León XIV fulmina a su ceremoniero más afín a la Misa tradicional por un comentario en un micrófono abierto

León XIV fulmina a su ceremoniero más afín a la Misa tradicional por un comentario en un micrófono abierto

Un comentario captado por un micrófono abierto, apenas audible, sin contexto verificable y sin posibilidad objetiva de identificar a sus destinatarios, ha bastado para desencadenar una reacción fulminante contra Monseñor Marco Agostini, uno de los ceremonieros pontificios y, a día de hoy, una de las figuras más claramente identificadas con la defensa de la liturgia tradicional dentro del Vaticano. La frase —«culattomi tutti insieme» (los maricas todos juntos)— aparece fugazmente en un off the record de un vídeo institucional de Vatican News del encuentro navideño del Papa con cardenales y obispos residentes en Roma. Nada en el audio permite determinar con certeza a quién se refería, ni siquiera si se trataba de una expresión dirigida a un grupo concreto y aislado o de un comentario privado mal captado durante un momento de transición organizativa.

La atribución del comentario a Agostini fue adelantada por Silere non possum y, a partir de ese instante, la maquinaria se activó con una rapidez tan reveladora como inquietante. No ha habido una explicación oficial clara, ni una contextualización serena de los hechos, ni una investigación transparente que permita evaluar la gravedad real del incidente. La sola existencia de un audio borroso ha sido suficiente para justificar una reacción desproporcionada y automática.

Un perfil incómodo en el momento equivocado

Agostini no es un nombre neutro dentro del Vaticano. Es conocido por su cercanía a la Misa tradicional, por celebrar habitualmente según el rito romano antiguo en la cripta de San Pedro y por su presencia en ámbitos inequívocamente asociados al catolicismo litúrgico clásico, incluida la peregrinación tradicional a Covadonga. En el clima actual, esa trayectoria no es un simple rasgo personal: es una posición eclesial incómoda para algunos. Y cuando el perfil resulta molesto, cualquier pretexto sirve.

El problema no es una frase. El problema es quién la pronuncia.

Escándalos reales, tolerancia prolongada

El contraste se vuelve escandaloso cuando se observa la gestión que el Vaticano ha dado, durante los últimos años, a casos infinitamente más graves. La historia reciente de la Curia romana está marcada por episodios documentados de clérigos de alto nivel implicados en conductas sexuales activas, dobles vidas, consumo de drogas, fiestas sexuales en dependencias vaticanas e incluso sistemas de chantaje interno basados precisamente en esas conductas.

En muchos de esos casos, la reacción institucional fue lenta, opaca o directamente inexistente. Traslados discretos, silencios administrativos, llamadas a la misericordia y al acompañamiento pastoral. Ninguna prisa. Ninguna ejemplaridad inmediata. Ningún micrófono abierto convertido en causa de ejecución sumaria.

El caso Carlo Capella: misericordia sin matices

El contraste alcanza su punto más hiriente con el caso de Carlo Capella, ex funcionario de la Secretaría de Estado del Vaticano. Capella fue perseguido por la justicia de Estados Unidos por descargar y compartir pornografía infantil, hechos probados judicialmente y reconocidos por las autoridades vaticanas.

Pues bien, tras cumplir su condena Capella ha sido acogido nuevamente en estructuras vaticanas, residiendo en una importante residencia eclesiástica, en convivencia con otros clérigos, y restituido en funciones oficiales internas. Todo ello en nombre de la misericordia, la rehabilitación y el acompañamiento.

No se trata aquí de negar la posibilidad del perdón cristiano. Se trata de constatar un hecho incómodo: la misericordia institucional se ha aplicado con una generosidad extrema en un caso de delitos objetivamente monstruosos, mientras que se muestra inexistente ante un comentario verbal ambiguo, sin destinatario identificable y sin consecuencias reales.

El doble rasero como sistema

El mensaje que se transmite es devastador. No todas las faltas pesan lo mismo. No todos los perfiles reciben el mismo trato. La indulgencia parece abundar cuando el escándalo afecta a equilibrios internos delicados o a redes de poder consolidadas. Pero desaparece de forma fulminante cuando el señalado representa una visión de la Iglesia que algunos desean erradicar.

En este contexto, el “caso Agostini” deja de ser un episodio anecdótico para convertirse en un síntoma estructural. La tradición no se corrige: se castiga. Y cuando la decisión está tomada, un audio mal captado, un micrófono abierto y una interpretación interesada bastan para justificar una caída orquestada a través de medios concretos y por personas concretas.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando