Hace un año, la noticia sorprendía al mundo católico: el 6 de enero de 2025, el papa Francisco nombraba a la primera mujer al frente de un dicasterio vaticano. La misionera de la Consolata Simona Brambilla fue nombrada para supervisar a más de 600.000 religiosas y religiosos (incluidos 128.559 sacerdotes) en todo el mundo.
No menos inédito fue el nombramiento de un pro-prefecto, cargo hasta ahora no previsto por las normas curiales en este caso. El cardenal Ángel Fernández Artime, SDB, asumió esta función, cuyo desempeño sigue siendo opaco.
Los grandes medios de comunicación laicos ovacionaron la noticia: «apertura» hacia las mujeres, «revolución rosa», «empoderamiento femenino» en la Iglesia. Los tópicos hicieron las delicias de Francisco, que soñaba con «desmasculinizar» la Iglesia, aunque ya había comentado, sin miedo a caer en incoherencia, que el nombramiento de una mujer para un dicasterio sería algo meramente «funcional».
La nueva prefecta tuvo ilustres antecesores, como el cardenal José de Calasanz Félix Santiago Vives y Tutó, OFM Cap. (1908-1913), el teólogo y mariólogo tomista Alexis-Henri-Marie Lépicier, OSM (1928-1935) y Teodoro Valfre di Bonzo (1920-1922), doctor en Teología y Derecho Canónico.
Las credenciales de sor Simona Brambilla: ser mujer

¿Cuáles eran las credenciales de sor Simona Brambilla?
Sólo una: ser mujer.
Se podría argumentar que había sido la superiora general de las Misioneras de la Consolata. Pero ¿fue competente? Veamos los datos: cuando asumió el cargo en 2011, las Misioneras de la Consolata tenían 746 religiosas y 121 casas; en 2023, dejó el cargo con 532 religiosas y 73 casas. Estas cifras plantean dudas sobre la gestión de la vida religiosa y vocacional y la administración de los bienes de su congregación (una fuerte reducción del 40 % de las casas en poco más de una década).
En cualquier caso, ella ya ha confesado que «lo importante no son los números, sino el corazón». Para ella, es positivo que el instituto sea «pequeño», porque así «el bien se hace sin ruido»… Éste parece ser uno de sus proyectos como prefecta: reducir las vocaciones religiosas, en una lógica bastante cuestionable.
Sor Simona Brambilla se ha formado en enfermería y es doctora en Psicología. Su tesis versó sobre la inculturación en la evangelización del pueblo Macua-Xirima, en el norte de Mozambique. De hecho, la hermana italiana fue enviada a este país en 1999 para encargarse de la pastoral juvenil entre la población. Su mentor allí fue el padre Giuseppe Frizzi, de la rama masculina de su congregación.
Misionología revolucionaria: los pueblos que deben evangelizarnos

¿Y cuál es la misionología del P. Giuseppe Frizzi?
El P. Frizzi sigue la misionología aggiornata y estructuralista típica de los años setenta. La premisa de esta visión es que los pueblos autóctonos ya viven las bienaventuranzas. No es necesario catequizarlos. Todo lo contrario: son ellos los que nos enseñan el bien, porque ya tienen un «evangelio pre-evangélico». De este modo, el P. Frizzi define al misionero como «un discípulo de Jesús que va con la mochila vacía y vuelve con la mochila llena». ¿Id y haced discípulos a todos los pueblos? No, ve y sé tú el evangelizado… En resumen, es una «misión al revés».
De hecho, al igual que para el padre Frizzi, para la hermana Brambilla, en la misión ad gentes «debemos tener siempre una actitud de aprendizaje. Somos alumnos. Porque allí donde llegamos, Dios ya está; no necesita que lo llevemos, ¿verdad? Dios ya está allí; ya ha sembrado su palabra y esta palabra ha dado fruto».
Desde esta perspectiva romántica, como mínimo, la Virgen María en el Tepeyac (Nuestra Señora de Guadalupe) habría sido entonces una «intrusa» para convencer a los aztecas de que abandonaran los sacrificios humanos (20.000 víctimas al año), y la conversión masiva (8 millones de mexicanos entre 1531-1541) habría sido una imposición de la fe católica…
San José Allamano, fundador de los misioneros de la Consolata, lloraría del disgusto al oír estas desviaciones del carisma. De hecho, el santo italiano definió claramente la finalidad de su instituto: «La santificación de los miembros y la conversión de los pueblos». En la visión brambilliana, sin embargo, es al revés: son los pueblos no cristianos los que nos enseñan. Y aquí surge la pregunta: si la prefecta de los religiosos ni siquiera es fiel a su propio carisma, ¿cómo podrá supervisar los demás carismas religiosos de la Iglesia?
El matriarcado tribal como fuente del feminismo brambilliano
Pero ¿qué es lo que más le llama la atención a sor Simona Brambilla de la etnia macua? Comenta:
«Es una etnia bantú caracterizada por una cosmovisión, una antropología y una teología absolutamente originales y fascinantes, enraizadas en la percepción de la feminidad y la maternidad como ejes fundamentales del universo, percepción que se traduce también en una particular estructura social matriarcal, matrilineal y matrilocal y en una espiritualidad con claras connotaciones femeninas y maternales».
Sor Simona también lo refrendó en otra ocasión: «Son un pueblo matriarcal, matrilocal y matrilineal. Todo gira en torno a la mujer y a la madre. Incluso la imagen de Dios: Dios es madre, Dios es mujer. La mujer es la imagen más parecida a Dios, más fiel a Dios».
En resumen, sor Simona Brambilla asimiló la antropología macua como modelo teológico: Dios es mujer, es madre y, por último, la mujer es la mejor imagen de Dios.
Su teología feminista está articulada: en sus palabras de despedida con motivo de la muerte del P. Frizzi, la hermana italiana invoca a «Dios Madre» para que él (¿o ella?) lo acoja en su seno.
La existencia de pueblos matriarcales en distintos continentes no es nada nuevo. El quid de la cuestión es que sor Simona utiliza esta idea para crear un caldo teológico no muy distinto del propagado por las teorías feministas radicales de las últimas décadas. Esta imagen andrógina de Dios también encuentra eco en la antigua gnosis y en el hinduismo. La teología feminista, además, está relacionada con la teología de la liberación (que también tiene afinidad con el tribalismo), ya que ambas se reconocen como «teologías del genitivo»: «teología de las mujeres», «teología de los oprimidos».
En la perspectiva de macua-xirima, suscrita por el padre Frizzi y la hermana Brambilla, «el centro es la mujer» y «el hombre es un aprendiz al servicio de la mujer». De este modo, la hermana italiana adapta estos conceptos a la vida religiosa. Por ello, comenta que en las visitas canónicas a las casas femeninas hay que hablar de «visita sororal» y no ya de «visita fraterna». Confiesa que «felizmente contaminada por la perspectiva macua, me encontré saboreando y valorando de un modo nuevo la dimensión femenina y materna intrínseca a nuestro carisma». Si ya existía una teología feminista consolidada desde el siglo pasado, ahora tenemos una teología feminista para la vida religiosa.
Teología feminista de la vida consagrada

Sin embargo, para que el feminismo brambilliano funcione en Occidente, necesita apoyarse en la ideología de género (gender theory), que circunscribe su cosmovisión a una lucha contra el machismo, el sexismo, la misoginia y la imposición de normas de género, aplicándola a la misión y a la vida religiosa.
La concepción de Brambilla no es menos radical que la de Moltmann-Wendel, para quien la Trinidad de Padre, Hijo y Espíritu Santo es un «patriarcalismo». Sus ideas tampoco serían ajenas a la deificación de la madre tierra, tan típica de la ecoteología reciente.
Las tesis de la hermana Brambilla no pueden aceptarse en una sana teología. De hecho, Jesús se dirige a Dios de un modo muy concreto, a saber, con el vocativo «Abbá—Padre», nunca con los atributos femeninos que propone la hermana italiana. Además, el cardenal Ratzinger, en el Rapporto sulla fede, subraya que no estamos autorizados a transformar el Padre nuestro en una Madre nuestra, porque eso va en contra del modo mismo en que Cristo nos enseñó a rezar.
Por último, san Juan Pablo II comentó que el feminismo se manifiesta en la Iglesia no solamente a través de la ideología radical que exige el derecho al sacerdocio para las mujeres, sino también de otras formas: «Algunas formas de culto de la naturaleza y de celebración de mitos y símbolos están desplazando el culto al Dios revelado en Jesucristo. Por desgracia, esta forma de feminismo cuenta con el apoyo de algunas personas dentro de la Iglesia, incluyendo algunas religiosas cuyas creencias, actitudes y comportamientos ya no corresponden a lo que el Evangelio y la Iglesia enseñan».
Conclusión
Tras un año en el cargo, ha quedado confirmada la mala gestión del dicasterio gobernado por la hermana Brambilla, que ha seguido a rajatabla la ineficacia del cardenal Braz de Aviz —reconocidamente incompetente—, especialmente por la desorganización del dicasterio —hay retrasos inexplicables y sistémicos en el diálogo con diversos institutos—, la inseguridad jurídica y la multiplicación de intervenciones arbitrarias en determinadas instituciones (recuérdese el caso paradigmático de los Heraldos del Evangelio).
En lugar de apoyarse en los escritos de su fundador, san José Allamano, que instaba a los misioneros a buscar cada vez más la «oración, mortificación, santificación, una extraordinaria santificación», la hermana Brambilla prefiere pronunciar discursos emotivos, llenos de tópicos, especialmente de carácter feminista y gnóstico, y por tanto contrarios a la sana doctrina.
En cualquier Estado democrático, el correspondiente ministro de Estado habría sido destituido del Gobierno hace tiempo. Pero desgraciadamente la ideología, el aplauso mediático y la opacidad han desbancado en los últimos años a la probidad, la imparcialidad y la eficacia.
Que el próximo consistorio sea una ocasión para inspirar a los cardenales, y especialmente al Sumo Pontífice, a buscar cada vez más el reino de Dios y su justicia, para que todo lo demás venga por añadidura (Mt 6, 33). Las ideologías pasan, pero la palabra auténtica de Cristo no pasará jamás (Mt 24, 35).
