¿Por qué no es obligatorio ofrecer la confesión en todas las Misas?

¿Por qué no es obligatorio ofrecer la confesión en todas las Misas?

Hay una máxima pastoral que cualquiera que haya frecuentado parroquias con un mínimo de regularidad puede constatar sin necesidad de estudios sociológicos: allí donde el sacramento de la confesión se ofrece de verdad, la gente acude. Donde hay confesionarios abiertos, luz encendida, horarios claros y disponibilidad real, aparecen filas. Donde no, la confesión desaparece de la vida ordinaria del fiel. No por rechazo explícito, sino por simple evaporación pastoral.

Esta constatación conduce inevitablemente a una cuestión de fondo que rara vez se formula con claridad: si la Iglesia no existe para la salvación de las almas, ¿para qué existe entonces? ¿Puede separarse la adoración de Dios de la redención del hombre? ¿Se hace Cristo presente en los sacramentos por una razón distinta de la de perdonar, sanar y salvar? La pérdida de la conciencia del pecado y de la gracia no es un problema colateral ni cultural, sino una crisis teológica central. Allí donde el pecado deja de ser nombrado, la gracia se vuelve irrelevante; y allí donde la gracia deja de ser necesaria, la Iglesia corre el riesgo de convertirse en una institución autorreferencial.

Arrinconar el sacramento de la penitencia no es una decisión neutra. Es, de hecho, amputar a la Iglesia de uno de los medios ordinarios que Cristo instituyó para reconciliar al hombre con Dios. Y sin embargo, basta recorrer parroquias para comprobar hasta qué punto la confesión ha pasado, en la práctica, a una situación marginal, cuando no directamente residual.

Cuatro modelos parroquiales (muy reconocibles)

  1. La parroquia donde no se ofrece nada. No hay horarios, no hay confesionario operativo, no hay anuncio alguno. El fiel que desea confesarse debe “cazar” al sacerdote en la sacristía, interrumpir una conversación, generar una situación incómoda. Mientras tanto, las señoras del coro observan la escena con una mezcla de sorpresa y curiosidad, como si se tratara de una costumbre de otro tiempo. Si el sacerdote tiene un hueco, confiesa; si no, se pospone. Y si hay confesión, no es infrecuente que el penitente salga con la sensación de que sus pecados han sido relativizados o directamente disueltos en una exhortación genérica.
  2. La parroquia “reactiva”: WhatsApp en el tablón y poco más. Aparece un número de WhatsApp “para confesiones”, a veces acompañado de horarios testimoniales en los que, curiosamente, casi nunca hay nadie en el confesionario, lo que obliga de nuevo a acudir a la sacristía. Es mejor que nada, sin duda, pero transmite un mensaje implícito claro: la confesión no forma parte de la vida ordinaria del templo, sino que requiere gestión previa, iniciativa individual y cierta insistencia. En un contexto cultural poco proclive al examen de conciencia, este planteamiento resulta pastoralmente débil.
  3. La parroquia que confiesa antes de Misa… hasta que empieza la Misa. Se ofrecen confesiones antes de la celebración y el resultado suele ser inmediato: aparecen filas. El problema es que, en muchos casos, por obvia falta de disponibilidad de sacerdotes, las confesiones se interrumpen cuando comienza la celebración o, cuando hay un segundo sacerdote, en algún momento de la misma, porque el segundo sacerdote es requerido para subir al altar o distribuir la comunión. No es raro ver cómo el confesionario se cierra durante el Evangelio, dejando a decenas de fieles sin acceso al sacramento. Paradójicamente, el éxito pastoral de la confesión se convierte en su límite práctico. He visto en parroquias a decenas de personas en la fila que no pueden confesarse. En muchos casos, el sacerdote no da ninguna indicación ni aviso para el final de la Misa. Hay unos horarios como en la ventanilla de la Agencia Tributaria. Vuelva usted mañana, caballero.
  4. La parroquia que pone la confesión en el centro. En las Misas concurridas hay confesionarios abiertos antes, durante y después de la celebración. Si el sacerdote está solo, anuncia explícitamente que se quedará tras la Misa el tiempo que sea necesario para confesar a todos. Nadie se va a casa sin haber recibido el perdón de Dios. La prioridad pastoral es inequívoca: que los fieles estén en gracia. No como un ideal abstracto, sino como el centro real de la vida parroquial.

La pregunta incómoda: ¿por qué no convertirlo en norma?

Ante este panorama, la pregunta resulta incómoda pero inevitable: ¿por qué no convertir esta práctica en norma? ¿Por qué no establecer como criterio ordinario que en todas las parroquias se ofrezca la confesión antes de la Misa, que se confiese durante la Misa si hay otro sacerdote disponible y que, en todo caso, se anuncie claramente que tras la celebración se atenderán todas las confesiones necesarias? ¿Existe algún impedimento teológico, canónico o pastoral serio para que un obispo normativice algo tan sencillo como que en todas las homilías se recuerde explícitamente esta disponibilidad?

Las situaciones excepcionales existen y deben ser tratadas como tales. El párroco rural que atiende varias comunidades con tiempos muy ajustados no puede convertirse en la excusa general para una praxis empobrecida. No se puede hacer de la excepción la regla, ni de la dificultad una coartada permanente. La norma debe formularse desde la centralidad del sacramento, no desde su marginalidad.

La Iglesia dedica hoy enormes esfuerzos a múltiples ámbitos de acción pastoral, muchos de ellos legítimos. Se crean delegaciones, planes y estructuras para casi todo: comunicación, clima, sinodalidad, participación, medios. Todo ello puede tener su lugar, pero resulta profundamente desproporcionado si, al mismo tiempo, se descuida el acceso efectivo al sacramento que reconcilia al hombre con Dios y garantiza su salvación. Si las almas se nos van al infierno… la pastoral climática es secundaria. Y si la Iglesia deja de poner en el centro aquello para lo que existe, corre el riesgo de jugar, aun sin pretenderlo, para el enemigo.

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