El pasado viernes 5 de diciembre, la Santa Sede confirmó la consagración del padre Francis Li Jianlin como obispo de la Prefectura Apostólica de Xinxiang, una decisión que Roma presentó como un paso adelante en la aplicación del Acuerdo Provisional con China, pero que deja al descubierto las zonas oscuras de una relación marcada por concesiones, presiones y silencios diplomáticos. La salida del obispo clandestino Joseph Zhang Weizhu y la entrada de un candidato aprobado por el gobierno chino resumen, quizá mejor que ningún otro caso, las contradicciones de un pacto que sigue siendo tan frágil como confuso.
Una prefectura paralizada durante años se convierte en símbolo del dilema diplomático
Xinxiang ha sido durante largo tiempo un territorio de conflicto entre la Iglesia clandestina y las autoridades chinas. Allí coexistían dos realidades: por un lado, un obispo nombrado por el Vaticano pero jamás reconocido por el Estado; por otro, una “diócesis” fabricada por la Asociación Patriótica Católica China, que funciona como brazo religioso del Partido Comunista.
El nombramiento de Li Jianlin, aceptado por el papa León XIV y reconocido por Pekín, cierra formalmente un periodo de bloqueo institucional. Sin embargo, lo que parece una normalización también pone de manifiesto la tensión constante entre una Iglesia que quiere preservar su identidad y un Estado que exige control absoluto sobre toda expresión religiosa.
Una renuncia rodeada de interrogantes
La renuncia del obispo Joseph Zhang —a los 67 años, edad inusualmente temprana para un retiro episcopal— es uno de los elementos que siembran dudas en este caso. Durante años, Zhang vivió bajo vigilancia, con períodos de detención y restricciones de movimiento. Que su renuncia sea acompañada por una declaración pública alineada con la “sinización” promovida por el gobierno suscita preguntas sobre la naturaleza real de su decisión.
Los defensores de Zhang se preguntan si contó con libertad para aceptar la renuncia o si esta fue el resultado de presiones acumuladas, tanto de parte del Estado como de la diplomacia vaticana. En un país donde las autoridades controlan cada gesto de la vida religiosa, tales dudas no pueden descartarse con ligereza. La figura de Zhang se convierte así en un recordatorio de la fragilidad —y a veces vulnerabilidad— de los pastores que permanecen fieles a la comunión con Roma fuera de las estructuras oficiales.
Un nombramiento que evidencia la estrategia china de hechos consumados
En abril, durante el periodo de sede vacante tras la muerte del papa Francisco, las autoridades chinas anunciaron unilateralmente a Li Jianlin como obispo de la “Diócesis de Xinxiang”, entidad no reconocida por la Santa Sede. El gesto fue interpretado como un desafío directo, destinado a mostrar que la maquinaria estatal podía avanzar sin esperar a Roma.
El hecho de que León XIV aprobara más tarde a ese mismo sacerdote como obispo de la prefectura vaticana revela hasta qué punto la relación entre ambos lados se desarrolla en un terreno desigual. Roma intenta reconducir situaciones creadas por el Estado; Pekín consolida sus decisiones presentándolas como parte de un proceso dialogado. Xinxiang ilustra ese juego diplomático, donde los acuerdos se interpretan de manera diferente por cada parte.
El verdadero pulso: quién define la estructura de la Iglesia en China
Tras las discusiones sobre nombres, personas y gestos protocolarios se esconde el núcleo fundamental del conflicto: la autoridad para definir la estructura eclesial. En los últimos años, China ha levantado diócesis sin aprobación de Roma, ha modificado fronteras e incluso ha trasladado obispos de una jurisdicción a otra sin mandato pontificio. Para el Vaticano, lograr que el Estado reconozca la prefectura apostólica de Xinxiang como la jurisdicción válida supone un avance diplomático significativo, sin embargo deja la sensación de resignación.
Este avance llega acompañado de un coste evidente: la sustitución de un obispo clandestino por uno aprobado por el Estado. Lo que se interpreta en Roma como un paso hacia la normalización puede percibirse en las comunidades locales como una concesión más ante las presiones de Pekín. Xinxiang vuelve a poner sobre la mesa el problema que el acuerdo de 2018 no ha logrado resolver completamente: la tensión entre el reconocimiento mutuo y el control estatal sobre la Iglesia.
Xinxiang revela lo que el acuerdo no puede ocultar
Lo ocurrido en Xinxiang sintetiza las tensiones latentes del acuerdo Vaticano–China. A ojos de la diplomacia vaticana, lo describen como progreso: se regulariza una situación anómala, se evita una nueva crisis y se mantiene viva la comunicación con Pekín. Pero para los fieles que viven su fe bajo vigilancia, el mensaje es más ambiguo. La pregunta que deja este episodio es la misma que ha acompañado al acuerdo desde su origen: hasta qué punto puede Roma avanzar en el diálogo sin comprometer la libertad de la Iglesia y sin sacrificar a quienes han sostenido la comunión en condiciones de persecución.
Xinxiang, más que un caso resuelto, es un espejo que refleja las contradicciones profundas de un acuerdo que sigue siendo, al mismo tiempo, necesario y tenso.