José Ignacio Munilla vuelve a exhibir una constante que ya no puede despacharse como una opinión aislada o una simple torpeza verbal: su profunda incompetencia para analizar la política internacional, combinada con una insistencia casi obstinada en presentar juicios geopolíticos como si fueran aplicaciones directas de la doctrina social de la Iglesia.
En su programa Sexto Continente del 9 de enero, el obispo dedica un bloque extenso a la detención de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos. El veredicto es contundente: la acción es “inmoral” por constituir una violación del derecho internacional. A partir de ahí, Munilla construye un discurso que, lejos de iluminar la realidad, la deforma mediante una moralización abstracta, desconectada del mundo real y funcional, una vez más, a un prejuicio ideológico bien conocido.
Reconocer al tirano… para absolverlo en la práctica
Munilla comienza admitiendo hechos que nadie discute y que son moralmente relevantes:
«Existían razones morales suficientes para recurrir al uso de la fuerza para derrocar una dictadura. Estábamos ante un régimen político dictatorial que había falseado unas elecciones… A eso se suma la represión y el éxodo de más de ocho millones y medio de venezolanos».
Hasta aquí, el diagnóstico es correcto. Maduro es un dictador, ha robado elecciones, ha empobrecido a su país y ha provocado una de las mayores crisis migratorias del continente. Munilla reconoce incluso que existen razones morales suficientes para derrocarlo.
Sin embargo, ese reconocimiento queda inmediatamente neutralizado por una operación mental que se repite en todo el bloque: cualquier consecuencia práctica de ese diagnóstico es considerada sospechosa, ilegítima o directamente inmoral.
«Ahora bien, no cualquiera está legitimado para hacer eso… Lo que no es legítimo es una intervención a título particular».
El resultado es una paradoja moral insostenible: el tirano merece caer, pero nadie puede tocarlo; la dictadura es injusta, pero su final real siempre llega “mal”; el pueblo es víctima, pero su liberación debe esperar a un procedimiento ideal que nunca se da en la historia.
El fetichismo del derecho internacional
El núcleo del discurso de Munilla no es la defensa del pueblo venezolano, sino la sacralización del derecho internacional como si fuera una instancia moral pura, ahistórica e incorruptible. Por eso afirma sin matices:
«La violación del derecho internacional sigue siendo una violación. El actor no queda moralmente justificado».
Aquí aparece el problema de fondo: el derecho internacional se convierte en un fetiche moral, desligado de la justicia material, de la protección de las víctimas y del principio clásico de que la autoridad existe para el bien común.
Munilla no se pregunta —ni una sola vez— si el régimen de Maduro ha destruido de facto el orden jurídico venezolano, ni si ese mismo derecho internacional ha sido incapaz durante años de proteger a los ciudadanos frente a la tiranía. El marco legal se absolutiza, aunque sirva para blindar al opresor.
Estados Unidos como villano abstracto
El discurso da un giro revelador cuando el foco deja de ser Maduro y pasa a ser Estados Unidos. Munilla introduce entonces una sospecha sistemática sobre las motivaciones del arresto:
«La manera en la que ha acontecido todo esto es muy turbia… Aquí hay una doble vara de medir ideológica».
Y más aún:
«Esto revela una doctrina del poder sin límites claros: la seguridad nacional como comodín, el poder por encima del derecho».
El dictador concreto, con nombre, rostro y víctimas, se diluye. En su lugar aparece un villano abstracto, occidental, imperial y previsible. El chavismo queda casi como un telón de fondo, mientras que el énfasis moral recae en denunciar una supuesta lógica mesiánica estadounidense.
No es casual. Munilla no analiza los hechos: los filtra por una desconfianza automática hacia cualquier acción occidental que no encaje en su esquema moralizante. La consecuencia es que el tirano real queda relativizado, mientras el que actúa contra él es sometido a un escrutinio moral implacable.
