Los tres Magos llegan en silencio y, presas de inefable estupor, se prosternan. La estrella se retira despacito al ver a María, que sostiene al Niño como una custodia eucarística. José, a un lado, guarda el misterio con elegante y vigoroso recato…
Melchor:
—Rey pequeño y eterno, venimos de lejos siguiendo una luz que parecía saber tu Nombre.
Gaspar:
—Traemos el cansancio del camino y el gozo de haber llegado. Ahora… aquí… no sabemos hablar como los sabios, pero tu Corazón nos entiende.
Baltasar:
—Enséñanos a arrodillarnos, Niño Dios, no sólo con el cuerpo: que se incline también la vida.
María (sonriendo, a media voz):
—Acercaos. Él os conoce desde antes, mucho antes de la estrella.
José (con noble y caballerosa sencillez):
—Sí, sí, haced como Ella dice: entrad sin miedo; aquí todo es pequeño y pobre, pero verdadero.
Melchor al Niño Jesús:
—Te ofrezco oro, Señor, no porque Te falte nada, sino porque, aunque tarde, aprendí que el corazón necesita rendirse. Rey Niño, llévate todo lo que en mí pesa y brilla: ¡es tan inútil!
Niño Jesús (mirándolo con ojos serios y dulces):
—El oro me gusta cuando no se guarda, cuando pasa de mano en mano y se convierte en bien para los otros. ¡Entonces sí enriquece!
Melchor:
—Entonces toma también mis años: hazlos sabios, libres y sonrientes.
Gaspar al Niño Jesús:
—Te traigo incienso, Dios cercano, para decirte que eres más, infinitamente más que mis preguntas. Desearía yo envolver tu Cuerpo en perfume y que suba la columnilla de humo como suben los deseos buenos; enséñame a orar sin ruido, con humilde confianza.
Niño Jesús (aspirando el incienso y sonriendo):
—Mi Padre escucha cuando el corazón calla y se abandona.
Gaspar:
—Enséñame el silencio que aprende y el recogimiento que ama.
Baltasar al Niño Jesús:
—Te traigo mirra, Niño que lloras, por si un día Te duele amar ¡tanto! Enseñame a no apartar la mirada cuando llegue la herida.
Niño Jesús (acariciando la mirra con sus deditos):
— El amargor se torna dulcedumbre cuando se ofrece. El dolor transforma cuando se ama.
Baltasar:
—Entonces toma mis noches, Jesús mío. Y mis penas. Y mis soledades. Y mis luchas. Y cámbiamelas en luz.
Di a tu Madre que nos enseñe a guardar todo esto en el corazón, y a José, que nos muestre cómo obedecer sin ruido,y a volver por otro camino. Niño Jesús, quédate con nosotros, en nosotros. Y no dejes nunca de encedernos tu estrella, para que nos inunde siempre la alegría, ¡que eres Tú!
(Salen despacio. La estrella reaparece… sólo para quien cree)
