El anuncio de un próximo viaje del Papa León XIV a Canarias, previsto para el mes de junio y adelantado públicamente por el cardenal de Madrid, José Cobo, obliga a reabrir un debate que resulta incómodo pero absolutamente necesario. No se trata de cuestionar las intenciones de la jerarquía, sino de analizar con rigor las consecuencias reales que determinados gestos simbólicos tienen en el fenómeno de la inmigración irregular y, en particular, en el llamado efecto llamada asociado a las rutas más mortíferas del planeta.
Existe un problema grave y persistente con la romantización de las rutas migratorias, una narrativa que transforma itinerarios dominados por la violencia, el engaño y la muerte en relatos épicos de superación. Este enfoque quedó reflejado de forma especialmente clara en las conocidas declaraciones de la exalcaldesa de Madrid Manuela Carmena, cuando expresó su entusiasmo al ver a jóvenes migrantes saltar las vallas de Ceuta, presentando ese acto como la culminación de un proceso casi heroico. Ese romanticismo mal entendido sitúa al migrante como protagonista de una gesta moral, y a la frontera como la última barrera injusta de una civilización que estaría obligada a recibirle con los brazos abiertos.
Ese relato necesita escenarios simbólicos y los ha ido construyendo con el tiempo. La frontera entre México y Estados Unidos, los ríos que la atraviesan, la isla de Lesbos durante la crisis siria, Lampedusa en el Mediterráneo central u, hoy, Canarias funcionan como hitos de una geografía emocional que enfatiza la llegada y borra deliberadamente el horror del trayecto. Sin embargo, estos lugares no son símbolos abstractos: son el destino final de rutas controladas por mafias que se lucran con la desesperación y que empujan a miles de personas, incluidas mujeres y niños, a un camino con una probabilidad de muerte sencillamente atroz.
En este contexto, la visita de una autoridad moral de primer nivel a un puerto de llegada tiene un impacto que no puede ignorarse. Aunque no se formule explícitamente, el mensaje que se transmite es fácilmente interpretable como una validación del viaje, como una comprensión del sacrificio realizado y como una deslegitimación moral de cualquier política de retorno. Esa lectura actúa como un poderoso incentivo para quienes aún están en origen o en tránsito y refuerza la idea de que llegar justifica todo lo anterior. Ese es, precisamente, el núcleo del efecto llamada: convertir el punto de llegada en un faro que orienta decisiones mortales.
El problema no es la compasión, sino la imprudencia. Señalar simbólicamente Canarias como espacio de acogida sin subrayar con la misma claridad que esas rutas no deben recorrerse, que deben ser cortadas de raíz y que la única respuesta verdaderamente humana es impedir que la gente se embarque en ellas, equivale a alimentar el negocio criminal de las mafias. No hay misericordia en mensajes que, aun bienintencionados, empujan a repetir un itinerario que conduce a demasiadas personas a la muerte o a una existencia sin horizonte real de integración.
Por eso resulta legítimo y necesario preguntarse si determinados gestos son compatibles con la responsabilidad moral que exige la gravedad del problema. La Iglesia no debería contribuir, ni siquiera indirectamente, a reforzar una narrativa romántica de la inmigración irregular. El auténtico mensaje humanitario hoy pasa por desactivar el efecto llamada, por decir con claridad que estas rutas no tienen sentido y por evitar convertir los puertos de llegada en símbolos que, lejos de salvar vidas, pueden estar condenando muchas más.
