Las raíces morales de los abusos clericales

Las raíces morales de los abusos clericales

La crisis de los abusos sexuales en el seno de la Iglesia sigue siendo una herida abierta. Décadas después de que los primeros grandes escándalos salieran a la luz, las causas profundas del problema continúan siendo objeto de disputa, silencios selectivos y enfoques parciales. Mientras la jerarquía insiste en explicaciones estructurales, psicológicas o administrativas, algunos sectores vuelven a poner sobre la mesa una cuestión incómoda: la relación entre abusos clericales y homosexualidad.

Un reciente artículo publicado por The Daily Knight ha reavivado este debate al señalar que la mayoría de los casos documentados de abuso clerical no han tenido como víctimas principales a niños prepuberes, sino a adolescentes y jóvenes varones. Este dato, ampliamente reconocido incluso por informes oficiales como el John Jay Report, plantea interrogantes legítimos que con frecuencia son eludidos en el discurso eclesial dominante.

No se trata de afirmar simplificaciones burdas ni de reducir un fenómeno complejo a una única causa, pero tampoco de ignorar hechos objetivos. La desproporción estadística de víctimas masculinas en edad adolescente apunta a un patrón que no encaja con la definición clásica de pedofilia, sino con conductas homosexuales desordenadas ejercidas desde una posición de poder clerical.

Este hecho, sin embargo, rara vez es abordado con claridad por las autoridades eclesiásticas. Por el contrario, en las últimas décadas se ha optado por un lenguaje ambiguo, acompañado de políticas pastorales que subrayan la “inclusión” y la “acogida”, sin una delimitación moral nítida entre la dignidad de la persona y la gravedad objetiva de ciertos comportamientos.

El debate se vuelve aún más delicado cuando se observa el contexto histórico. Antes del Concilio Vaticano II, los casos de conductas homosexuales en seminarios y clero existían, pero eran considerados incompatibles con el ministerio sacerdotal y solían acarrear sanciones severas. Tras el Concilio, en un clima de apertura al mundo y de relajación disciplinar generalizada, muchos controles se diluyeron, y con ellos también la claridad moral en la formación sacerdotal.

A esto se suma un fenómeno que hoy resulta innegable: la presencia creciente de clérigos y prelados que promueven activamente una relectura positiva de la homosexualidad dentro de la Iglesia, en abierta tensión con el Catecismo y la doctrina moral constante. Esta normalización, presentada como gesto pastoral, ha generado confusión entre los fieles y ha debilitado los criterios de discernimiento vocacional.

La cuestión no es —como a menudo se caricaturiza— perseguir personas o fomentar el odio, sino reconocer que la Iglesia tiene el deber de proteger a los más vulnerables y de exigir a sus ministros una vida moral íntegra y conforme a su estado. Cuando este principio se sacrifica en aras de la corrección política o del miedo al qué dirán, las consecuencias no tardan en manifestarse.

Negarse a examinar con honestidad la relación entre homosexualidad y abusos clericales no es un acto de misericordia, sino de irresponsabilidad. La verdadera caridad comienza por la verdad, incluso cuando esta resulta incómoda. Sin una revisión profunda de los criterios de selección, formación y vigilancia del clero, difícilmente se podrá cerrar una crisis que sigue dañando gravemente la credibilidad moral de la Iglesia.

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