Obdulia Puchol Merino, fiel laica de Martos (Jaén), destacó por su ardiente caridad cristiana antes de ser martirizada el 8 de diciembre de 1936. Con 36 años de edad y recientemente viuda, Obdulia dedicó sus últimos años a las obras de misericordia y al apostolado seglar. Fundó en Martos una residencia de acogida para transeúntes pobres, donde proporcionaba comida, techo y atención sanitaria a los necesitados. Además, participaba activamente en la vida parroquial y en las Conferencias de San Vicente de Paúl, siguiendo el ejemplo de su padre (médico forense y presidente de esa entidad benéfica). Miembro de la Tercera Orden Franciscana, el día de su muerte vestía el hábito seglar franciscano, símbolo de su consagración laical a Dios.
La España de 1936 no hizo distinciones de edad o género a la hora de perseguir la fe. Obdulia, aun siendo mujer joven y sin militancia política destacada, fue encarcelada por su notorio compromiso católico. En las semanas previas a su final, había continuado socorriendo a indigentes y animando espiritualmente a quienes la rodeaban. Sin embargo, su perfil de devota cristiana llamó la atención de los elementos más radicales. La noche del 8 de diciembre de 1936 —festividad de la Inmaculada— un grupo de milicianos la sacó por la fuerza de su casa en Monte Lope Álvarez, pedanía de Martos. Según la investigación histórica de su causa, intentaron abusar de ella, pero Obdulia se resistió con firmeza, defendiendo su dignidad y su pureza de hija de Dios.
Frustrados en su propósito, sus captores descargaron entonces toda su violencia. Obdulia Puchol fue asesinada brutalmente, resultando degollada en el cementerio local aquella misma noche. Su cuerpo, vestido con el humilde sayal franciscano, quedó como silencioso testigo de una vida segada por el odio anticristiano. Tenía 36 años y ofreció hasta la última gota de generosidad y fe, oponiendo al mal la mansedumbre valiente de quien confía en Dios.
Obdulia es elevada a los altares y su legado espiritual perdura en Martos: la residencia de pobres que fundó continuó inspirando iniciativas de caridad cristiana. En la figura de esta viuda ejemplar la Iglesia reconoce la santidad en lo ordinario –una vida de familia, servicio a los necesitados, participación en la comunidad parroquial– llevada hasta el heroísmo. Su beatificación reivindica la dignidad inviolable de la mujer cristiana y la fuerza de la caridad, aún más potente que la muerte.
