El Belén instalado este año en la Grand Place de Bruselas ha provocado una indignación creciente dentro y fuera de Bélgica. No es para menos. Las tradicionales figuras de madera han sido sustituidas por siluetas de tela sin rostro, carentes de identidad, desprovistas de toda referencia explícita al misterio que representan: el nacimiento de Jesucristo. En su lugar, una instalación abstracta que podría figurar en cualquier exposición contemporánea… o en ninguna.
La obra, titulada “Fabrics of the Nativity” y diseñada por la artista Victoria-Maria Geyer, fue avalada tanto por el ayuntamiento como por el decano de la catedral de San Miguel y Santa Gúdula. El resultado, sin embargo, no ha logrado inspirar devoción ni transmitir el mensaje cristiano de la Navidad. Al contrario, es un signo evidente de la creciente renuncia de Europa a sus símbolos religiosos y sus raíces cristianas.
La situación se agravó este fin de semana, cuando el rostro —o más bien, la cabeza de tela— del Niño Jesús fue arrancado y robado, un acto que no hace sino reflejar la fragilidad y el desconcierto que genera sustituir un Belén tradicional por una instalación despersonalizada.
El robo de la cabeza del Niño Jesús no es solo un acto incívico: es el síntoma de una deriva más profunda. Cuando lo sagrado se reduce a un objeto cultural sin significado, se vuelve prescindible, manipulable, incluso ridiculizable. Ningún Belén tradicional habría suscitado tanto desprecio precisamente porque, aunque incomode a algunos, transmite una verdad y una identidad reconocibles.
Críticas de todo el espectro social: “Un insulto”, “Una escena zombie”
Las reacciones recogidas por ACN van desde el futbolista internacional Thomas Meunier, que habló de “tocar fondo”, hasta intelectuales como Rod Dreher, que comparó la escena con los belenes tradicionales de Hungría, señalando la diferencia entre un país que protege su fe y otro que parece avergonzarse de ella.
En el ámbito político, la crítica ha sido aún más contundente. Georges Dallemagne, de los democristianos, calificó la ausencia de rostros como “muy chocante” y advirtió que la Natividad no es un ejercicio de estética minimalista, sino un mensaje universal de esperanza. El liberal Georges-Louis Bouchez fue más lejos: “Es un insulto a nuestras tradiciones”. Su partido ha iniciado una campaña formal para exigir la recuperación de un Belén cristiano auténtico.
El profesor Wouter Duyck señaló lo que muchos piensan y pocos se atreven a decir: el miedo a incomodar a la población musulmana de la ciudad está detrás de esta decisión. Recordó que en el islam no se representan los rostros de los profetas, insinuando que la instalación busca evitar conflictos a costa de desfigurar una tradición cristiana milenaria.
El Ayuntamiento justifica lo injustificable
El alcalde de Bruselas, Philippe Close, defendió la obra apelando a la necesidad de “rebajar el tono” en Navidad. Una justificación difícilmente comprensible para quienes consideran que la Navidad no es un ejercicio de corrección política, sino la celebración del nacimiento de Jesucristo, fundamento espiritual y cultural de Europa.
El decano Benoît Lobet trató de ofrecer una interpretación simbólica, asegurando que las telas arrugadas evocan la precariedad de Jesús, María y José. Pero la ausencia deliberada de rostros —que en la tradición cristiana encarnan la realidad del Verbo hecho carne— transforma la Natividad en un objeto indefinido, sin mensaje, sin identidad y sin fe.