En la homilía pronunciada este 11 de enero de 2026, con ocasión de la fiesta de la Sagrada Familia, el sacerdote y teólogo italiano don Nicola Bux recordó una verdad elemental: la familia no nace de un consenso social ni de una evolución cultural, sino de una voluntad expresa de Dios. No es un experimento humano, sino una institución divina.
La afirmación no es retórica. Tiene consecuencias teológicas, morales y sociales de gran calado. Si la familia ha sido querida por Dios, entonces no puede ser redefinida arbitrariamente ni sustituida por construcciones ideológicas que contradicen su naturaleza. Y, sin embargo, es precisamente eso lo que sucede en buena parte de Occidente.
La familia como lugar de servicio, no de autoafirmación
Bux recordó que el término “familia” remite originalmente a un ámbito de servicio mutuo. No es un espacio de afirmación individual ni de lucha de poder, sino una comunidad ordenada por la entrega recíproca. Esta idea choca frontalmente con una cultura marcada por el individualismo, donde la lógica dominante es la autorrealización personal incluso a costa de los demás.
La pérdida de este principio explica en buena medida la fragilidad actual de la familia. Cuando desaparece la disposición a servir —entre esposos, entre padres e hijos— el vínculo se convierte en algo utilitario y, por tanto, prescindible. La familia deja de ser hogar para convertirse en contrato revocable.
La obediencia, una palabra prohibida
Uno de los aspectos más incómodos del mensaje cristiano es la obediencia. Bux la presentó no como humillación, sino como participación en el ejemplo de Cristo. El mismo Hijo de Dios quiso vivir sometido a María y a José durante largos años de vida oculta. No lo hizo por debilidad, sino para enseñar.
Hoy, en cambio, la obediencia se asocia a opresión y la autoridad se percibe como una amenaza. Esta mentalidad ha penetrado también en la vida familiar, erosionando el papel del padre, relativizando la autoridad de los padres y promoviendo una igualdad mal entendida que confunde dignidad con ausencia de orden.
Matrimonio indisoluble frente a la lógica del descarte
Otro de los ejes señalados por don Bux es la indisolubilidad del matrimonio. No se trata de una imposición disciplinar de la Iglesia, sino de una exigencia derivada del designio de Dios. La cultura contemporánea, sin embargo, aplica al matrimonio la misma lógica del descarte que rige otros ámbitos: cuando deja de ser funcional, se sustituye.
Esta mentalidad tiene efectos devastadores, no solo espirituales, sino también sociales. La banalización del vínculo conyugal debilita a la familia y, con ella, a toda la estructura social. No es casualidad que las sociedades con mayor inestabilidad familiar sean también las más fragmentadas y envejecidas.
Apertura a la vida y supervivencia de las naciones
Bux vinculó de forma directa la crisis de la familia con el rechazo a la vida. La negativa sistemática a tener hijos, presentada como una opción neutral o incluso responsable, es en realidad una ruptura con el mandato creador de Dios. Las consecuencias están a la vista: colapso demográfico, envejecimiento acelerado y desaparición progresiva de pueblos enteros.
La fecundidad no es un añadido opcional al matrimonio, sino una de sus notas constitutivas. Cuando se elimina, el matrimonio se vacía de contenido y la sociedad entra en una dinámica suicida que ninguna política económica logra corregir.
Una batalla cultural y espiritual
El mensaje no es nostálgico ni meramente moralista. Es una advertencia. La familia está en el centro de una batalla cultural y espiritual que no admite neutralidad. O se reconoce su origen divino y se la defiende en su verdad, o se acepta su disolución progresiva bajo disfraces cada vez más sofisticados.
La Sagrada Familia de Nazaret no es un ideal inalcanzable, sino un criterio. En ella se revela que el verdadero progreso no nace de la ruptura con el orden querido por Dios, sino de la fidelidad humilde a ese orden. Recordarlo hoy no es provocación: es simple realismo cristiano.
