El dicasterio «hamburguesa»: un nudo a desatar

Por: John L.

El dicasterio «hamburguesa»: un nudo a desatar

El nombramiento de la «prefecta» del Dicasterio para los religiosos, sor Simona Brambilla, antes secretaria del mismo Dicasterio, ha puesto de relieve un problema teológico y canónico que no es de poca monta. La inesperada promoción, realizada de forma sorpresiva por el difunto antecesor del papa León, crea a este último una situación embarazosa que, sin embargo, tendrá que arreglar pronto.

La causa del nombramiento relámpago de la actual prefecta quizá se encuentre en cierta forma de feminismo pseudoteológico y políticamente correcto, que presume de promoción de la mujer al par que pretende frenar el progreso del dogma mariano para que la gloria de Jesús no se vea ensombrecida por… ¡una mujer!

La cuestión, ahora, es que el papa Prevost se ve con una verdadera «patata caliente» difícil de pelar. Séanos permitido ofrecer algunos puntos de reflexión a fin de entender el entuerto heredado, pues, en realidad, la figura de la «prefecta» (así firma ella con relativa frecuencia) no agrada ni a griegos ni a troyanos.

Ha sido asombroso encontrar en el blog de Bose un artículo del teólogo ultraprogresista Andrea Grillo protestando contra el nombramiento de la hermana Brambilla. ¿El motivo? Suscriptor entusiasta del «episcopalismo» católico posconciliar, Andrea Grillo dice que conceder poderes de jurisdicción vicarios a una mujer es retornar al feudalismo tridentino, un atentado contra la eclesiología del Vaticano II basada en la sacramentalidad del orden. Si el episcopado es, como dice el Concilio, la plenitud del sacerdocio y único fundamento de la jerarquía de servicio (igualitaria en la imaginación de Grillo), ¿qué sentido tiene aún pretender delegar poderes jurisdiccionales a quien no es ni siquiera capaz de recibir el diaconado? En conclusión, hacer a Brambilla prefecta es una medida impropia y retrógrada para los progresistas convictos.

En el sentido opuesto, encontramos a los defensores de la unicidad de la potestas sacra, que dicen, no sin cierta coherencia, que, así como el sacramento del orden es uno, la potestas sacra es una, aunque se distinga entre potestad de gobierno y de orden, propia o vicaria. Para abonar su tesis, estos estudiosos citan el Código de Derecho Canónico actual en su c. 274 § 1, que restringe a sólo los clérigos la obtención de oficios para cuyo ejercicio se requiera la potestad de orden o la potestad de régimen eclesiástico. Arguyen, además, que este canon sigue la línea teológica del Concilio Vaticano II en Lumen gentium n.º 21 y en su nota explicativa previa n.º 2. Ellos sustentan que el citado canon ha sido derogado o socavado por la Prædicate evangelium, nueva cornisa legal para la curia romana, aprobada por Francisco en 2022.

Finalmente, encontramos a los moderados, que dicen ser mayoría, responsables de que la mencionada Prædicate evangelium mantuviese un difícil equilibrio en la vexata quæstio. Para éstos, el papa puede delegar sus poderes jurisdiccionales incluso a laicos, pero para ámbitos de gobierno estrictamente laicales; por ejemplo, el área de administración que gestiona la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano. Ya para intervenir en cuestiones relacionadas con el sacramento del orden, es necesario que aquel en quien se delega haya sido a su vez ordenado.

Es en coherencia con esta visualización, asumida por la Prædicate evangelium, que, en el vértice del Dicasterio para los religiosos, se nombró a una «prefecta» religiosa y a un «pro-prefecto» cardenal (para asegurar la legitimidad de la delegación papal para las cuestiones relativas al sacramento del orden), a quienes ayuda la «secretaria», también consagrada. He aquí el «Dicasterio hamburguesa», como lo llaman los amigos del cardenal Artime —pro-prefecto en medio de dos mujeres— cuando bromean fraternamente con él.

Pero ¿qué piensan los moderados sobre Brambilla? Tampoco a ellos les agrada la engorrosa figura de «prefecta». Aseguran estar esperando una firma del papa para poner este dicasterio en orden y desatar el complejo nudo dejado por Francisco. La razón es simple: ¿qué sentido tiene poner en el vértice de un dicasterio a alguien competente sólo por la mitad para ejercer el cargo? Más aún cuando el pro-prefecto podría hacerlo integralmente, gracias al sacramento del orden recibido. Es como si se pusiese a pilotar un avión a un aficionado sin título de piloto, pero con ciertas nociones de aviación, capaz apenas de despegar pero no de aterrizar, aunque, eso sí, al lado se le pusiese un pro-piloto para evitar que la aeronave se estrellase a la primera. ¿Quién se subiría a ese avión?

El caso Simona Brambilla se encuentra en una disyuntiva crucial. Su única defensa, a derecha e izquierda, es lo políticamente correcto, pues, tratándose de una mujer promovida, sería impopular bajarla del podio. Pero eso, ¿hasta cuándo le valdrá? Tanto más cuanto que el papa tiene sobre su mesa pruebas del feminismo, siempre inoportuno, de la hermana-prefecta, así como datos claros de su orientación ideológica, implacable en relación con todo lo que no sea la vanguardia de la revolución.

Un último detalle sobre la «buena» de Simona: ¿quién se olvidará de ella y de su secretaria en los espectáculos organizados por el Dicasterio para el jubileo de los religiosos el año pasado? En las zonas más pobres de Roma, en dos palcos distintos, con pañoletas palestinas y banderas del orgullo LGTBI+, al son de bandas de rock y una nutrida presencia sindical, ahí teníamos a la «prefecta» y a la «secretaria», con todo su glamur reaccionario, animando encuentros igualitarios y reivindicativos en favor de los últimos… ¿Habrá sido algo profético? ¿Volverá Brambilla a las periferias existenciales?

Ayuda a Infovaticana a seguir informando