Hay cuestiones en la Iglesia que reaparecen cíclicamente. El Filioque es una de ellas. Cada cierto tiempo se vuelve a presentar como si fuera una anomalía histórica, una excentricidad latina o, peor aún, un obstáculo ecuménico que convendría relativizar. Sin embargo, el verdadero problema no está en la fórmula, sino en la dificultad contemporánea para sostener con serenidad lo que la Iglesia siempre ha creído.
El debate en torno al Filioque suele plantearse como una disputa arqueológica: qué decía exactamente el concilio, qué palabra se añadió, en qué lengua. Pero reducir la cuestión a un litigio filológico es una forma elegante de evitar lo esencial. La pregunta de fondo es otra: ¿tiene la Iglesia autoridad para expresar con mayor precisión la fe que ha recibido cuando esta es puesta en cuestión?
Una fe que se defiende, no que se disimula
La historia de la Iglesia muestra que las grandes formulaciones dogmáticas no nacen del gusto por la polémica, sino de la necesidad de defender la verdad revelada frente a interpretaciones que la diluyen. El Credo no es una pieza decorativa ni un texto identitario sin contenido: es una confesión pública de fe frente al error.
Cuando la Iglesia afirma que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, no introduce una novedad caprichosa. Refuerza una verdad ya creída frente a lecturas que fragmentan el misterio trinitario. Negar o minimizar esto, en nombre de una supuesta sensibilidad ecuménica, no une: confunde.
El ecumenismo del silencio
En los últimos años se ha instalado una lógica peligrosa: pensar que la unidad se construye rebajando las afirmaciones claras, dejando en penumbra aquello que puede resultar incómodo al interlocutor. Así, el Filioque deja de verse como una expresión legítima de la fe y pasa a tratarse como un problema que conviene no mencionar demasiado.
Este enfoque no es verdaderamente ecuménico. Es diplomático. Y la diplomacia, cuando sustituye a la verdad, termina vaciando el contenido de la fe. La unidad cristiana no se edifica ocultando lo que se cree, sino confesándolo con claridad y caridad, sin complejos ni agresividad.
Tradición viva frente a literalismo estéril
Otra confusión frecuente consiste en identificar la fidelidad a la Tradición con una especie de literalismo inmóvil, como si la fe solo pudiera transmitirse repitiendo fórmulas sin contexto ni desarrollo. Pero la Tradición no es una urna sellada: es una transmisión viva, custodiada por la Iglesia bajo la guía del Espíritu Santo.
El verdadero escándalo
La fe católica no se sostiene sobre consensos frágiles ni equilibrios políticos. Se sostiene sobre la verdad revelada, confesada con claridad a lo largo de los siglos, incluso cuando esa verdad incomoda. El Filioque, lejos de ser un problema, es un recordatorio de ello.
En medio de un ecumenismo mal entendido, conviene recordarlo sin estridencias, pero sin concesiones: la unidad se construye desde la verdad, no desde el silencio.
Fuente: 1Peter5