Una falsa equidistancia moral
Munilla presume de equilibrio al afirmar:
«La izquierda tiene razón… La derecha también tiene razón».
Pero esta equidistancia es solo aparente. En la práctica, el peso moral del discurso cae casi exclusivamente sobre quien detiene al dictador, no sobre quien ha destruido un país entero. El lenguaje se vuelve severo con el actor occidental y sorprendentemente aséptico con el régimen criminal.
El colofón llega con una advertencia tan grandilocuente como reveladora:
«Cuidado con firmar cheques en blanco a un mesianismo autócrata. Nuestro único Mesías es Jesucristo».
Una frase efectista que, en este contexto, desplaza el eje moral del sufrimiento real de millones de venezolanos hacia un temor ideológico abstracto, perfectamente compatible con que Maduro —el tirano real— siga siendo, de facto, el beneficiado.
Doctrina social no es moralismo geopolítico
La doctrina social de la Iglesia no es un manual para desautorizar cualquier acción eficaz contra el mal real, ni un pretexto para exigir purezas procedimentales imposibles en contextos de tiranía. Tampoco es una coartada para convertir el derecho internacional en un ídolo que termina protegiendo al opresor frente a sus víctimas.
Munilla no está obligado a opinar de todo. Pero cuando lo hace, y además lo hace en nombre de la doctrina social, convendría exigirle algo más que intuiciones morales desordenadas, analogías forzadas y prejuicios ideológicos.
Porque cuando el discurso moral pierde contacto con la realidad, no eleva la conciencia cristiana: la confunde. Y en este caso, la confusión acaba beneficiando —una vez más— al tirano y no a sus víctimas.
A continuación se ofrece la transcripción ordenada y continua de todo lo que Mons. Munilla dice en el programa del 9 de enero sobre Venezuela, la detención de Maduro y la actuación de Estados Unidos, para que el lector pueda contrastar directamente sus palabras:
«La primera pregunta es, desde el punto de vista de la doctrina social católica, desde ese discernimiento cristiano, ¿cuál es la postura correcta sobre lo acontecido en Venezuela, sobre esa intervención realizada por parte del gobierno estadounidense, la detención del presidente Maduro y su esposa y su traslado a Estados Unidos?»
«Existían razones morales suficientes para recurrir al uso de la fuerza para derrocar una dictadura. Estábamos ante un régimen político dictatorial que había falseado unas elecciones con actas que existen y que mostraban que más del 70% del electorado había elegido a otro candidato. A eso se suma la represión y el éxodo de más de ocho millones y medio de venezolanos.»
«Ahora bien, no cualquiera está legitimado para hacer eso. Una intervención contra un tirano debe hacerse o desde el propio pueblo o desde una intervención internacional. Lo que no es legítimo es una intervención a título particular.»
«Aquí estamos escuchando dos lecturas. La izquierda subraya que esta acción es contraria al derecho internacional y que es un precedente peligroso. Tienen razón. La derecha se escandaliza de que no se celebre la detención de un dictador y sospecha complicidad con él. También tienen razón.»
«El fin no justifica los medios, pero eso no significa que cuando alguien usa medios injustos y se produce un bien tengamos que entristecernos por ese bien. Condenamos el medio, pero acogemos con esperanza el efecto.»
«La violación del derecho internacional sigue siendo una violación. El actor no queda moralmente justificado, aunque nos alegremos por la esperanza que se abre al pueblo venezolano.»
«La manera en la que ha acontecido todo esto es muy turbia. Se recurre a una acción policial por narcotráfico cuando semanas antes se ha indultado a otro dirigente condenado por lo mismo. Aquí hay una doble vara de medir ideológica.»
«Esto revela una doctrina del poder sin límites claros: la seguridad nacional como comodín, el poder por encima del derecho, la fuerza por encima de la legalidad internacional.»
«Nos alegramos con los venezolanos, pero cuidado con firmar cheques en blanco a un mesianismo autócrata. Nuestro único Mesías es Jesucristo.»
