El obispo de Winona-Rochester (Estados Unidos), Robert Barron, ha advertido públicamente sobre los riesgos de una sinodalidad mal entendida que, en lugar de servir a la misión de la Iglesia, termine convirtiéndose en un espacio de debate doctrinal y de relativismo teológico. Sus declaraciones se producen en el contexto de los trabajos del Consistorio de Cardenales, donde la sinodalidad figura entre los temas en consideración y, por lo que ya comenzamos a ver después de la primera jornada, también es el modus operandi del evento.
Barron, que ha participado activamente en procesos sinodales tanto a nivel local como en Roma, subrayó que los sínodos pueden ser instrumentos útiles para definir estrategias pastorales prácticas, pero no deben erigirse en foros para cuestionar enseñanzas ya asentadas del Magisterio.
Cuando la doctrina se somete al voto, la Iglesia entra en crisis
En un mensaje difundido en la red social X, el obispo recordó su experiencia como delegado electo en ambas fases del Sínodo y como presidente de un sínodo diocesano. Desde esa autoridad, sostuvo que cuando la enseñanza doctrinal se convierte en objeto de “determinación sinodal”, la Iglesia cae en el relativismo y la autocomplacencia, una dinámica que —según afirmó— ya se observa con claridad en el llamado Camino Sinodal alemán.
Barron señaló que este tipo de procesos generan inseguridad doctrinal y una permanente sensación de provisionalidad que termina paralizando la vida eclesial.
La referencia a Ratzinger y la teología de Communio
El obispo evocó a los fundadores de la revista Communio —Joseph Ratzinger, Hans Urs von Balthasar y Henri de Lubac—, quienes se distanciaron de la publicación Concilium precisamente por su empeño en perpetuar el llamado “espíritu del Vaticano II”. Según Barron, estos grandes teólogos reconocían que los concilios pueden ser necesarios en determinados momentos históricos, pero advertían también que la Iglesia no puede permanecer indefinidamente en estado conciliar.
“Al final de un concilio se suspira con alivio”, recordó Barron, porque la Iglesia puede entonces retomar su labor esencial. Mantenerla en un proceso continuo de deliberación genera confusión, vacilación y deriva pastoral, como ocurrió en las décadas posteriores al Concilio Vaticano II.
Una sinodalidad al servicio de la misión, no como fin en sí misma
El obispo estadounidense concluyó subrayando que, si la sinodalidad debe continuar, ha de orientarse exclusivamente a medios prácticos para que la Iglesia cumpla mejor su misión: dar culto a Dios, evangelizar y servir a los pobres. Además, advirtió contra el peligro de convertirla en un rasgo permanente y definitorio de la vida eclesial.
De lo contrario —afirmó— la Iglesia corre el riesgo de perder claridad, vigor y sentido de su propia misión.

