Hay decisiones que no se explican por torpeza, ni por despiste, ni siquiera por ingenuidad. Hay decisiones que, sencillamente, son irracionales. Y cuando en la Iglesia alguien actúa de forma irracional de manera persistente, suele ser porque responde a una lógica que no se puede decir en voz alta.
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Poner a activistas de un lobby ideológico a formar a los futuros sacerdotes no es una opción pastoral discutible: es una contradicción en los términos. Es el lobo cuidando a las gallinas. No porque esas personas sean peores o mejores, sino porque su cosmovisión, sus categorías y su antropología chocan frontalmente con lo que la Iglesia dice creer y enseñar.
La pregunta, por tanto, no es si esa formación es adecuada. La pregunta es otra: ¿qué puede mover a un obispo a colocar ese perfil como referencia formativa de sus seminaristas?
No hablamos de una charla aislada, ni de una conferencia puntual. Hablamos de convertir un enfoque concreto, militante y perfectamente reconocible en criterio pastoral para quienes mañana tendrán que predicar, confesar y acompañar almas.
Eso no es pluralidad. Eso es dirección.
En la vida eclesial existe una regla no escrita pero comprobable: cuando un superior protege, promociona o coloca estratégicamente a personas o corrientes que objetivamente erosionan la doctrina, rara vez lo hace por convicción teológica profunda. Mucho menos por descuido. Suele hacerlo porque necesita que esas personas estén ahí.
Porque las decisiones autodestructivas no se toman gratis.
Cuando alguien actúa contra el sentido común, contra la lógica pastoral y contra la paz de su propio clero, solo queda una explicación posible: no puede permitirse hacer otra cosa.
No hablamos de delitos ni de hechos concretos. Hablamos de dinámicas de poder. De equilibrios frágiles. De silencios cruzados. De esa forma tan eclesial de no caer… siempre que nadie empuje.
Por eso, más que indignación, lo que producen estas decisiones es inquietud. Porque quien entrega el gallinero al lobo suele hacerlo no por estupidez, sino porque el lobo también guarda llaves.
Este no es un caso aislado. Es un patrón que se repite en diócesis, seminarios y estructuras eclesiales de alto nivel. Donde se premia la fidelidad al sistema antes que la fidelidad a la fe. Donde se confunde “acompañar” con abdicar. Donde el problema nunca es el contenido, sino quien osa señalarlo.
