La Misa, tesoro de la fe: El Evangelio, la voz de Cristo en la liturgia

La Misa, tesoro de la fe: El Evangelio, la voz de Cristo en la liturgia

«El Evangelio es la boca de Cristo», afirmaba san Agustín. La liturgia romana ha tomado esta verdad con toda su radicalidad. En la Misa tradicional, la proclamación del Evangelio no es una simple lectura ni un momento didáctico más, sino la presencia viva de Cristo que habla a su Iglesia. Por eso, los ritos que rodean el canto del Evangelio están cargados de una solemnidad singular: honores, gestos y signos que manifiestan que no es un hombre quien habla, sino el mismo Verbo de Dios.

El Evangelio: la Palabra del Verbo

San Agustín exhortaba a los fieles a escuchar el Evangelio como si Dios mismo se dirigiera a ellos. Y no es una metáfora. Cristo es el Verbo eterno del Padre, y el Evangelio es la palabra del Verbo, la Verba Verbi. Por eso, en la liturgia, el Evangelio es Cristo. Esta convicción explica la extraordinaria veneración que la Iglesia tributa al libro de los Evangelios y la solemnidad con la que se proclama su texto. A través de las Sagradas Escrituras, inspiradas por Dios, el Señor continúa hablando a los hombres para su salvación.

El Evangeliario: belleza al servicio de la verdad

El Evangeliario, que contiene los pasajes de los cuatro Evangelios, suele estar ricamente ornamentado. La belleza de su encuadernación y de sus iluminaciones no responde a un gusto estético superficial, sino a la conciencia de que se trata de un libro santo, portador de la Palabra divina. En él se recogen los Evangelios de san Mateo, simbolizado por el hombre; san Marcos, por el león; san Lucas, por el toro; y san Juan, por el águila, signo de la altura teológica de su Evangelio. La disposición de estos textos y su ciclo de lectura hunden sus raíces en la más antigua tradición de la Iglesia. Si san Gregorio Magno regresara hoy, escucharía en nuestras iglesias las mismas lecturas proclamadas en las basílicas romanas del siglo VII, según un ciclo litúrgico que ha evangelizado continentes enteros y ha formado generaciones de santos.

El ministerio del diácono y el honor del altar

Desde el siglo IV, corresponde al diácono, revestido con la dalmática, el honor de cantar el Evangelio. Antes de hacerlo, deposita el Evangeliario sobre el altar, que representa a Cristo mismo, manifestando así la unidad inseparable entre el Señor y su Palabra. Nada puede colocarse sobre la piedra del altar salvo las ofrendas, el Santísimo Sacramento o el libro de los Evangelios, precisamente porque este recibe los mismos honores que Cristo.

Antes de proclamarlo, el diácono pide al sacerdote la bendición y reza de rodillas la antigua oración del Munda cor meum, suplicando que su corazón y sus labios sean purificados, como los del profeta Isaías por el carbón ardiente del serafín. Se dispone así a pronunciar las Verba Verbi, las palabras mismas del Verbo. Tomando el Evangeliario del altar, reconoce que no habla por sí mismo, sino que recibe la palabra de Cristo para transmitirla fielmente.

La procesión del Evangelio y su orientación misionera

La proclamación del Evangelio va precedida de una procesión solemne. Dos acólitos portan cirios, símbolo de la doble naturaleza —humana y divina— de Cristo; les sigue el incensario, signo de adoración; luego el subdiácono y, finalmente, el diácono con el libro santo. La procesión se dirige al lado norte del presbiterio, donde se canta el Evangelio. Tras el oriente —figura de Cristo— y el sur —símbolo de Israel—, el norte representa el mundo pagano, las tinieblas aún no iluminadas por la fe. Hacia esa dirección se proclama el Evangelio, anunciando que la Buena Nueva está destinada a todas las naciones.

Los signos de la cruz y la respuesta de los fieles

Antes de la proclamación, el diácono traza la señal de la cruz sobre el libro y luego sobre sí mismo: en la frente, en los labios y en el corazón. Estos gestos expresan que la Palabra de Dios debe ser acogida con la inteligencia, proclamada sin temor y guardada con amor. Los fieles responden: «Gloria a Ti, Señor», recordando que la proclamación del Evangelio es, ante todo, un acto de glorificación de Dios, razón por la cual se canta primero en latín, lengua sagrada de la Iglesia.

La veneración final del libro santo

Concluido el canto del Evangelio, el subdiácono lleva el Evangeliario directamente al sacerdote, atravesando el presbiterio sin genuflexión, como si portara el Santísimo Sacramento. El sacerdote besa entonces el libro en el lugar marcado por la cruz. Este gesto es a la vez expresión de comunión con la doctrina evangélica y acto de adoración al mismo Cristo, cuya Palabra acaba de resonar. Desde antiguo, besar es un gesto profundamente religioso: ad-orare significa literalmente “llevar a la boca”, signo de veneración suprema.

La proclamación del Evangelio es uno de los momentos más altos de la Misa. En ella, Cristo mismo habla a su Iglesia, la instruye y la llama a la conversión. Por eso, la liturgia la rodea de honores, signos y gestos que educan la fe y disponen el alma a acoger la Palabra divina.

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