La diplomacia de la Santa Sede ha sido, durante siglos, una de las más finas y conscientes del mundo. No por afán de poder, sino por una convicción profundamente arraigada: cada gesto del Papa tiene un peso que trasciende lo pastoral y se proyecta inevitablemente sobre el tablero político. Por esa razón, Roma ha sabido históricamente esperar, aplazar, renunciar o desviar viajes cuando el contexto amenazaba con contaminar la misión espiritual del Pontífice. No fueron pocas las ocasiones en que se desaconsejaron visitas a países en plena crisis institucional o en vísperas electorales, precisamente para evitar que la presencia papal fuera utilizada como una fotografía legitimadora o como un bálsamo para gobiernos acorralados.
En este medio hemos sido críticos con Francisco, pero el pontificado anterior fue particularmente consciente de este riesgo. Se evitaron desplazamientos en momentos políticamente inflamables, se extremó la cautela en países con procesos judiciales abiertos contra sus dirigentes y, de manera muy significativa, se renunció durante años a viajar a la propia Argentina para no condicionar, ni a favor ni en contra, a gobiernos sucesivos profundamente polarizados. La Iglesia preservaba así su libertad y, sobre todo, evitaba quedar atrapada en crisis ajenas.
Un viaje anunciado en el peor momento posible
Ese precedente hace aún más difícil comprender la ligereza con la que se plantea ahora una visita del Papa León XIV a España en el mes de junio, en el momento más delicado que ha vivido el país desde la Transición. No sabemos si en Roma se lee la prensa española, pero no se trata de una tensión política ordinaria ni de un desgaste típico de fin de legislatura. España se encuentra inmersa en una auténtica tormenta judicial que rodea al núcleo del poder y amenaza con estallar, todavía más, en cualquier momento.
El Gobierno presidido por Pedro Sánchez afronta una acumulación de causas que no tiene precedentes recientes. Su esposa, Begoña Gómez, se encuentra procesada en una causa que podría desembocar en una sentencia condenatoria coincidente, precisamente, con las fechas del viaje papal. Su hermano será enjuiciado del 28 de mayo al 4 de junio, y la sentencia se publicará previsiblemente en junio o julio. El partido que sostiene al Gobierno tiene a su exministro de Fomento, mano derecha y secretario de organización en prisión. Dos secretarios de organización encarcelados en tramas de corrupción de enorme gravedad mientras continúan abiertas diligencias que afectan directamente a la financiación y a la estructura interna del PSOE. José Luis Rodríguez Zapatero, tótem y símbolo absoluto del socialismo español, está violentamente acorralado, pillado junto a su testaferro, que ya ha sido detenido, destruyendo información y utilizando teléfonos irrastreables. Estrechamente vinculado a la Venezuela de Maduro, las pesquisas que harían estallar a Gobierno a través de Zapatero parecen al caer.
Mientras tanto, la Unidad Central Operativa continúa practicando diligencias, registros y análisis de documentación cuya profundidad real solo se conocerá con el paso de las semanas. Nadie puede garantizar —y nadie en Madrid lo intenta seriamente— que nuevas actuaciones policiales no se produzcan en pleno mes de junio, con impacto directo sobre el presidente o su entorno inmediato.
¿De verdad ningún obispo español, ideologías aparte, ha caído en la cuenta de que por prudencia quizás es conveniente postergar el viaje?
Una bomba de relojería institucional
España es hoy, sin exageración, una bomba de relojería institucional. Y la posibilidad de que su explosión coincida con la presencia del Papa en suelo español no es remota ni fantasiosa, sino perfectamente verosímil. El escenario sería catastrófico: titulares internacionales mezclando la visita pontificia con condenas judiciales, registros policiales o autos de procesamiento contra figuras centrales del Gobierno. La imagen del Papa, inevitablemente, quedaría atrapada en una crisis que no le pertenece y que desborda cualquier marco pastoral.
¿Se está informando con claridad a Roma?
La pregunta que se impone no es agresiva, sino casi elemental. ¿No se lee la prensa española en Roma? ¿No se han explicado con claridad estos frentes abiertos, estas causas en curso, este clima de descomposición institucional? ¿Se ha valorado seriamente el riesgo de que la visita sea percibida, dentro y fuera de España, como un balón de oxígeno informativo para un Gobierno políticamente agonizante?
La Iglesia no está llamada a intervenir en la lucha partidista, pero tampoco puede permitirse ser utilizada como decorado espiritual de una operación de distracción masiva. La prudencia diplomática no consiste solo en elegir palabras cuidadosas, sino en saber cuándo una presencia, por bienintencionada que sea, resulta objetivamente imprudente.
Cuando no viajar también es un acto pastoral
A veces, no viajar es un acto de gobierno. A veces, esperar protege más que aparecer. Y a veces, la mayor caridad pastoral consiste en no exponerse a que el mensaje evangélico quede sepultado bajo el ruido de la corrupción, los tribunales y el colapso político.
España, hoy, no ofrece un contexto ordinario. Y precisamente por eso, la pregunta final, formulada con respeto pero con toda la gravedad que merece, sigue en pie: ¿alguien ha explicado con toda claridad al Papa León XIV la España que está a punto de visitar?
