El consistorio se centra en la Sinodalidad: «La liturgia ya si eso…»

El consistorio se centra en la Sinodalidad: «La liturgia ya si eso…»

La primera noticia del primer consistorio del pontificado de León XIV no es un gesto de ruptura, ni siquiera de corrección. Es una confirmación. Por amplia mayoría, los cardenales reunidos en el consistorio extraordinario han decidido dedicar sus trabajos a dos temas: sinodalidad y evangelización y misión a la luz de Evangelii gaudium. Liturgia y reforma de la Curia, para otra ocasión. Si queda tiempo. Ya veremos.

El dato no es menor. No es un matiz técnico ni una cuestión de agenda. Es una declaración de prioridades. En un momento de emergencia objetiva —colapso vocacional, desafección sacramental, descrédito moral de la jerarquía, confusión doctrinal— el Colegio Cardenalicio ha optado, una vez más, por mirarse al espejo y hablar de sí mismo.

Se nos dice que el tiempo apremia. Que no se puede hablar de todo. Y precisamente por eso se deja fuera lo que toca el nervio mismo de la Iglesia: la liturgia, fuente y culmen de su vida; y el apostolado entendido no como concepto, sino como transmisión real de la fe. En cambio, se elige seguir reflexionando sobre el proceso, el método, la estructura. Sobre la sinodalidad. Otra vez.

Mientras tanto, cardenales como Robert Sarah —que representan una sensibilidad eclesial centrada en Dios, en la adoración, en el silencio y en la tradición viva— han pasado horas escuchando a figuras como Tolentino de Mendonça, Tagle o Radcliffe. El mensaje implícito es claro: no hay tiempo para hablar de liturgia, pero sí para volver a escuchar a quienes llevan una década marcando el mismo discurso, con los mismos resultados.

Y aquí conviene detenerse, porque el problema ya no es debatible en abstracto. La sinodalidad, tal como se está aplicando, ha fracasado. Y no solo ha fracasado: empieza a resultar obscena.

Se nos presenta como un proceso de escucha, pero no lo es. Es un monólogo institucional. Las mismas estructuras que han conducido a la Iglesia en Occidente a una crisis sin precedentes —conferencias episcopales, comisiones, secretariados, oficinas diocesanas— se preguntan a sí mismas, se responden a sí mismas y luego presentan el resultado como “la voz del Pueblo de Dios”.

Eso no es discernimiento. Es autojustificación.

El Pueblo de Dios no habla en formularios. No habla en asambleas cuidadosamente moderadas. No habla en documentos de síntesis redactados por equipos técnicos. Habla en hechos medibles, incómodos, imposibles de maquillar: en los seminarios vacíos o llenos; en las vocaciones que surgen o desaparecen; en los matrimonios que perseveran o se disuelven; en la asistencia real a misa; en la práctica sacramental efectiva; en las peregrinaciones que crecen espontáneamente al margen de los planes pastorales oficiales.

Esa es la voz que no quieren escuchar, porque no se puede manipular.

Organizar un “proceso de escucha” canalizado por las mismas diócesis y conferencias episcopales que llevan décadas fracasando pastoralmente solo puede producir una cosa: eco. Resonancia de la propia voz. Autocomplacencia. Pura ingeniería del relato. No hay escucha: hay propaganda interna.

Y lo más grave es que ya no se trata de un error de diagnóstico puntual. Es un empecinamiento. Año tras año, sínodo tras sínodo, documento tras documento, se repite el mismo esquema: análisis interminable, lenguaje terapéutico, apelaciones vagas al Espíritu Santo… y mientras tanto, menos fe vivida, menos sacramentos, menos vocaciones, menos claridad.

La jerarquía se contempla a sí misma como Narciso, fascinada por su propio reflejo, mientras la realidad se le escapa por completo. Se multiplican los textos, las etapas, los itinerarios, las “experiencias de camino”… pero no se corrige el método, aunque los resultados sean desastrosos.

Y ahora, en el primer consistorio de León XIV, se vuelve a insistir en que “el camino es tan importante como la meta”. Es una frase bonita. También profundamente reveladora. Cuando el camino se convierte en fin, la misión desaparece. Y sin misión, la Iglesia deja de ser Iglesia para convertirse en una ONG espiritual que gestiona procesos.

La evangelización, además, aparece subordinada. No como anuncio claro de Cristo crucificado y resucitado, sino filtrada “a la luz de Evangelii gaudium”, es decir, encuadrada en un marco ya conocido, ya explotado, ya ideologizado. Evangelización, sí… pero sin incomodar, sin confrontar, sin cuestionar las categorías dominantes.

Mientras tanto, la liturgia —que es donde la fe se encarna, donde Dios es adorado y no gestionado— queda aplazada. Como si fuera un asunto secundario. Como si no tuviera nada que ver con la transmisión de la fe. Como si no fuera precisamente la degradación litúrgica uno de los factores clave de la crisis actual.

Este consistorio no ha abierto una etapa nueva. Ha confirmado una inercia. Y esa inercia tiene un coste altísimo: seguir perdiendo tiempo mientras se pierde la fe.

La sinodalidad, tal como se está planteando, no es un camino de renovación. Es un síntoma. El síntoma de una Iglesia que ya no se atreve a enseñar, que ha sustituido la autoridad por el procedimiento, la verdad por el consenso y la misión por la conversación.

Y el problema no es que falte tiempo. El problema es que se sigue evitando, deliberadamente, hablar de lo esencial.

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