El obispo de Trondheim y monje cisterciense Erik Varden ofreció en Madrid una reflexión de fondo sobre el sufrimiento humano desde la fe cristiana, insistiendo en que el cristianismo no responde al dolor con teorías tranquilizadoras ni con soluciones rápidas, sino con la presencia real de Dios que asume el sufrimiento del hombre y lo redime desde dentro.
La intervención tuvo lugar en la Universidad CEU San Pablo, en el marco del Foro Omnes, donde Varden abordó una de las cuestiones que más escándalo provoca en la fe contemporánea: cómo creer en un Dios bueno y omnipotente en un mundo atravesado por el dolor. Lejos de eludir la dificultad, el obispo noruego subrayó que muchos abandonan la fe precisamente porque esperan una explicación que neutralice el sufrimiento, cuando el cristianismo ofrece algo distinto: una compañía, no una evasión.
El sufrimiento no se explica, se carga
Varden señaló que la pregunta por el “porqué” del sufrimiento no admite respuestas simples. El dolor forma parte de la condición humana y no puede ser despachado con argumentos. La fe cristiana —afirmó— no pretende justificar el sufrimiento ni hacerlo desaparecer, sino situarlo ante Dios con reverencia, reconociendo su gravedad sin convertirlo en absoluto.
En este punto, insistió en una idea central de su pensamiento: la condición humana está herida, pero la herida no es definitiva ni define al hombre. Puede condicionar la vida, pero no agota su sentido ni anula la libertad. Desde la fe, el sufrimiento no se niega ni se glorifica, pero tampoco se convierte en la última palabra sobre la existencia.
La cruz, lugar de libertad
Uno de los ejes de su reflexión fue la cruz, no como símbolo de pasividad o resignación, sino como lugar de una libertad interior extrema. Cristo, al aceptar el sufrimiento sin renunciar a la voluntad del Padre —“que se haga tu voluntad”—, muestra que incluso en circunstancias que parecen paralizar al hombre es posible una respuesta libre y plenamente humana.
Desde esta perspectiva, la cruz no es solo el lugar del dolor, sino el lugar donde el amor se ofrece sin condiciones. No elimina el sufrimiento, pero lo atraviesa y lo transforma desde dentro.
Sanar no es borrar las heridas
Varden insistió en que la fe cristiana no promete una curación inmediata de todas las heridas. La conversión no borra automáticamente el dolor ni garantiza finales felices según criterios humanos. Hay fracturas que permanecen, pero que no quedan fuera del alcance de la gracia.
El cristianismo no anuncia únicamente a un Dios todopoderoso que suprime el sufrimiento, sino a un Dios que lo comparte, lo carga y lo convierte en lugar de fecundidad espiritual. En este sentido, recordó que los cristianos, como miembros del Cuerpo de Cristo, participan de su misterio redentor: “por sus heridas hemos sido curados”.
Un pensamiento coherente con su obra espiritual
Varden ha desarrollado estas ideas en sus libros, especialmente en Heridas que sanan, presentado recientemente en Madrid y comentado en una entrevista concedida a El Debate. En esa conversación, el obispo subrayaba que existe hoy una doble tentación cultural: ocultar las heridas para aparentar invulnerabilidad o, por el contrario, encerrarse en ellas hasta convertirlas en identidad.
Frente a ambas, Varden propone una mirada cristiana más exigente y más libre: reconocer la herida sin absolutizarla, y abrirla a la gracia. La herida —ha señalado— puede convertirse en un lugar de profundidad espiritual y de compasión, pero no de forma automática: exige una decisión consciente de no quedar prisionero del propio dolor.
Un sufrimiento confiado a Dios
Durante su intervención en el Foro Omnes, Varden afirmó que la redención no es una idea abstracta ni una promesa futura, sino un hecho real ya acontecido, cuyos frutos se despliegan en el tiempo. Cristo permanece en la cruz no como un episodio superado, sino como la certeza de que ningún sufrimiento queda fuera del alcance del amor de Dios.
Confiar el dolor a Dios —entregarle aquello que no se puede comprender ni resolver— puede abrir un camino de sanación, a veces lento y silencioso, pero real. El propio obispo aseguró haber visto cómo heridas profundas, vividas así, se convierten en fuentes inesperadas de bien.
Un valle de lágrimas con esperanza
Varden concluyó recordando que la existencia humana sigue siendo un “valle de lágrimas”, pero no uno abandonado a la oscuridad. La fe cristiana lo ilumina desde dentro, afirmando que Dios camina con el hombre y que cada vida posee un sentido que no queda anulado por el sufrimiento.
Cada persona —señaló— está llamada a descubrir la vocación para la que ha sido creada, incluso, y a veces especialmente, a través del dolor. Cuando este es vivido desde la fe, deja de ser un absurdo cerrado sobre sí mismo y se transforma en camino de comunión con Dios, con la certeza de que el hombre no está solo y de que ha sido creado para vivir en Él.
