Radcliffe y la “apertura a la novedad”: una consigna ambigua para la Iglesia

Radcliffe y la “apertura a la novedad”: una consigna ambigua para la Iglesia

En los últimos años, una expresión se repite con insistencia en determinados ámbitos eclesiales: “apertura a la novedad”. Presentada como una actitud evangélica y casi obligatoria, suele invocarse en contextos de cambio, crisis o reforma. Sin embargo, cuando se formula sin precisiones doctrinales ni límites claros, deja de ser una exhortación espiritual para convertirse en una consigna ambigua, capaz de justificar casi cualquier cosa.

En la meditación de apertura del Consistorio, a cargo del cardenal Radcliffe, se mencionó la novedad como uno de los caminos, o estilos, de algunos cardenales —incluido él por supuesto—: “algunos de nosotros seremos defensores de la memoria, valorando la tradición”, añadiendo: “otros disfrutarán más de la sorprendente novedad de Dios, pero la memoria y la novedad son inseparables en la dinámica de la vida cristiana”. 

La Iglesia, ciertamente, no es una realidad inmóvil ni una pieza de museo. Vive en la historia y afronta desafíos reales. Pero también es verdad —y esto no puede olvidarse— que su misión no consiste en adaptarse al mundo, sino en convertirlo. Cuando la “novedad” se plantea como valor en sí mismo, desligado de la verdad revelada y de la Tradición viva, el riesgo no es pequeño: que el cambio sustituya al criterio, y la novedad desplace a la fidelidad.

Novedad no es sinónimo de verdad

En el lenguaje eclesial clásico, la novedad nunca ha sido un criterio autónomo. La Iglesia ha acogido desarrollos, clarificaciones y profundizaciones, pero siempre bajo una condición esencial: la continuidad con lo recibido. Cuando san Vicente de Lerins hablaba del desarrollo del dogma, lo hacía en términos de crecimiento orgánico, no de ruptura ni de reinvención.

Por eso resulta problemático cuando se apela a la “novedad” sin especificar qué permanece y qué cambia, qué se desarrolla y qué se conserva, qué viene del Espíritu y qué responde a presiones culturales externas. En un contexto marcado por la confusión doctrinal y moral, esta falta de precisión no ayuda a la comunión, sino que la debilita.

El peligro de la retórica sin contenido

Expresiones como “apertura”, “escucha” o “novedad” pueden sonar evangélicas, pero no son neutras. Según cómo se usen, pueden servir tanto para un auténtico discernimiento como para legitimar decisiones ya tomadas de antemano. La experiencia reciente demuestra que, en no pocos casos, estas palabras han sido empleadas para desactivar resistencias legítimas, no para afrontarlas con argumentos.

Cuando se pide apertura sin aclarar a qué, y novedad sin definir sus límites, lo que se genera no es esperanza, sino desconfianza. Especialmente entre quienes perciben que, bajo un lenguaje espiritual, se introducen cambios que afectan a la fe, la moral o la disciplina sacramental.

Memoria y fidelidad, no nostalgia

La apelación constante a la “memoria” suele presentarse como contrapeso a la novedad. Pero también aquí conviene ser precisos. La memoria eclesial no es un recuerdo sentimental del pasado, sino la presencia viva de lo recibido. No se trata de nostalgia, sino de fidelidad.

Una Iglesia que olvida lo que es, difícilmente sabrá discernir hacia dónde va. Y una Iglesia que presenta la Tradición como lastre, en lugar de como criterio, termina perdiendo el norte, incluso cuando cree avanzar.

Discernir no es diluir

El verdadero discernimiento no consiste en rebajar las exigencias del Evangelio para hacerlas más aceptables, sino en vivirlas con verdad y caridad en cada circunstancia histórica. La novedad auténtica del cristianismo no está en cambiar su mensaje, sino en volver siempre a Cristo, que es “el mismo ayer, hoy y siempre”.

En un momento decisivo para la Iglesia, lo que más se necesita no son consignas abiertas a múltiples interpretaciones, sino claridad, criterio y fidelidad. Porque no toda novedad viene del Espíritu, y no todo lo antiguo es un obstáculo. A veces, lo verdaderamente revolucionario es simplemente permanecer en la verdad.

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