La expansión de la inteligencia artificial está generando un desafío inédito para todos: políticos, periodistas, ciudadanos… y también para los pastores de la Iglesia. Hoy, el obispo de Orihuela-Alicante, Mons. José Ignacio Munilla, ha compartido en redes un vídeo en el que aparecen unos niños llorando desconsoladamente por la detención de sus madres en Estados Unidos. Las imágenes, impactantes a primera vista, en realidad pertenecen al nuevo universo de deepfakes generados con herramientas como Sora. No son reales.
A simple vista, cualquier usuario medianamente familiarizado con este tipo de contenidos identifica las típicas inconsistencias: gestos demasiado uniformes, movimientos ligeramente mecánicos, miradas congeladas durante un milisegundo más de lo natural. Sin embargo, el vídeo fue difundido como si se tratase de un caso auténtico. Y aquí surge la cuestión de fondo, más allá de la anécdota tecnológica.
Los obispos —y esto no es nuevo— tienen sobre sus hombros la responsabilidad de ser referencia para el pueblo fiel. No se les pide infalibilidad en X, pero sí prudencia. Porque cuando quienes deben iluminar la realidad se convierten en víctimas de fakes que circulan por internet, el fiel corre el riesgo de quedar desorientado. O peor: manipulado sin que el pastor se dé cuenta de que le están utilizando como altavoz involuntario.
No se trata de negar a Mons. Munilla el derecho a opinar sobre la política migratoria de Estados Unidos. Aunque, siendo sinceros, quizá no sea el asunto más urgente de su diócesis. Pero lo realmente problemático es que un obispo, por distracción o exceso de confianza, acabe difundiendo material que encaja como anillo al dedo en campañas de propaganda emocional y discursos demagógicos en algo tan técnico como la política migratoria de un estado soberano.
Porque la cuestión migratoria, ya de por sí delicada, no necesita que añadamos fakes a un debate que exige serenidad, verdad y comprensión profunda. Y menos aún que los pastores de la Iglesia se conviertan —sin quererlo— en correa de transmisión de estrategias manipulativas que buscan moldear la opinión pública agitando las emociones más primarias.
La irrupción de Sora y otras inteligencias artificiales marca una frontera clara: ya no bastará con “ver para creer”. La Iglesia —y especialmente sus líderes— tendrán que habituarse a sospechar de lo demasiado perfecto, lo demasiado dramático, lo demasiado oportuno. La prudencia pastoral ahora incluye, además, una prudencia digital.
Quizá este episodio, más que un tropiezo, pueda servir como recordatorio. Si la misión episcopal es ayudar al pueblo fiel a discernir la verdad en un mundo confuso, será imprescindible que los propios pastores aprendan a navegar en esta nueva jungla audiovisual donde la mentira puede venir envuelta en lágrimas perfectamente generadas por ordenador.
La Iglesia, cuando piensa, piensa mejor. Y la prudencia nunca ha sido enemiga de la caridad. Antes de proclamar qué diría Jesucristo ante una escena falsa, quizá habría sido bueno preguntarse si la escena existía. Porque si la base es falsa, la exhortación se convierte en moralina; y la moralina, en pura teologÍA: doctrina instantánea, sin fundamento, condimentada con Biblia suelta y emoción digital.
Ojalá este caso sirva para algo más que un rubor momentáneo. Porque, si los pastores no distinguen entre verdad y deepfake, los lobos digitales harán con el rebaño lo que quieran.
