El cardenal inglés Timothy Radcliffe ha ofrecido una interpretación directa de las razones que llevaron al Colegio Cardenalicio a elegir a León XIV como nuevo Papa, al tiempo que ha manifestado su apoyo a avanzar “con rapidez” en la ordenación de mujeres como diáconos. Así lo afirma en una extensa entrevista concedida a The Telegraph, en la que reflexiona sobre el cónclave, el legado del pontificado anterior y los debates pendientes en la Iglesia.
Según Radcliffe, León XIV fue elegido con un doble objetivo: continuar parte del impulso pastoral heredado del pontificado de Francisco y, al mismo tiempo, recuperar a sectores de la Iglesia que se habían sentido marginados o inquietos por su modo de gobierno. “Lo elegimos porque podía hacer ambas cosas”, afirma el cardenal, señalando que el nuevo Papa tiene capacidad para avanzar sin romper la comunión interna.
Un Papa para recomponer equilibrios
Radcliffe describe a León XIV como una figura “centrada en Dios”, prudente en sus decisiones y con una notable capacidad de escucha y mediación. A su juicio, estas cualidades resultaron decisivas en un momento en el que muchos cardenales percibían la necesidad de recomponer equilibrios tras años de tensiones internas.
El cardenal subraya que el cónclave se desarrolló en un clima sereno y fraterno, sin bloques enfrentados ni luchas de poder visibles, y sostiene que la elección respondió más a un discernimiento compartido que a estrategias políticas. León XIV, afirma, fue visto como alguien capaz de “reunir” sin paralizar la Iglesia.
Continuidad y corrección del legado de Francisco
Radcliffe no oculta su cercanía personal y espiritual con el papa Francisco, a quien describe como un hombre marcado por la “cultura del encuentro” y por un rechazo frontal del clericalismo. Sin embargo, reconoce que ese estilo provocó temor y resistencia en no pocos ámbitos eclesiales.
Desde esta perspectiva, interpreta la elección de León XIV como una forma de dar continuidad a algunas intuiciones del pontificado anterior —especialmente en lo relativo a la sinodalidad—, pero con un estilo menos disruptivo y más orientado a integrar a quienes se sintieron desplazados.
Apoyo explícito al diaconado femenino
En la entrevista, Radcliffe vuelve a expresar su respaldo a la posibilidad de ordenar mujeres como diáconos y sostiene que este paso debería darse “rápidamente”, siempre que cuente con el consentimiento de la Iglesia en su conjunto. A su juicio, el diaconado femenino no plantea los mismos problemas teológicos que la ordenación sacerdotal y podría ser una vía concreta para reconocer el papel de la mujer en la vida eclesial.
No obstante, advierte de que cualquier avance debe tener en cuenta la dimensión verdaderamente universal de la Iglesia y no imponerse desde una óptica exclusivamente occidental. En este sentido, recuerda que muchos obispos de África y otras regiones, aunque comprometidos con la justicia social, se oponen firmemente a la ordenación de mujeres.
Una visión no exenta de controversia
Radcliffe insiste en que la ordenación no debe entenderse como el único criterio de relevancia en la Iglesia y critica una visión clericalista que identifica poder y santidad con el acceso al ministerio ordenado. Aun así, su llamada a avanzar con rapidez en el diaconado femenino lo sitúa claramente dentro del sector eclesial que presiona por cambios estructurales en este ámbito.
Sus declaraciones ofrecen una lectura significativa del momento actual de la Iglesia: un pontificado que nace con la misión de recomponer la unidad interna, mientras continúan abiertos debates de fondo —como el papel de la mujer— que seguirán marcando la agenda eclesial bajo León XIV.
