Sobre el clero afeminado

Sobre el clero afeminado

Abordar la cuestión del afeminamiento en el clero exige, antes que nada, reconocer la dificultad moral y comunicativa del propio planteamiento. No es un tema sencillo. Leer «Nosotros» (Homo Legens) del padre Gómez Mir, ayuda a abrir los ojos y provee herramientas serenas para reabrir una cuestión que, por incómoda, habíamos aparcado en el cajón de los debates proscritos. En una época en la que los tabúes están siendo triturados, se abre – quizás muy tarde- la cuestión sobre los curas afeminados o «el elefante en la sacristía».

En la cultura contemporánea, cualquier interrogación crítica sobre lo afeminado en el varón tiende a interpretarse como una forma de agresión, de falta de empatía o de una masculinidad mal entendida. Esta reacción no es enteramente infundada: históricamente, lo afeminado ha sido objeto de burla, desprecio o crueldad, y no pocas veces ha servido como pretexto para humillaciones injustas. Por ello, toda reflexión honesta debe partir de una afirmación inequívoca: el varón afeminado, sea o no sacerdote, puede ser una persona excelente, moralmente admirable, espiritualmente profunda y, en algunos casos, un verdadero ejemplo de caridad cristiana e incluso de santidad.

Precisamente por respeto a las personas concretas, la cuestión no puede plantearse en términos morales ni psicológicos, sino eclesiológicos y pastorales. No se trata de juzgar la bondad, la rectitud ni la dignidad de nadie, sino de analizar qué tipo de modelo sacerdotal se propone de facto en la vida ordinaria de la Iglesia y cuáles son sus efectos a medio y largo plazo sobre la transmisión de las vocaciones. El sacerdocio, especialmente el diocesano, no es solo una función sacramental ejercida en el presente, sino también un modelo visible que opera como referencia simbólica para niños, adolescentes y jóvenes que comienzan a formular, de manera todavía implícita, la pregunta por su propia vocación.

Desde esta perspectiva, resulta difícil negar que el estilo personal del sacerdote, su modo de hablar, de moverse, de celebrar la liturgia y de relacionarse pastoralmente, posee una fuerza formativa que va mucho más allá de sus palabras explícitas. El sacerdote no solo enseña doctrina; encarna un modo de ser varón consagrado, una forma concreta de vivir la autoridad, la paternidad espiritual y la entrega. En ese sentido, el arquetipo sacerdotal actúa como una fuerza de atracción que no es neutral y que tiende, de modo natural, a suscitar identificación en quienes se reconocen cómodos en ese modelo humano y expresivo.

Cuando el modelo dominante es percibido como blando, marcadamente afeminado, emocionalmente infantilizado o excesivamente horizontal, el efecto vocacional resulta en gran medida previsible. No por malicia, sino por una dinámica casi antropológica: atrae preferentemente a quienes ya se sienten identificados con ese registro. El resultado es un proceso de retroalimentación en el que el cura afeminado tiende a reproducirse, reforzando progresivamente su hegemonía. No se trata tanto de una conspiración (al menos no en su ejecución, quizás sí en su diseño) ni de una patología moral, sino de una lógica elemental de imitación y afinidad. El problema aparece cuando esa dinámica se vuelve prácticamente monopolística y dificulta que perfiles masculinos perciban el sacerdocio como una posibilidad vital realista y deseable.

A esta situación contribuye de manera decisiva un determinado estilo litúrgico y pastoral en el que la celebración pierde su carácter simbólico, vertical y objetivador para convertirse en una suerte de aula escolar o asamblea participativa centrada en la personalidad del celebrante. Cuando el yo del sacerdote se desborda en gestos, comentarios, tonos afectivos y recursos expresivos orientados a generar cercanía emocional, espontaneidad o simpatía, la liturgia deja de ofrecer un espacio en el que el varón joven pueda reconocerse llamado a algo que lo trasciende y lo exige. En ese contexto litúrgico blowing in the wind lleno de espiritualidad naif o de señoras jubiladas (depende de donde vivas), no resulta extraño que muchos adolescentes no afeminados perciban la vocación sacerdotal como algo ajeno, cuando no incompatible, con su propia identidad masculina.

Desde aquí se entiende mejor una afirmación que, formulada sin matices, podría resultar hiriente, pero que adquiere otro sentido cuando se expresa con rigor: no toda persona buena, santa o admirable está llamada al sacerdocio, y menos aún al sacerdocio parroquial ordinario. No porque carezca de virtud, sino porque el sacerdote, además de ministro de los sacramentos, es un vector de futuras vocaciones. En esa función vectorial, el modo de ser del sacerdote no es indiferente. Del mismo modo que la Iglesia ha discernido históricamente la conveniencia de excluir ciertos perfiles por razones prudenciales y pastorales, también aquí la cuestión no es la dignidad personal, sino la adecuación al arquetipo que se desea transmitir.

El sacerdote no es un animador ni un terapeuta emocional. Es un pastor de almas en combate. Su trabajo diario consiste en escuchar miserias humanas sin edulcorarlas, en corregir cuando duele, en sostener a personas rotas, en hablar del pecado sin relativizarlo y en mantener viva la esperanza de la santidad cuando todo invita al cinismo. Para hacer eso durante años, sin quebrarse ni traicionar la verdad, se necesita fortaleza interior. Se necesita carácter. Se necesita virilidad.

Reconocer esto no implica desprecio alguno hacia las personas afeminadas ni hacia quienes experimentan una orientación homosexual profundamente arraigada. Implica, más bien, tomarse en serio la responsabilidad institucional de la Iglesia y su deber de custodiar la salud del ministerio. En un tiempo de profunda crisis de vocaciones, quizá una de las preguntas más incómodas, pero también más necesarias, sea si el modelo sacerdotal que se está ofreciendo hoy permite realmente que varones viriles se sientan interpelados por la llamada de Dios, o si, por el contrario, muchos seminarios se han estrechado hasta volverse excluyentes por pura inercia cultural y pastoral.

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