Los tres errores graves del cardenal de Lima en su mensaje sinodal

Los tres errores graves del cardenal de Lima en su mensaje sinodal

El mensaje pronunciado por el Carlos Castillo en la II Asamblea Sinodal de la Arquidiócesis de Lima no contiene simples imprecisiones pastorales ni expresiones desafortunadas propias de un discurso oral. Lo que se aprecia, al analizar con atención sus palabras, es la exposición coherente de una eclesiología que entra en conflicto directo con la doctrina católica en puntos esenciales. Entre todos los elementos problemáticos de su intervención, hay tres que destacan por su gravedad objetiva y por sus consecuencias doctrinales: una concepción historicista de la Iglesia, la inversión del orden entre Iglesia y misión, y una formulación que elimina de hecho la trascendencia de Dios respecto del mundo creado.

El primer error grave aparece en la manera en que el cardenal presenta la identidad de la Iglesia como dependiente del devenir histórico y de su capacidad de adaptación al mundo. La afirmación literal es clara: “cada época la Iglesia ha intentado responder a los desafíos de una humanidad cambiante”. Esta idea se refuerza aún más cuando añade: “si la Iglesia no se reforma, si no va cambiando con los tiempos, se vuelve extraña al mundo”. El problema no reside en reconocer que la Iglesia vive en la historia o que debe anunciar el Evangelio a hombres concretos en contextos concretos, algo que la doctrina católica siempre ha sostenido. El problema está en convertir el cambio histórico en criterio normativo de la identidad eclesial. En este planteamiento, la Iglesia deja de ser la depositaria de una verdad revelada definitiva para convertirse en una institución que se redefine a partir de los “desafíos” del mundo. La consecuencia lógica es que la doctrina deja de ser recibida y custodiada para pasar a ser reformulada según las expectativas culturales del momento. No es el mundo el que debe ser evangelizado por la Iglesia, sino la Iglesia la que corre el riesgo de ser evangelizada por el mundo.

El segundo error, estrechamente ligado al anterior, es la inversión radical del orden entre Iglesia y misión. El cardenal no se limita a enfatizar la importancia de la misión, sino que formula explícitamente una eclesiología en la que la Iglesia no es sujeto de la misión, sino su producto. La cita literal no deja margen a interpretaciones: “la Iglesia deriva de la misión. No es que la Iglesia existe y hace misiones, sino que la misión hace a la Iglesia”. Esta afirmación contradice directamente la doctrina católica sobre la fundación divina de la Iglesia. La Iglesia no surge de una praxis misionera histórica, sino del acto soberano de Cristo que llama a los Apóstoles, les confiere autoridad y promete permanecer con ellos hasta el fin de los tiempos. La misión brota de la Iglesia porque la Iglesia existe previamente como realidad querida y fundada por Cristo. Al invertir este orden, la Iglesia queda reducida a una estructura funcional que se legitima por su actividad, no por su origen sobrenatural. En última instancia, una Iglesia que “deriva de la misión” puede redefinirse tantas veces como se redefina la misión misma.

El tercer error, el más grave desde el punto de vista doctrinal, afecta al núcleo mismo de la fe en Dios Creador. El cardenal afirma literalmente: “Dios no ha creado el mundo fuera de él. El mundo está dentro de Dios”. Tal como está formulada, esta frase elimina la distinción ontológica entre Dios y la creación. La doctrina católica enseña que Dios crea libremente el mundo de la nada, lo sostiene en el ser, lo gobierna providencialmente y está presente en él por su poder y su acción, pero sin confundirse jamás con la criatura. Decir que “el mundo está dentro de Dios”, sin ninguna aclaración que preserve la trascendencia divina, introduce una concepción incompatible con la fe cristiana, pues convierte la creación en una especie de prolongación del ser divino. Esta formulación no solo oscurece la doctrina de la creación, sino que hace incomprensible la noción misma de pecado, de redención y de salvación, ya que disuelve la distancia real entre Dios y el mundo que hace posible tanto la caída como la gracia.

Estos tres errores no aparecen aislados, sino que se refuerzan mutuamente. Una Iglesia que se define por el cambio histórico, que nace de su propia misión y que se sitúa dentro de un mundo “contenido en Dios” deja de ser la Iglesia que recibe una verdad revelada para anunciarla, corregirla y custodiarla. Se convierte en una Iglesia autorreferencial, procesual y horizontal, más preocupada por no resultar “extraña al mundo” que por ser fiel a Cristo.

Desde una perspectiva pastoral, resulta difícil no percibir en estas afirmaciones una profunda desorientación doctrinal. La misión de un obispo no es reinventar la Iglesia según las categorías del tiempo, sino transmitir íntegramente la fe recibida, incluso cuando resulta incómoda o contracultural. Cuando el lenguaje teológico pierde precisión, la fe del pueblo se debilita.

 

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