Las exequias del obispo emérito de Caserta, Raffaele Nogaro, celebradas en la catedral de la ciudad, han terminado convirtiéndose en un retrato casi perfecto de una de las etapas más estériles y confusas del episcopado europeo de las últimas décadas. Un funeral católico marcado por el canto de Bella ciao, himno partisano y símbolo inequívoco de la izquierda política italiana, resume con crudeza el legado de un prelado que hizo de la militancia social y del activismo ideológico el eje central de su ministerio.
Nogaro, fallecido a los 91 años, fue durante décadas una figura emblemática de ese modelo episcopal surgido tras el posconcilio, especialmente en Italia, en el que la identidad del obispo dejó de definirse por la custodia de la fe, la liturgia y la vida sacramental para diluirse en un discurso sociopolítico permanentemente alineado con las causas progresistas del momento. Pacifismo abstracto, oposición sistemática a Occidente, retórica antimilitarista, cercanía a sindicatos y movimientos de izquierda y una concepción del cristianismo reducida casi exclusivamente a la denuncia social marcaron su trayectoria como obispo de Sessa Aurunca y, más tarde, de Caserta.
Durante años, Nogaro fue celebrado en ambientes mediáticos y políticos ajenos a la Iglesia como “obispo incómodo” o “pastor de los pobres”, mientras su diócesis, como tantas otras gobernadas por perfiles similares, se vaciaba progresivamente de vocaciones, práctica religiosa y sentido de lo sagrado. Su figura encaja en una generación de pastores que confundieron el diálogo con el mundo con la asimilación acrítica de sus categorías, y la caridad cristiana con la adhesión a una agenda ideológica concreta.
Que en una catedral se cante Bella ciao como colofón a un funeral episcopal no es una anécdota folclórica, sino una imagen elocuente de una Iglesia que, en determinados momentos de su historia reciente, pareció avergonzarse de sí misma y buscó legitimarse imitando los lenguajes y símbolos de la política. Para muchos fieles, esa imagen no evoca compromiso evangélico, sino decadencia, confusión y pérdida de identidad.
La muerte de Raffaele Nogaro cierra así una página muy concreta del episcopado italiano: la de unos pastores más preocupados por ser aceptados por el mundo que por anunciar a Cristo. Una página que, a la vista de los frutos, deja una pregunta incómoda pero inevitable sobre el precio que la Iglesia ha pagado por esa esterilidad pastoral disfrazada de compromiso social.
