La evolución de los consistorios desde el Concilio Vaticano II

La evolución de los consistorios desde el Concilio Vaticano II

A pocos días de que se celebre el primer consistorio extraordinario del pontificado de León XIV, la atención vuelve a centrarse en una institución clave del gobierno de la Iglesia: la reunión del Colegio Cardenalicio en torno al Papa. No se trata de un mero acto procedimental. El consistorio, por su naturaleza y por el momento histórico en que se convoca, suele reflejar con nitidez el pulso interno de la Iglesia.

Antes de entrar en el contenido y alcance del consistorio convocado para los días 7 y 8 de enero de 2026, conviene recordar qué es exactamente un consistorio y cuál es su lugar en la tradición eclesial. El término procede del latín con-sistere —«estar juntos»— y ya en la Roma imperial designaba el consejo sagrado del emperador. Con el tiempo, la Iglesia asumió ese concepto para referirse a la asamblea de los cardenales reunidos en torno al Papa, verdadero senado del Romano Pontífice, como lo definía Inocencio III a comienzos del siglo XIII.

Desde los primeros siglos, los pontífices acostumbraron a deliberar con este cuerpo sobre las cuestiones que afectaban a la fe, la disciplina y la vida eclesial. Con el tiempo, y especialmente a partir de la Edad Media, el Colegio de Cardenales —heredero directo de aquel presbiterio— se consolidó como el principal órgano de consulta del Papa en el gobierno supremo y universal de la Iglesia.

En la práctica actual, el Derecho Canónico distingue tres tipos de consistorios. El consistorio ordinario o secreto se celebra únicamente con la presencia del Papa y los cardenales, y es el ámbito propio para las grandes decisiones de gobierno y la creación de nuevos cardenales. El consistorio público permite la presencia de otras autoridades eclesiásticas e incluso de algunos laicos, y se utiliza principalmente para actos solemnes, como la entrega del capelo cardenalicio o las causas de canonización. El consistorio semipúblico, por su parte, reúne además a determinados obispos y está vinculado tradicionalmente a las fases finales de los procesos de canonización.

Pablo VI y la búsqueda de equilibrio tras el Concilio

Tras la clausura del Concilio Vaticano II en 1965, la Iglesia se encontró ante un escenario inédito: reformas profundas, interpretaciones contrapuestas y una creciente tensión interna. En ese contexto, Pablo VI recurrió a los consistorios como instrumento para afirmar la colegialidad episcopal y mantener unido al Colegio Cardenalicio mientras se implementaban las decisiones conciliares.

Sus reuniones, entonces mucho más reducidas en número, abordaron cuestiones doctrinales, disciplinares y, sobre todo, la reforma de la Curia romana. Pablo VI necesitaba un espacio donde los cardenales pudieran expresarse ante cambios que afectaban estructuras centenarias. Sin promover enfrentamientos abiertos, fomentó un diálogo que buscó contener la tensión entre una lectura de continuidad del Concilio y otra más rupturista.

Juan Pablo II: unidad doctrinal y consistorios multitudinarios

Con Juan Pablo II, los consistorios adquirieron una dimensión más amplia y, en muchos casos, marcadamente pastoral. El crecimiento del Colegio Cardenalicio y la proyección universal del pontificado exigieron reuniones cada vez más numerosas.

Wojtyła utilizó los consistorios para reforzar su proyecto de restauración doctrinal y moral en una Iglesia sacudida por la secularización. En ellos se abordaron cuestiones como la familia, la bioética, la evangelización y la relación entre obispos y conferencias episcopales. Aunque el pluralismo interno era evidente, el Papa evitó que los consistorios derivaran en confrontaciones ideológicas abiertas, reafirmando siempre la unidad en torno al magisterio.

Benedicto XVI: sobriedad y claridad en tiempos de tensión

Los consistorios de Benedicto XVI tuvieron un tono distinto: más sobrio, más doctrinal, más concentrado. Se celebraron en un contexto marcado por tensiones internas, resistencias a la reforma litúrgica impulsada por Summorum Pontificum, presiones curiales y el escándalo de Vatileaks.

Sin apelar a una reconciliación explícita de corrientes, Benedicto XVI buscó fortalecer la unidad mediante la claridad doctrinal y la fidelidad a la tradición. Sus consistorios reflejaron ese estilo: intervenciones contenidas, llamados a la coherencia teológica y un esfuerzo constante por recomponer un tejido eclesial debilitado por décadas de interpretaciones divergentes del Concilio.

Francisco: consistorios y polarización creciente

Durante el pontificado de Francisco, los consistorios cambiaron de dinámica. Aunque se presentaron como expresión de un estilo más sinodal, no tardaron en surgir críticas por la falta de debate real. Varios cardenales denunciaron que las intervenciones estaban excesivamente controladas y que las reuniones se limitaban, en muchos casos, a la comunicación de decisiones ya tomadas.

Mientras tanto, la polarización interna se intensificó. Las controversias doctrinales en torno a Amoris Laetitia, la sinodalidad alemana y las restricciones a la liturgia tradicional crearon un clima que los consistorios no lograron encauzar. Para algunos cardenales, lejos de servir como espacio de comunión, las reuniones evidenciaron las fracturas internas.

León XIV y un nuevo escenario inédito

La convocatoria del consistorio de enero de 2026 por León XIV ha reactivado el interés sobre la función misma de estas reuniones. Si se confirma que el Papa pretende propiciar un diálogo directo entre sensibilidades opuestas dentro del Colegio Cardenalicio, como se ha sugerido en estas últimas semanas, estaríamos ante un gesto poco habitual en la historia reciente.

Desde el Concilio Vaticano II, ningún pontífice ha convocado un consistorio con el objetivo explícito de afrontar de raíz la polarización interna. Ha habido intentos de reforzar la colegialidad o la unidad doctrinal, pero no un planteamiento tan directo de las tensiones existentes.

Un instrumento que refleja el pulso de la Iglesia

A lo largo de las últimas décadas, los consistorios han actuado como un termómetro de la vida eclesial. Han servido para ordenar reformas, escuchar voces diversas y, en ocasiones, contener conflictos internos. El consistorio de 2026 se presenta ahora como un posible punto de inflexión.

Según diversas fuentes, el consistorio abordará el papel del Colegio de Cardenales en el gobierno de León XIV, la sinodalidad y la denominada “paz litúrgica”. El Papa habría pedido a los cardenales que se prepararan releyendo la exhortación apostólica Evangelii gaudium y estudiando la constitución apostólica Praedicate evangelium, que reformó la Curia romana en 2022.

Lea también: Gobierno, sinodalidad y liturgia: La agenda de León XIV para el consistorio

La Santa Sede ha insistido en que el encuentro se sitúa en continuidad con la tradición y la misión de la Iglesia. No obstante, todo apunta a que este consistorio será también un momento clave para medir el modo en que León XIV busca gobernar con un Colegio Cardenalicio diverso en procedencias, sensibilidades y enfoques eclesiales.

Su éxito o fracaso dependerá de algo que la historia reciente deja claro: la unidad de la Iglesia no se construye sobre equilibrios políticos ni estrategias de poder, sino sobre la fidelidad a la verdad que la Iglesia custodia desde hace dos mil años.

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