En las últimas semanas, la diócesis de Charlotte (Estados Unidos) se ha visto envuelta en una polémica litúrgica sin precedentes tras la publicación de una carta pastoral del obispo Michael Martin que impone nuevas normas para la recepción de la Sagrada Comunión. La disposición exige que, a partir del 16 de enero de 2026, los fieles reciban la Eucaristía de pie como postura ordinaria y ordena la eliminación de reclinatorios y barandillas de comunión en todas las celebraciones públicas del territorio diocesano. Aunque las indicaciones reconocen formalmente el derecho de cada fiel a arrodillarse —garantizado por el derecho universal de la Iglesia— prohíbe que sacerdotes o catequistas enseñen esa postura como algo “mejor” o más reverente, y en la práctica desautoriza cualquier promoción pública de la genuflexión.
En este contexto, una madre de familia de la diócesis ha hecho pública una carta abierta, difundida por Liturgy Guy y dirigida directamente al obispo Martin, en la que le pide que aplique a su propio ministerio los principios que él mismo predica sobre el diálogo, la vulnerabilidad y la conversión personal. En el texto, la fiel cuestiona si las prácticas litúrgicas tradicionales —como el uso del latín o la comunión en el comulgatorio— son realmente el problema, o si lo que resulta incómodo es la vitalidad espiritual y vocacional que ha florecido precisamente en parroquias marcadas por una liturgia reverente y fiel a la tradición.
La carta denuncia que las medidas adoptadas no están generando unidad, sino división, desánimo entre los jóvenes que disciernen el sacerdocio y dilemas de conciencia para los sacerdotes, obligados a elegir entre obedecer directrices restrictivas o respetar los derechos canónicos de los fieles. Frente a ello, la autora exhorta al obispo a escuchar a sus sacerdotes, a dialogar con los fieles y a no imponer cambios drásticos por la fuerza, recordándole que heredó una diócesis rica en vocaciones y vida eclesial.
A continuación, reproducimos íntegramente la carta abierta:
Feliz Navidad, obispo Martin. Espero que haya podido disponer de algún tiempo de descanso durante esta temporada tan intensa como hermosa.
He dedicado gran parte de mi tiempo de oración y reflexión a tratar de comprender su ministerio. He seguido con atención las recientes transmisiones en directo en las que ha participado ofreciendo el Santo Sacrificio de la Misa, y una homilía en particular me ha llevado a una reflexión que desearía compartir con usted, esperando conocer su respuesta.
En septiembre, cuando nombró al padre Patrick Cahill párroco de la iglesia católica de San Mateo, inició su homilía con una analogía sobre los cangrejos de caparazón blando.
En primer lugar, agradecí sus palabras sobre el modo en que los feligreses pueden servir a su parroquia. Se trata de algo más que asistir una vez por semana y cumplir con la Misa dominical. Es razonable esperar que las familias se sientan motivadas a realizar buenas obras en favor de la parroquia y de la comunidad.
Lo que ahora me suscita una reflexión más profunda es la manera en que usted aplica su propia homilía a su camino espiritual personal, en particular cuando se refirió a la vulnerabilidad y a la necesidad de salir de la zona de confort.
¿Qué es lo que le resulta incómodo? ¿El latín? ¿La distribución de la Sagrada Comunión en el comulgatorio? ¿Cualquier práctica que recuerde a la tradición católica? ¿La vida espiritual de muchos de sus fieles? ¿El amor genuino a Cristo que manifiestan los sacerdotes de la diócesis, al predicar el Evangelio y llamar a la conversión sin diluir la doctrina? ¿O el elevado número de vocaciones que han florecido en los fértiles suelos de la auténtica tradición católica?
¿Quién tiene el corazón endurecido? ¿Quién se niega al diálogo? ¿Quién ha rehusado comprender? ¿Quién ha respondido a las legítimas preocupaciones de su rebaño mediante una carta tipo? ¿Quién ha fijado su postura de manera inamovible?
«Necesito conversión. Necesito un cambio de corazón». Le cito textualmente, Excelencia.
Le pido, por tanto, que sea coherente con sus propias palabras y que practique lo que predica. Le invito a aceptar la incomodidad, a escuchar a sus sacerdotes debidamente formados y, quizá, incluso a sentarse en el coro durante una Misa en latín en la capilla Little Flower. Le invito asimismo a distribuir la Sagrada Comunión en el comulgatorio al menos en una ocasión. Encontrará fieles que se arrodillan y reciben en la mano, y otros que permanecen de pie y reciben en la lengua. Sin embargo, hasta ahora no se ha permitido la distribución en el comulgatorio cuando usted actúa como celebrante.
Le invito también a soltar la tensión acumulada y a dejar de lado el hacha con la que parece estar desmantelando todo de manera simultánea; quizá resulte más fecundo persuadir a los fieles para que modifiquen sus prácticas de culto en lugar de imponerles cambios por la fuerza.
La uniformidad no equivale a la unidad, y está generando una división mayor que nunca. Está llevando a muchos jóvenes a replantearse su llamada al sacerdocio al añadir obstáculos adicionales a su discernimiento vocacional.
Estas medidas están obligando a los sacerdotes a afrontar decisiones difíciles que no deberían verse forzados a tomar. ¿Deben obedecer directrices que implican negar a los fieles sus peticiones, vulnerando sus derechos canónicos, o desoírlas, quedando en una situación de inestabilidad ante la autoridad episcopal?
Gran parte del país sufre el cierre de parroquias y la sobrecarga pastoral de los sacerdotes. Usted heredó una diócesis rica en vocaciones. Existe un viejo refrán que afirma: «si no está roto, no lo arregles». ¿Qué considera usted que sucederá con tantos cambios introducidos de manera simultánea?
Por favor, no sea un cangrejo de caparazón duro, Excelencia. Le deseo un bendecido Año Nuevo y le aseguro nuestras constantes oraciones.
