Cada 31 de diciembre, cuando el año civil llega a su fin, la Iglesia eleva una de sus oraciones más antiguas y solemnes: el Te Deum. En parroquias, catedrales y, de modo especial, en la basílica de San Pedro, este himno de acción de gracias resuena como expresión pública de reconocimiento a Dios por los dones recibidos a lo largo del tiempo que termina.
Lejos de ser una costumbre reciente, el Te Deum forma parte del patrimonio espiritual más antiguo del cristianismo. Se trata de un himno latino en prosa cuyo nombre procede de su primer verso: Te Deum laudamus (“A ti, Dios, te alabamos”). Su composición se sitúa entre finales del siglo IV y comienzos del V.
Su autoría no está plenamente establecida. A lo largo de los siglos se ha atribuido a figuras tan relevantes como san Ambrosio, san Agustín o san Cipriano de Cartago. Sin embargo, muchos estudiosos consideran hoy que el autor más probable fue san Nicetas de Remesiana, obispo del siglo IV, conocido por sus escritos catequéticos y litúrgicos y elogiado por san Paulino de Nola.
Sea cual sea su autor, lo cierto es que el Te Deum fue reconocido muy pronto como un texto de gran profundidad teológica y espiritual. Por ello, se incorporó de manera estable a la oración oficial de la Iglesia y se convirtió en un elemento habitual de la vida litúrgica, especialmente en contextos de alabanza y acción de gracias.
Una síntesis cantada de la fe cristiana
Desde sus primeros versículos, el himno presenta una alabanza coral en la que se unen el cielo y la tierra: ángeles, arcángeles, apóstoles, profetas y mártires proclaman juntos la santidad y la gloria de Dios.
En su núcleo, el himno formula una clara confesión trinitaria y recorre los grandes misterios de la fe: la Encarnación del Hijo de Dios, su Pasión y Muerte, la Redención obrada por la Cruz y su glorificación a la derecha del Padre. Cristo aparece proclamado como Rey de la gloria, vencedor de la muerte y juez de vivos y muertos.
Presencia constante en la liturgia y en la historia
Desde muy temprano, el Te Deum fue incorporado a la Liturgia de las Horas, donde se canta al final del Oficio de Lecturas los domingos, fiestas y solemnidades, con excepción de los tiempos penitenciales de Adviento y Cuaresma. En Roma —y por extensión en toda la Iglesia—, el Papa mantiene la tradición de presidir un Te Deum solemne al final del año civil, como gesto público de gratitud y confianza en la providencia divina.
A lo largo de la historia, este himno ha acompañado también grandes acontecimientos eclesiales y civiles: elecciones papales, coronaciones de reyes, tratados de paz, aniversarios nacionales y acontecimientos especialmente significativos. En muchos países de tradición católica, el Te Deum ha sido un signo visible de la relación entre la fe y la vida pública.
Al final del año, el Te Deum adquiere un significado particular. Es el momento propicio para reconocer que el tiempo pertenece a Dios y que la historia permanece bajo su providencia. Por eso, cuando la Iglesia canta el Te Deum al concluir el año, proclama que todo bien procede de Dios, y en Él se funda la esperanza con la que comienza un nuevo año.
Texto original en latín
Te Deum laudamus:
te Dominum confitemur.
Te aeternum Patrem,
omnis terra veneratur.
Tibi omnes angeli,
tibi caeli et universae potestates:
tibi cherubim et seraphim,
incessabili voce proclamant:
Sanctus, Sanctus, Sanctus
Dominus Deus Sabaoth.
Pleni sunt caeli et terra
maiestatis gloriae tuae.
Te gloriosus Apostolorum chorus,
te prophetarum laudabilis numerus,
te martyrum candidatus laudat exercitus.
Te per orbem terrarum
sancta confitetur Ecclesia,
Patrem immensae maiestatis;
venerandum tuum verum et unicum Filium;
Sanctum quoque Paraclitum Spiritum.
Tu rex gloriae, Christe.
Tu Patris sempiternus es Filius.
Tu, ad liberandum suscepturus hominem,
non horruisti Virginis uterum.
Tu, devicto mortis aculeo,
aperuisti credentibus regna caelorum.
Tu ad dexteram Dei sedes,
in gloria Patris.
Iudex crederis esse venturus.
Te ergo quaesumus, tuis famulis subveni,
quos pretioso sanguine redemisti.
Aeterna fac
cum sanctis tuis in gloria numerari.
Salvum fac populum tuum, Domine,
et benedic hereditati tuae.
Et rege eos,
et extolle illos usque in aeternum.
Per singulos dies benedicimus te;
et laudamus nomen tuum in saeculum,
et in saeculum saeculi.
Dignare, Domine, die isto
sine peccato nos custodire.
Miserere nostri, Domine,
miserere nostri.
Fiat misericordia tua, Domine, super nos,
quem ad modum speravimus in te.
In te, Domine, speravi:
non confundar in aeternum.
Texto en español
A ti, oh Dios, te alabamos,
a ti, Señor, te reconocemos.
A ti, eterno Padre,
te venera toda la creación.
Los ángeles todos, los cielos
y todas las potestades te honran.
Los querubines y serafines
te cantan sin cesar:
Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios de los ejércitos.
Los cielos y la tierra
están llenos de la majestad de tu gloria.
A ti te ensalza el glorioso coro de los apóstoles,
la multitud admirable de los profetas,
el blanco ejército de los mártires.
A ti la Iglesia santa,
extendida por toda la tierra, te aclama:
Padre de inmensa majestad,
Hijo único y verdadero, digno de adoración,
Espíritu Santo, defensor.
Tú eres el Rey de la gloria, Cristo.
Tú eres el Hijo único del Padre.
Tú, para liberar al hombre,
aceptaste la condición humana sin desdeñar el seno de la Virgen.
Tú, rotas las cadenas de la muerte,
abriste a los creyentes el Reino de los Cielos.
Tú sentado a la derecha de Dios,
en la gloria del Padre.
Creemos que un día has de venir como juez.
Te rogamos, pues, que vengas en ayuda de tus siervos,
a quienes redimiste con tu preciosa sangre.
Haz que en la gloria eterna
nos asociemos a tus santos.
Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice tu heredad.
Sé su pastor
y ensálzalo eternamente.
Día tras día te bendecimos
y alabamos tu nombre para siempre,
por eternidad de eternidades.
Dígnate, Señor, en este día
guardarnos del pecado.
Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
En ti, Señor, confié,
no me veré defraudado para siempre.