Teresa Basulto Jiménez, laica de 64 años, fue asesinada el 12 de agosto de 1936 en la masacre conocida como “el tren de la muerte” de Jaén. Hermana del entonces obispo de Jaén, Mons. Manuel Basulto, Teresa compartió su cautiverio y finalmente su destino martirial, convirtiéndose en símbolo del coraje cristiano femenino. Era la única mujer entre los 245 prisioneros trasladados en aquel convoy ferroviario hacia Madrid, que terminó siendo interceptado por milicias republicanas radicalizadas.
Teresa provenía de una familia profundamente católica. Había acompañado a su hermano el obispo en Jaén, asistiendo en tareas pastorales y caritativas de la diócesis. Cuando estalló la Guerra Civil, Monseñor Basulto fue uno de los primeros objetivos de los milicianos tras el fracaso del alzamiento en la ciudad. El 11 de agosto de 1936, el prelado fue detenido en el palacio episcopal junto a sus familiares cercanos –entre ellos Teresa y el esposo de ésta, Mariano Martín– para ser “trasladados” a Madridhagiopedia.blogspot.com. En realidad, ese traslado fue una trampa mortal: los obligaron a abordar un tren especial repleto de detenidos políticos y religiosos. Teresa, fiel al lema de no dejar solo a su hermano, subió con él al tren, aun intuendo el peligro que les aguardaba.
En la madrugada del 12 de agosto, al llegar el tren a las inmediaciones de Madrid (estación de Villaverde), una multitud de milicianos armados asaltó el convoy con la intención de linchar a los presos. Tras desarmar a la escolta, comenzaron a ejecutar en masa a los detenidos, sacándolos en grupos y fusilándolos sin piedad. En medio de aquel caos sangriento, el obispo Basulto se arrodilló orando en voz alta: “Señor, perdona mis pecados y perdona también a mis asesinos”. A su lado, Teresa contemplaba horrorizada la escena. En un momento dado, no pudo contener su indignación y exclamó en alto dirigiéndose a los atacantes: “¡Esto es una infamia! ¡Yo soy una pobre madre!”. Con esas palabras –probablemente refiriéndose a que ella, mujer mayor y piadosa, nada tenía que ver con la guerra– Teresa Basulto desafió la barbarie de modo espontáneo.
La respuesta de los milicianos fue inmediata y cruel. “No te apures, a ti te matará una mujer”, le replicó sarcásticamente uno de los jefes presentes. Acto seguido, una miliciana apodada “La Pecosa” se adelantó y le disparó a quemarropa a Teresa, matándola en el acto. Así, separada de los demás, moría la única mujer de aquella expedición, víctima del ensañamiento especialmente dirigido contra su condición femenina y su vínculo con el obispo. Tras su ejecución, la matanza prosiguió con decenas de prisioneros más, hasta que un joven miliciano logró detenerla in extremis cuando ya solo quedaban unos 40 supervivientes. Teresa, sin embargo, ya había entregado su alma a Dios, literalmente defendiendo su honra y su fe ante los verdugos.
La muerte de Teresa Basulto Jiménez estremeció a la comunidad católica jiennense. Su hermano, el obispo, también fue fusilado momentos antes que ella, y ambos pasan a la historia como mártires de aquella “noche de Vallecas” infame. Mons. Basulto sería beatificado años atrás (en 2013), y ahora la Iglesia, en un acto de justicia divina, elevará a los altares también a Teresa. Su figura representa a tantos laicos –especialmente mujeres y madres de familia– que sufrieron y murieron por la fe en ese periodo. Teresa no tenía más “culpa” que amar a Dios y a su familia, y por ello dio su vida perdonando. Su beatificación en diciembre de 2025 reconoce oficialmente su martirio in odium fidei, ofreciendo a los fieles el ejemplo de una mujer fuerte y leal, que con sencillez evangélica hizo frente al mal. Teresa Basulto Jiménez deja un legado de valor sereno y de amor fraterno: no abandonó a su hermano pastor en la hora oscura, compartió su calvario y alcanzó con él la victoria de la fe sobre la muerte.
