La entrevista de esta mañana de Federico Jiménez Losantos a Francisco José Delgado y al pater Góngora, sacerdotes referencia de La Sacristía de la Vendée, no sorprende a quien viene siguiendo la evolución del comunicador conservador más conocido de la radio española. Recibir en prime time a los curas de La Sacristía no ha sido un episodio aislado ni una simple concesión radiofónica a un nicho confesional. Se inserta, más bien, en un proceso intelectual que el veterano comunicador lleva meses desarrollando en antena: un recorrido histórico por la Revolución francesa y sus consecuencias, leído no como mito fundacional de la modernidad política, sino como trauma originario.
En ese relato, la Vendée aparece como algo más que una guerra civil olvidada: como el primer genocidio ideológico de la era contemporánea y como el laboratorio de un Estado que, en nombre de la razón y del progreso, inaugura una violencia totalizante contra la fe, la tradición y el orden social heredado. Para un oyente habitual de EsRadio, esta deriva no deja de resultar llamativa. Federico Jiménez Losantos no procede precisamente de un humus contrarrevolucionario: su biografía intelectual arranca en el trotskismo universitario y evoluciona hacia un liberalismo clásico profundamente marcado por el anticlericalismo ilustrado español.
Y, sin embargo, algo se mueve
El interés de Federico por la Vendée, por los cristeros mexicanos o por la persecución religiosa en España en 1936 no parece ya meramente histórico. En esos episodios descubre un patrón: cuando el Estado moderno se emancipa de cualquier límite trascendente, la Iglesia aparece —paradójicamente— como el último contrapoder real. No un actor político en sentido estricto, sino una instancia que niega al poder su pretensión de totalidad.
Ahí se produce la grieta.
Sin abrazar explícitamente una cosmovisión teológica, Federico comienza a reconocer en la Iglesia —la Iglesia que resiste, la que es perseguida— algo que el liberalismo clásico intuyó pero nunca terminó de asumir: que la libertad necesita un suelo prepolítico, y que cuando ese suelo desaparece, el Estado tiende a ocuparlo todo. La Vendée no le interesa tanto como epopeya piadosa, sino como advertencia política.
En este contexto se entiende su progresiva atención a voces eclesiales que, hasta hace poco, habrían quedado fuera de su radar. Se ha declarado lector de Olivera Ravasi; escucha con interés el catecismo que el padre Zarraute elabora a partir de los textos de monseñor Athanasius Schneider; habla con naturalidad de la Misa tradicional y de una Iglesia que, lejos de diluirse en la modernidad, comienza a resurgir como reacción a ella.
No es (de momento) una conversión, ni parece buscar serlo. Es otra cosa: una aproximación intelectual desde la sospecha ilustrada hacia una tradición que, contra todo pronóstico, sigue produciendo sentido.
El factor decisivo: los curas jóvenes tradicionales
Francisco José Delgado y el pater Góngora no encajan en el cliché del sacerdote nostálgico o resentido. Su presencia mediática —también en formatos como La Sacristía de la Vendée— combina una formación sólida, una retórica afilada y una sorprendente capacidad para moverse en el terreno cultural contemporáneo sin complejos ni necesidad de traducción permanente. No piden permiso ni disculpas. Hablan desde dentro de una tradición que no presentan como refugio identitario, sino como propuesta inteligible.
Ese carisma rompe barreras. No solo con oyentes católicos, sino con perfiles como el de Federico: intelectuales formados en la sospecha moderna que descubren, casi a su pesar, que el catolicismo que se les había presentado como residual o reaccionario posee una densidad histórica y filosófica que la modernidad líquida no ha logrado reemplazar.
El catolicismo tradicional ya no interpela solo a los convencidos o resurge como moda entre los más jóvenes. Está empezando a hacerlo sobre intelectuales que buscaban respuestas en la Ilustración y se encuentran con sus ruinas. Lo que nunca consiguieron en COPE con todo el aparato episcopal, parece que lo están empezando a conseguir un pequeño grupo de curas jóvenes.
