Cuando el cielo habla: la gloria de Dios escrita en la creación

Cuando el cielo habla: la gloria de Dios escrita en la creación

«Los cielos pregonan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos». El Salmo 19 se abre con una afirmación que no necesita comentario técnico ni exégesis compleja: la creación habla. No lo hace con discursos ni conceptos, sino con una elocuencia silenciosa que atraviesa culturas, épocas y lenguas. Peter J. Kreeft subraya que este salmo nos sitúa ante una forma de revelación tan universal como olvidada: la que Dios ofrece a través del mundo creado.

Antes de que el hombre formule dogmas o redacte tratados, el cielo ya anuncia. Antes de que la fe se exprese en palabras, la realidad misma proclama. El salmista no invita a mirar hacia dentro, sino hacia arriba. Y ese gesto, tan sencillo como exigente, pone en cuestión una cultura acostumbrada a encerrarse en sí misma.

La creación como primer lenguaje de Dios

Kreeft insiste en que el Salmo 19 presenta una teología natural robusta, sin complejos. El universo no es neutro ni mudo: es signo. La regularidad del sol, la armonía de los ciclos, la belleza del firmamento no prueban a Dios como una ecuación, pero lo señalan con una evidencia que interpela a la razón honesta. No se trata de una demostración forzada, sino de una invitación a reconocer lo obvio.

El autor recuerda que esta revelación no excluye a nadie. No depende de la educación, de la tradición religiosa ni de la pertenencia a un pueblo concreto. Todo hombre, al levantar la mirada, recibe el mismo mensaje. Por eso el salmo afirma que no hay palabras ni voces, pero su mensaje resuena hasta los confines de la tierra. La creación es el primer catecismo de Dios.

El sol, imagen de un orden que no se improvisa

En el centro del salmo aparece el sol, descrito con una fuerza poética que roza lo litúrgico. Sale como esposo de su tálamo y recorre su camino sin desviarse. Kreeft ve en esta imagen algo más que lirismo: el sol representa un orden objetivo, una ley inscrita en la realidad que no depende del capricho humano.

En una época que desconfía de cualquier norma y sospecha de toda estructura, el Salmo 19 recuerda que la creación no es caótica ni arbitraria. Hay un ritmo, una coherencia, una finalidad. El sol no discute su trayectoria ni la redefine cada día. Y precisamente por eso ilumina y da vida. El contraste con el hombre moderno —tentado de redefinirlo todo, incluso a sí mismo— resulta inevitable.

De la creación a la ley: una misma sabiduría

Uno de los rasgos más sugerentes del Salmo 19 es su estructura: tras contemplar la creación, el texto pasa a alabar la ley del Señor. Para Kreeft, este paso no es accidental. La misma sabiduría que ordena el cosmos es la que se expresa en la ley divina. No hay ruptura entre naturaleza y revelación, sino continuidad.

La ley de Dios no aparece aquí como imposición externa, sino como prolongación de un orden ya visible en la creación. Es perfecta, convierte el alma, da luz a los ojos. Del mismo modo que el sol ilumina el mundo físico, la ley ilumina el mundo interior del hombre. Negar una conduce, tarde o temprano, a oscurecer la otra.

Una advertencia para un mundo sordo

El Salmo 19 no es solo una alabanza; es también una advertencia. Si los cielos proclaman la gloria de Dios y el hombre no escucha, el problema no está en el mensaje, sino en la sordera. Kreeft señala que nuestra época ha aprendido a analizar la naturaleza, pero ha desaprendido a contemplarla. La reduce a objeto, a recurso, a materia prima, y así pierde su capacidad de hablar de Dios.

Cuando la creación deja de ser signo, la fe se vuelve frágil y la moral arbitraria. El salmo invita a recuperar una mirada limpia, capaz de asombro, donde ciencia y fe no se excluyen, sino que se reclaman mutuamente. La razón que se abre al misterio no se empobrece; se ensancha.

Volver a levantar la mirada

En el fondo, el Salmo 19 propone un gesto espiritual elemental: levantar la mirada. Salir de la autorreferencialidad, del ruido constante, de la obsesión por el propio yo. Los cielos siguen pregonando la gloria de Dios; lo que ha cambiado es nuestra disposición a escucharlos.

Peter J. Kreeft lee este salmo como una invitación a reconciliar al hombre con la realidad, a reconocer que el mundo no es un accidente sin sentido, sino una obra que remite a su Autor. En un tiempo marcado por la confusión y el desencanto, esta sabiduría antigua resulta sorprendentemente actual.

En La sabiduría de los Salmos, Peter J. Kreeft muestra que la oración bíblica no nos aleja del mundo, sino que nos devuelve a él con una mirada más verdadera. El Salmo 19 es una escuela de contemplación: enseña a leer el cielo para volver a creer en la tierra, y a escuchar la creación para volver a escuchar a Dios.

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