Con motivo de la Jornada Mundial de la Paz, monseñor Paul Richard Gallagher, responsable de la diplomacia vaticana, ha trazado un amplio diagnóstico del estado del mundo al inicio de 2026 en una entrevista concedida a la Agencia SIR. Fragmentación geopolítica, rearme, conflictos olvidados, lenguaje bélico, normalización de la emergencia. El análisis es serio, ordenado y acertado sobre el escenario internacional que vivimos. Pero deja una sensación inquietante: algo fundamental falta en el discurso. No es algo nuevo; al contrario, la ausencia de Dios se ha convertido en una constante y precisamente por eso conviene subrayarla.
Gallagher habla como hablan hoy las organizaciones internacionales. Con más altura moral, sin duda, pero dentro del mismo marco conceptual. Se denuncia la guerra, se pide diálogo, se alerta contra la resignación, se reclama un cambio de rumbo. Todo correcto. Todo razonable. Y, sin embargo, la pregunta se impone sola: ¿de qué paz estamos hablando?
«La verdadera paz no es fruto únicamente del desarme, sino que se basa en la confianza y las relaciones pacíficas entre los pueblos», dice Gallagher.
A lo largo de toda la entrevista, la paz aparece definida casi exclusivamente en términos políticos y humanitarios. Confianza entre los pueblos, gestos verificables, instituciones reforzadas, lenguaje no polarizante. Incluso cuando se menciona a la Iglesia como “conciencia crítica” del sistema global, esa conciencia parece moverse en un plano estrictamente horizontal. Se critica el sistema, sí, pero desde dentro del sistema. Se elevan los principios, pero no se cambia el fundamento.
«No olvidemos que siempre es posible, más aún, deseable, el camino del diálogo, un diálogo “humilde y perseverante” , como nos exhorta el papa León XIV, para contribuir a un cambio de rumbo, a reconstruir relaciones de confianza y para el bien de toda la humanidad».
Lo que se ha vuelto una constante es la práctica ausencia de Dios. No como muletilla retórica, no como cita piadosa, sino como referencia real y estructural. En una Jornada Mundial de la Paz promovida por la Iglesia, cuesta no preguntarse por qué el origen último de la paz —Dios mismo— queda relegado a un segundo plano, casi invisible.
«la Santa Sede se presenta no como un actor geopolítico entre otros, sino como una conciencia crítica del sistema internacional, un centinela en la noche que ya ve el amanecer, que reclama responsabilidad, derechos y la centralidad de la persona».
La tradición católica no ha sido ambigua en este punto. La paz no es simplemente el resultado de equilibrios diplomáticos ni de consensos multilaterales. Tampoco es solo ausencia de guerra. La paz, en sentido cristiano, nace del orden justo querido por Dios, de la verdad sobre el hombre y de la conversión del corazón. Cuando esta dimensión se omite, la paz se convierte en un objetivo técnico, gestionable, pero profundamente frágil.
«Las medidas urgentes son bien conocidas: protección de los civiles, acceso a la ayuda humanitaria, apoyo a las poblaciones más vulnerables, un compromiso renovado con la prevención de conflictos y el fortalecimiento de las instituciones supranacionales», recuerda el Gallagher.
El problema de fondo es más profundo que una entrevista concreta. Es el riesgo de asumir que el mundo puede arreglarse solo, siempre que se afinen los mecanismos adecuados. Es la tentación —muy moderna— de pensar que bastan instituciones más eficaces, lenguajes más amables y acuerdos mejor redactados con una leve mención a Dios para darle el toque religioso. La historia demuestra lo contrario: cuando se expulsa a Dios del horizonte, el hombre no solo se emancipa, se desorienta.
Hablar de paz sin Dios equivale, en la práctica, a aceptar que la salvación puede venir de la política, de la técnica o del consenso. Pero la Iglesia existe precisamente para recordar que eso no es verdad. Su misión no es competir con las cancillerías ni ofrecer una versión moralmente mejorada del mismo discurso secular. Su misión es anunciar aquello que el mundo no quiere escuchar: que sin Verdad no hay paz, y que la Verdad tiene un nombre.
Por eso resulta insuficiente definir a la Iglesia únicamente como “conciencia crítica” del sistema internacional. La Iglesia no está llamada solo a criticar los excesos del sistema, sino a cuestionar sus presupuestos. A decir que la guerra no es solo un fallo político, sino una consecuencia del pecado. A recordar que la dignidad humana no se sostiene sin una antropología verdadera. A afirmar que no habrá reconciliación duradera mientras se pretenda construirla prescindiendo de Dios. Como menciona Gallagher, «estas son las crisis que corren el riesgo de caer cada vez más en el olvido. Y es aquí donde la Iglesia y la Santa Sede pueden hacer tanto, llamándolas la atención y trabajando por el bien de todos», solo que él se refiere a la pobreza, la corrupción, la discriminación y la explotación de personas desde el antropocentrismo reinante —y sí, son temas graves, pero es lo que hace el hombre cuando vive sin Dios—.
La diplomacia vaticana tiene un papel legítimo y necesario, nadie lo discute. Pero cuando el discurso eclesial se mimetiza demasiado con el lenguaje de las organizaciones internacionales, pierde su misión. La Iglesia no está en el mundo para gestionar equilibrios, sino para anunciar la verdad que libera.
La paz que el mundo propone suele ser una tregua. La paz que Cristo está en la vida eterna.
