Coloquio de los Magos con el Niño

Por: Mons. Alberto José González Chaves

Coloquio de los Magos con el Niño

Los tres Magos llegan en silencio y, presas de inefable estupor, se prosternan. La estrella se retira despacito al ver a María, que sostiene al Niño como una custodia eucarística. José, a un lado, guarda el misterio con elegante y vigoroso recato…

Melchor:
—Rey pequeño y eterno, venimos de lejos siguiendo una luz que parecía saber tu Nombre.
Gaspar:
—Traemos el cansancio del camino y el gozo de haber llegado. Ahora… aquí… no sabemos hablar como los sabios, pero tu Corazón nos entiende.
Baltasar:
—Enséñanos a arrodillarnos, Niño Dios, no sólo con el cuerpo: que se incline también la vida.
María (sonriendo, a media voz):
—Acercaos. Él os conoce desde antes, mucho antes de la estrella.
José (con noble y caballerosa sencillez):
—Sí, sí, haced como Ella dice: entrad sin miedo; aquí todo es pequeño y pobre, pero verdadero.
Melchor al Niño Jesús:
—Te ofrezco oro, Señor, no porque Te falte nada, sino porque, aunque tarde, aprendí que el corazón necesita rendirse. Rey Niño, llévate todo lo que en mí pesa y brilla: ¡es tan inútil!
Niño Jesús (mirándolo con ojos serios y dulces):
—El oro me gusta cuando no se guarda, cuando pasa de mano en mano y se convierte en bien para los otros. ¡Entonces sí enriquece!
Melchor:
—Entonces toma también mis años: hazlos sabios, libres y sonrientes.
Gaspar al Niño Jesús:
—Te traigo incienso, Dios cercano, para decirte que eres más, infinitamente más que mis preguntas. Desearía yo envolver tu Cuerpo en perfume y que suba la columnilla de humo como suben los deseos buenos; enséñame a orar sin ruido, con humilde confianza.
Niño Jesús (aspirando el incienso y sonriendo):
—Mi Padre escucha cuando el corazón calla y se abandona.
Gaspar:
—Enséñame el silencio que aprende y el recogimiento que ama.
Baltasar al Niño Jesús:
—Te traigo mirra, Niño que lloras, por si un día Te duele amar ¡tanto! Enseñame a no apartar la mirada cuando llegue la herida.
Niño Jesús (acariciando la mirra con sus deditos):
— El amargor se torna dulcedumbre cuando se ofrece. El dolor transforma cuando se ama.
Baltasar:
—Entonces toma mis noches, Jesús mío. Y mis penas. Y mis soledades. Y mis luchas. Y cámbiamelas en luz.
Di a tu Madre que nos enseñe a guardar todo esto en el corazón, y a José, que nos muestre cómo obedecer sin ruido,y a volver por otro camino. Niño Jesús, quédate con nosotros, en nosotros. Y no dejes nunca de encedernos tu estrella, para que nos inunde siempre la alegría, ¡que eres Tú!
(Salen despacio. La estrella reaparece… sólo para quien cree)

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