Puerta del Cielo y Madre de Dios

Puerta del Cielo y Madre de Dios
Salus Populi Romani (“Salvation of the Roman People”) [Pauline Chapel at Saint Mary Major, Rome]. The icon came to Rome, c. 590, during the papacy of Pope Gregory I. According to its Vatican website page, the iconographer was St. Luke himself.

Por San John Henry Newman

María es llamada la Puerta del Cielo, porque fue a través de ella como Nuestro Señor pasó del cielo a la tierra. El profeta Ezequiel, profetizando acerca de María, dice: «La puerta estará cerrada, no se abrirá, y nadie pasará por ella, porque el Señor, Dios de Israel, ha entrado por ella; y permanecerá cerrada para el Príncipe, el mismo Príncipe se sentará en ella». Esto se cumple no solo en que Nuestro Señor tomó carne de ella y fue su Hijo, sino además en que ella tuvo un lugar en la economía de la Redención; se cumple en su espíritu y en su voluntad, así como en su cuerpo.

Eva tuvo parte en la caída del hombre, aunque fue Adán quien nos representó, y cuyo pecado nos hizo pecadores. Fue Eva quien comenzó y quien tentó a Adán. Dice la Escritura: «La mujer vio que el árbol era bueno para comer, agradable a los ojos y deseable para alcanzar sabiduría; tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, y él comió».

Fue conveniente, pues, en la misericordia de Dios, que así como la mujer comenzó la destrucción del mundo, así también la mujer comenzara su restauración; y que, así como Eva abrió el camino para el acto fatal del primer Adán, así María abriera el camino para la gran obra del segundo Adán, es decir, Nuestro Señor Jesucristo, que vino a salvar al mundo muriendo por él en la Cruz.

Por eso María es llamada por los santos Padres una segunda y mejor Eva, por haber dado aquel primer paso en la salvación del género humano que Eva dio en su ruina. ¿Cómo y cuándo tomó María parte —y la parte inicial— en la restauración del mundo? Fue cuando el ángel Gabriel vino a ella para anunciarle la gran dignidad que habría de ser su herencia.

San Pablo nos exhorta a «presentar nuestros cuerpos a Dios como sacrificio razonable». No debemos solo orar con los labios, ayunar, hacer penitencia exterior y ser castos en el cuerpo; debemos también ser obedientes y puros en la mente. Y así, en lo que respecta a la Santísima Virgen, fue voluntad de Dios que ella aceptara libremente y con pleno conocimiento ser la Madre de Nuestro Señor, y no que fuese un mero instrumento pasivo cuya maternidad no tuviera mérito ni recompensa.

Cuanto mayores son nuestros dones, tanto más pesados son nuestros deberes. No era suerte ligera estar tan íntimamente unida al Redentor de los hombres, como ella lo experimentó después cuando sufrió con Él.

Por eso, ponderando bien las palabras del ángel antes de darles respuesta, primero preguntó si tan alto oficio supondría la pérdida de aquella virginidad que había consagrado. Cuando el ángel le dijo que no, entonces, con el pleno consentimiento de un corazón pleno, lleno del amor de Dios hacia ella y de su propia humildad, dijo: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Por este consentimiento se convirtió en la Puerta del Cielo.

[Y «Madre del Creador».]

Este es un título que, más que ningún otro, habríamos pensado imposible de poseer para criatura alguna. A primera vista podríamos sentirnos tentados a decir que confunde nuestras ideas primarias sobre el Creador y la criatura, lo eterno y lo temporal, lo autosubsistente y lo dependiente; y sin embargo, tras una consideración más profunda, veremos que no podemos negar este título a María sin negar la Encarnación divina, es decir, la gran y fundamental verdad de la Revelación: que Dios se hizo hombre.

Y esto se vio desde la primera edad de la Iglesia. Los cristianos se acostumbraron desde el principio a llamar a la Santísima Virgen «Madre de Dios», porque comprendían que era imposible negarle ese título sin negar las palabras de san Juan: «El Verbo (es decir, Dios Hijo) se hizo carne». Y no pasó mucho tiempo antes de que se viera necesario proclamar esta verdad por la voz de un Concilio Ecuménico de la Iglesia.

Pues, como consecuencia de la aversión que los hombres sienten hacia el misterio, surgió el error de que Nuestro Señor no era realmente Dios, sino un hombre distinto de nosotros solo en esto: en que Dios habitaba en Él, como Dios habita en todos los hombres buenos, aunque en mayor medida; del mismo modo que el Espíritu Santo habitaba en los ángeles y los profetas, como en una especie de templo; o también como Nuestro Señor habita ahora en el sagrario de la iglesia.

Entonces los obispos y los fieles vieron que no había otro modo de impedir que se enseñara esta falsa y perniciosa doctrina que declarando de forma clara y haciendo artículo de fe que María era Madre no solo del hombre, sino de Dios.

Y desde entonces el título de María como Madre de Dios se ha convertido en lo que se llama un dogma, o artículo de fe, en la Iglesia. Pero esto nos conduce a una visión más amplia del asunto. ¿Es este título dado a María más maravilloso que la doctrina de que Dios, sin dejar de ser Dios, se haya hecho hombre? ¿Es más misterioso que María sea Madre de Dios que que Dios sea hombre?

Y, sin embargo, esta última —como he dicho— es la verdad elemental de la Revelación, atestiguada por profetas, evangelistas y apóstoles a lo largo de toda la Escritura. ¿Y qué puede haber más consolador y gozoso que las maravillosas promesas que se siguen de esta verdad, de que María es la Madre de Dios?

La gran maravilla, a saber, que llegamos a ser hermanos de nuestro Dios; que, si vivimos bien y morimos en la gracia de Dios, todos seremos llevados después por nuestro Dios encarnado a aquel lugar donde habitan los ángeles; que nuestros cuerpos resucitarán del polvo y serán llevados al Cielo; que estaremos realmente unidos a Dios; que seremos partícipes de la naturaleza divina; que cada uno de nosotros, alma y cuerpo, será sumergido en el abismo de gloria que rodea al Todopoderoso; que lo veremos y compartiremos su bienaventuranza, según el texto: «Quienquiera que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».

 

Sobre el autor

John Henry Newman (1801-1890) fue creado cardenal por León XIII en 1879, beatificado por Benedicto XVI en 2010 y canonizado por el Papa Francisco el 13 de octubre de 2019. Fue uno de los escritores católicos más importantes de los últimos siglos.

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