El delegado de la CEE sobre las cumbres climáticas: «es como una especie de ritual anual al que los países van porque hay que ir»

El delegado de la CEE sobre las cumbres climáticas: «es como una especie de ritual anual al que los países van porque hay que ir»

El carmelita argentino Eduardo Agosta, director del Departamento de Ecología Integral de la Conferencia Episcopal Española, ha defendido en una extensa entrevista para Ecclesia la implicación directa de la Iglesia en la COP de Brasil. El planteamiento de Agosta, doctor en física, asesor vaticano y que lleva participando años en estos foros, es serio y pastoral, pero el marco elegido plantea dudas profundas: una cumbre climática estructuralmente ineficaz y ajena a la competencia propia de la Iglesia.

La COP: un ritual político sin capacidad real de decisión

La propia descripción que hace Agosta de las cumbres climáticas resulta reveladora: «es como una especie de ritual anual al que los países van porque hay que ir, como si estuviéramos haciendo que hacemos algo». La frase no es una crítica externa, sino una constatación interna. Y precisamente por eso sorprende que, reconociendo su esterilidad, la Iglesia decida implicarse activamente en este escenario.

El resultado vuelve a ser el habitual: grandes expectativas, documentos solemnes y ninguna medida estructural. El propio Agosta reconoce el principal fracaso de la cumbre: «la ausencia total de una referencia clara a la eliminación de los combustibles fósiles». Tras días de negociaciones, el núcleo del problema queda intacto.

Una escenografía europea frente a la realidad asiática

La COP funciona, en gran medida, como un espacio simbólico para Europa, donde el discurso del decrecimiento y la culpa histórica encuentra eco político. Sin embargo, las grandes potencias reales del sistema —China e India— continúan ampliando su capacidad industrial, energética y contaminante sin el menor complejo.

Este desequilibrio rara vez se aborda con realismo. La COP no impone costes reales a quienes más contaminan, pero sí refuerza una narrativa moral que recae principalmente sobre Occidente. En ese contexto, la implicación activa de la Iglesia corre el riesgo de legitimar una agenda climática europea, ideologizada y de impacto nulo sobre los actores decisivos.

De la autoridad moral a la extralimitación técnica

Agosta celebra como un hito que «fue la primera vez que la Iglesia tuvo una participación tan activa dentro de una cumbre climática». Sin embargo, cabe preguntarse si esta presencia fortalece realmente la misión eclesial o la desplaza hacia terrenos que no le son propios.

Cuando se afirma, por ejemplo, que «el balance neto de carbono disponible está prácticamente agotado», la Iglesia deja de moverse en el ámbito de la moral para entrar en el de modelos científicos complejos, provisionales y discutidos. No se trata de negar la cuestión ambiental, sino de recordar que la Iglesia no posee carisma específico para arbitrar debates técnicos o geopolíticos de esta naturaleza.

El riesgo pastoral: hablar con autoridad donde se requiere prudencia

La Iglesia tiene autoridad para hablar del bien y del mal, del pecado y de la gracia, de la dignidad humana y de la salvación. No la tiene —ni debería pretenderla— para fijar consensos científicos o estrategias energéticas globales. Cuando confunde ambos planos, corre un riesgo serio: perder credibilidad espiritual al asumir como propios consensos políticos cambiantes.

La COP no es un concilio, ni un sínodo, ni un espacio de discernimiento eclesial. Es un foro político fallido, eficaz para producir declaraciones y profundamente ineficaz para transformar realidades.

La trascendencia como nota al pie

Agosta insiste en que «la ecología integral sólo se entiende porque hay una dimensión ética, espiritual y teológica». La afirmación es correcta en abstracto. Sin embargo, en la práctica, esa dimensión aparece subordinada a la agenda climática. Se menciona como fundamento, pero no actúa como criterio rector.

Se habla extensamente de carbono, biodiversidad y estilos de vida; muy poco de pecado, conversión, sacramentos o gracia. Lo trascendente funciona como marco justificativo, no como centro operativo.

Una corrección necesaria

La preocupación por la creación es legítima y forma parte de la moral cristiana. Pero no todo problema global es competencia directa de la Iglesia, ni toda urgencia política debe convertirse en prioridad pastoral.

La misión de la Iglesia no es gestionar el clima del planeta ni corregir el tablero geopolítico mundial, sino anunciar a Cristo, llamar a la conversión y conducir a las almas a la salvación. Cuando lo secundario ocupa el centro, incluso con la mejor de las intenciones, la Iglesia no gana relevancia en el mundo: la pierde.

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