Perfetti, el vaticanista arcoíris detrás del ataque a Agostini

Perfetti, el vaticanista arcoíris detrás del ataque a Agostini

Todo empieza con algo que, en condiciones normales, no habría pasado de anécdota. En un acto público retransmitido por la señal oficial de Vatican News, un micrófono ambiente recoge una frase confusa. No se sabe quién habla, ni a quién se refiere, ni si tiene relevancia alguna. Podía ser una broma privada, un comentario de un técnico o una frase suelta sin mayor importancia. Nada que, por sí solo, justifique un escándalo.

Y, sin embargo, el escándalo estalla. No tras una investigación, sino casi de inmediato. Como si alguien estuviera esperando justo eso. Aquí aparece la primera sospecha razonable: o bien alguien microfonó deliberadamente a Agostini, o bien alguien pidió estar especialmente atento a los micrófonos ambientales situados cerca de su ubicación. No es una teoría conspirativa; es simple lógica. El audio no se descubre por casualidad una semana más tarde: se detecta al momento y se identifica incluso al autor de unos susurros, ¿estaba alguien esperando la oportunidad?

Perfetti se ha ganado la confianza un círculo concreto de la curia

Y en ese punto conviene dejarlo claro desde el principio: el centro de esta historia no es el audio, sino quienes activan al joven Marco Felipe Perfetti, fundador y director de Silere Non Possum un medio de reciente creación de información eclesial. Perfetti es un joven de 29 años que estudió derecho en Bolonia pero ha acabado inclinado al periodismo. Luce una barba poco poblada pero perfilada milimétricamente y una pulsera arcoíris. Es defensor militante en redes de la agenda LGTB (dentro y fuera de la Iglesia), defiende las marchas y campañas gay tachando en redes de homófobos a otros vaticanistas, porta orgulloso sus símbolos y es alguien que en los últimos tiempos ha tejido relaciones sorprendentemente buenas con determinados cardenales y cargos curiales. Hay condiciones que siguen siendo una ventaja para acceder a determinados círculos en Roma. Casualidades de la vida: justo los mismos entornos a los que Agostini incomoda.

Cuando el audio aparece, Perfetti no duda, no contrasta y no pregunta. Carga el mensaje. Lo publica. Y lo empuja hacia arriba. En horas, lo que era ruido de fondo se convierte en munición. El resultado es fulminante: Agostini, con dieciséis años de servicio impecable y habiendo pasado por tres pontificados, es apartado sin miramientos. No por una prueba clara, sino por una interpretación interesada de un audio confuso. Misericordia cero. Prudencia cero. Prisa máxima. Y es aquí donde muchos empiezan a levantar la ceja: ¿de verdad esto era tan grave como para actuar así?, ¿o simplemente era el momento esperado para ajustar cuentas?

Después viene lo más revelador. Perfetti y Silere Non Possum se lanzan en redes sociales a tachar indiscriminadamente a los tradicionales de homosexuales encubiertos, reprimidos o frustrados, utilizando incluso para ello una supuesta entrevista anónima de un cardenal amigo de Perfetti. Es una reacción tan exagerada como infantil, tan ruidosa como reveladora. Hay burla, señalamiento y descalificación personal. Es el recurso más viejo del mundo entre los homosexuales que – por cargo o función- se sienten cuestionados: yo seré gay, pero tú también y lo reprimes. Además de mezquina, la estrategia es ridícula. Que un defensor de la agenda LGTB al frente de un medio “católico” pretenda desacreditar al sector tradicional de la Iglesia llamándolo homosexual demuestra más nerviosismo que fortaleza.

Recapitulemos, para que lo entienda cualquiera: aparece un audio ambiguo; alguien estaba esperando; ese alguien activa un medio dirigido por un joven activista arcoiris lo convierte en escándalo; el sacerdote incómodo cae en horas; y después se remata el relato con una campaña de insultos generalizados. Son demasiadas coincidencias bien alineadas para ser inocentes. Cuando la secuencia es tan limpia, tan rápida y tan conveniente, el azar suele ser la coartada preferida de quien no quiere explicar el método.

Pero hay algo que ni Perfetti ni sus aliados pueden controlar: la reacción de los fieles. Pueden controlar micrófonos, medios y despachos. Pueden tener la Iglesia oficial. Pero no tienen la confianza de la gente corriente, que distingue perfectamente entre justicia y ajuste de cuentas. Los tiempos están cambiando. Ellos conservan la estructura; pero la Iglesia viva —la que reza, piensa y no se deja engañar por campañas burdas— no está con ellos.

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