En una entrevista concedida a Il Giornale, el cardenal Angelo Bagnasco ha lanzado una advertencia que interpela directamente a las democracias occidentales: sobre la persecución de los cristianos pesa un silencio deliberado motivado por intereses políticos. Una omisión que, lejos de ser neutra, revela hasta qué punto la fe continúa resultando incómoda en sociedades que se proclaman tolerantes y abiertas.
El purpurado italiano advierte de que el silencio en torno a las persecuciones no es fruto de la ignorancia ni de la falta de información, sino de intereses políticos concretos. Defender abiertamente a los cristianos perseguidos —señala— no genera consenso, no resulta rentable y puede perjudicar carreras políticas o equilibrios económicos. De ahí que, con frecuencia, se opte por mirar hacia otro lado.
Bagnasco subraya además que este fenómeno no afecta únicamente a países lejanos o regímenes abiertamente hostiles al cristianismo. También en Europa y en Occidente la persecución adopta formas más sutiles, pero no menos eficaces. En lugar de eliminar físicamente al creyente, se vacía la fe de contenido, se la reduce a tradición folclórica o a sentimiento privado y se la considera problemática cuando pretende tener una mínima presencia pública.
Esta nueva forma de hostilidad se presenta a menudo bajo el lenguaje de la neutralidad y la tolerancia. Sin embargo, como advierte el cardenal, se trata de una tolerancia selectiva: la fe es aceptada mientras no cuestione el relato dominante ni recuerde que el ser humano no es autosuficiente ni puede construirse al margen de toda referencia trascendente.
En este contexto, signos cristianos como el belén se convierten en objeto de controversia. No porque impongan una visión del mundo, sino precisamente porque recuerdan unas raíces que muchos preferirían borrar de la memoria común. La petición, subraya Bagnasco, no es imponerlos, sino simplemente no ser expulsados del espacio público ni de la historia compartida.
El análisis apunta también a una dinámica cultural más amplia: mientras el espacio público se llena de ruido —mediático, político y social—, sobre las cuestiones esenciales se impone un silencio pesado. Un silencio hecho de omisiones, de prudencias calculadas y de renuncias morales. Entre ambos extremos, permanece una fe que no reclama privilegios, pero que tampoco acepta convertirse en invisible.
La reflexión de Bagnasco enlaza así con una preocupación creciente en la Iglesia: la tentación de reducir la paz, la convivencia y la libertad religiosa a meros equilibrios sociales, sin afrontar la raíz del problema. Cuando la fe es sistemáticamente relegada al ámbito privado, no se protege la convivencia, sino que se empobrece el espacio público y se debilita la libertad real.
