El cardenal Simoni prefirió no concelebrar

El cardenal Simoni prefirió no concelebrar

El cardenal Ernest Simoni decidió no concelebrar en la Misa del consistorio. Noventa y siete años sostienen su cuerpo, noventa y siete años acreditan su fe. Una fe confesada hasta la prisión en la Albania comunista, purificada en la prueba dos décadas torturado, vivida cuando creer no era una costumbre sino una decisión que implicaba riesgo y dolor. Esa historia personal, atravesada por la persecución y la fidelidad, ha modelado una conciencia sacerdotal hondamente arraigada en el sacrificio de Cristo y en el carácter sacrificial de la Misa.

Simoni no le debe nada a nadie ni busca ser interpretado. Conoció y celebró la Misa antes de 1969, cuando el altar no era un espacio compartido por comodidad, sino un lugar sagrado al que se ascendía con temor y temblor. En el corazón de este sacerdote casi centenario habita una convicción serena: que cada Misa es plena en sí misma, que su valor no se incrementa por número de concelebrantes, porque en cada una se hace presente el mismo sacrificio redentor. Desde esa certeza se comprende su gesto.

Durante toda la plegaria eucarística (la dos y en italiano), él permaneció arrodillado. No fue un gesto de diferenciación sino de coherencia interior. Hay sacerdotes para quienes la concelebración es una posibilidad legítima y puntual, pero no una forma habitual de vivir el Misterio. En Simoni se percibe claramente que la acumulación de concelebrantes no añade profundidad a aquello que ya es infinito, y que el recogimiento personal de un cardenal puede expresar con mayor nitidez la centralidad del sacrificio de Cristo.

Probablemente, ese mismo día, en otro momento más discreto, ofreció la Santa Misa según el rito antiguo que ha acompañado su vida sacerdotal y sus dos décadas de encarcelamiento. No como gesto identitario, ni como reacción, sino como continuidad natural de una fe vivida sin rupturas. En la manera de situarse ante el altar de Simoni hay una preferencia clara por la sobriedad, por el silencio, por una liturgia que habla de centralidad y que evita la dispersión.

Simoni nos recuerda que la Iglesia no se sostiene por la abundancia de gestos visibles, sino por la fidelidad silenciosa de quienes han vivido la fe hasta el fondo. Nos recuerda, a quienes dudamos, a quienes miramos con inquietud el presente, que esta Iglesia está hecha de mártires y confesores, de hombres que no necesitan explicarse para enseñar. En su debilidad física, Simoni nos sostiene; en su arrodillarse, nos orienta; en su discreción, nos devuelve la proporción justa de las cosas.

En tiempos de confusión y cansancio, Simoni nos recuerda algo esencial: que cada Misa basta, que el sacrificio de Cristo es eterno, y que no todo lo duluido y multitudinario es necesariamente lo mejor.

Gracias, cardenal. Quizás esta imagen sola valida todo un consistorio vacío.

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