Nostalgia y Adviento

Nostalgia y Adviento

Por Stephen P. White

La palabra “nostalgia” fue acuñada en el siglo XVII por un médico suizo llamado Johannes Hofer. El término era una combinación latinizada de dos palabras griegas: nostos, que significa “regresar a casa” (piense en Odiseo), y algos, que significa “dolor”. Hofer usó su nueva palabra para describir una condición médica, particularmente común entre mercenarios suizos que servían en el extranjero, que podría describirse mejor como añoranza aguda del hogar: una morriña tan intensa que, en ocasiones, podía ser fatal.

La palabra siguió empleándose como término médico, a menudo aplicado a soldados, hasta bien entrado el siglo XIX. Por ejemplo, en 1865, un periódico estadounidense describía las condiciones en un importante campo de prisioneros de guerra donde se albergaban soldados confederados capturados:

En Camp Douglas, Chicago, hay mil cuatrocientos prisioneros en la lista de enfermos, con un promedio de seis enterramientos diarios. Una de las causas más frecuentes de muerte es la nostalgia, que es la designación médica para la añoranza del hogar.

No fue hasta principios del siglo XX que la palabra nostalgia adoptó su significado actual: un recuerdo afectuoso de cómo eran las cosas, teñido de la tristeza de que ya no lo sean.

Nadie sostendría que extrañar el hogar sea un fenómeno moderno. Tampoco es nuevo el recuerdo afectuoso de los “viejos tiempos”. Pero hay algo en la desubicación de la era moderna —tanto la física como la causada por el rápido, si no acelerado, ritmo del cambio cultural y social— que da a ambos significados una relevancia particular para el mundo contemporáneo.

Seguramente este sentido moderno de desubicación ha contribuido a que la nostalgia se convierta en una parte definitoria de la vida estadounidense contemporánea. Moldea nuestra política, impregna nuestra cultura popular e incluso define cómo imaginamos el futuro.

Y no hay época del año en la que el apetito estadounidense por la indulgencia nostálgica y agridulce se exhiba más que durante el Adviento.

Bing Crosby grabó “I’ll Be Home for Christmas” por primera vez en 1943, cuando millones de estadounidenses combatían en Europa y el Pacífico. It’s a Wonderful Life, una de las mejores películas —no solo navideñas—, se estrenó en 1946. Miracle on 34th Street llegó un año después. “It’s Beginning to Look a Lot Like Christmas” fue grabada por Perry Como y por Bing Crosby en 1951. El “(There’s No Place Like) Home for the Holidays” de Como es un clásico radiofónico desde 1954. Ese mismo año se estrenó White Christmas (aunque la canción homónima había sido compuesta en 1942).

Uno podrá objetar que conecto la nostalgia con el Adviento, pero todas estas películas y canciones son “navideñas”. Claro, las llamamos así, pero en realidad tratan del Adviento, del sentido de anhelo que crece mientras nos acercamos a la Navidad. (Además, pueden llamarlas “canciones navideñas” todo lo que quieran, pero si empiezan a sonar justo después de Acción de Gracias y dejan de sonar justo después de Navidad, son “canciones de Adviento”.)

Nótese también que todas las canciones y películas mencionadas surgieron en el lapso de una década tras la Segunda Guerra Mundial: la mayor experiencia colectiva de añoranza y —para los afortunados— de regreso seguro en la historia estadounidense. Muchas hacen referencia explícita a la guerra. Y aunque miles de canciones y películas sobre la Navidad (y el Adviento) se han producido desde entonces —y algunas se han vuelto enormemente populares—, la fábrica posbélica de nostalgia cultural que produjo los viejos éxitos sigue siendo la vara con la que se miden los añadidos más recientes.

Se podría objetar también que muchas “películas navideñas” y “canciones navideñas” son cursilería. Lo concedo. Pero eso solo subraya que el valor artístico importa menos que el hecho de que asociamos estas obras con la llegada de la Navidad. Queremos sentir que volvemos a casa por Navidad, que regresamos a los lugares que conocimos y a cómo eran las cosas cuando éramos niños, o al menos disfrutar un poco del dolor y la tristeza de ya no poder hacerlo.

En este sentido, Home Alone (que nunca me ha gustado) es tan perfecta película navideña para la Generación X como Elf lo es para los Millennials, o Rudolph the Red-Nosed Reindeer para los Baby Boomers. Todas tratan de desubicación y de regreso al hogar en los días previos a la Navidad. Y la nostalgia que evocan, especialmente si las vimos hace mucho tiempo siendo niños, no hace sino crecer con la repetición. Ver estas películas se convierte en una tradición de Adviento capaz de suscitar nostalgia por derecho propio.

Hay una buena razón por la que los días y semanas previos a la Navidad están tan cargados de nostalgia. Bajo el bullicio y el ruido de la temporada, bajo el brillo y el materialismo, y bajo la nostalgia y las tradiciones (sagradas y profanas), bajo toda la cursilería y el sentimentalismo, se encuentra el anhelo humano más profundo de hogar, de un lugar que conocemos y donde somos conocidos, un lugar donde estamos seguros. Y, por muy ridículos o equivocados que sean a veces nuestros intentos por satisfacer ese anhelo, el anhelo mismo es un don, un recordatorio de aquello para lo que fuimos creados.

Los cristianos sabemos que el Adviento es un tiempo para prepararnos para la llegada del Niño Dios. En su venida se cumplirán todas las promesas de Dios a su pueblo. El Dios de quien fuimos separados en la Caída vendrá a habitar entre nosotros, y el anhelo y la inquietud más profundos cederán ante el Príncipe de la Paz. Él hace su morada entre su pueblo para que podamos encontrar una morada en Él.

La añoranza del hogar es la condición humana. En Adviento, recordamos el remedio: Verbum caro factum est et habitavit in nobis.

Sobre el autor

Stephen P. White es director ejecutivo de The Catholic Project en The Catholic University of America y académico en estudios católicos en el Ethics and Public Policy Center.

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