque me asombra que un católico pueda presumir de no hacerlo— y al mismo tiempo no aceptar la reforma litúrgica nacida de la Sacrosanctum Concilium, un documento que expresa la realidad de la Liturgia íntimamente unida a la visión de Iglesia tan admirablemente descrita en la Lumen gentium. […]”.
Roma, 8.01.2026
