«En España ha nacido una laicidad, un anticlericalismo, un laicismo fuerte y agresivo, como lo vimos precisamente en los años treinta»
Benedicto XVI (6 noviembre de 2010)
Recordando las palabras de Benedicto XVI, el sacerdote Juan Carlos Guirao —ex capellán de la Facultad de Filosofía y Filología de la Universidad Complutense de Madrid— reflexiona sobre la situación política y social en España, denunciando una deriva ideológica que —a su juicio— erosiona las libertades fundamentales y recuerda peligrosamente a los episodios más oscuros de nuestra historia reciente. Su crítica, publicada en Periodista Digital, anclada en las palabras de Ratzinger y en el testimonio de mártires y confesores del siglo XX, denuncia el avance de un laicismo “fuerte y agresivo” que amenaza con transformar el Estado de Derecho en un régimen sometido a la ingeniería ideológica.
Guirao evoca las declaraciones de Benedicto XVI del 6 de noviembre de 2010, cuando el Papa alertó de que en España surgía un patrón semejante al anticlericalismo de los años treinta. Quince años después, sostiene que esa advertencia no sólo conserva plena vigencia, sino que la situación ha empeorado. El sacerdote pide una postura de vigilancia activa por parte de todas las instituciones del país —jueces, periodistas, responsables políticos, fuerzas de seguridad y sociedad civil— para impedir que se cruce la frontera que separa una democracia de un modelo autoritario.
El sacerdote recuerda también las advertencias de quienes viven bajo regímenes dictatoriales: lo primero que se pierde es la percepción del peligro. Cuba, Venezuela o Nicaragua —dice— son ejemplos concretos de sociedades que subestimaron la amenaza y terminaron atrapadas en sistemas difíciles de revertir. Para Guirao, España debe aprender de esa experiencia y no permitir que el discurso ideológico suplante la legalidad, la memoria histórica real o la libertad de conciencia.
En este contexto, expresa un agradecimiento explícito a quienes, desde su responsabilidad pública, continúan actuando con integridad: jueces que mantienen su independencia pese a las presiones, periodistas que informan con rigor, cuerpos policiales que no se dejan intimidar y ciudadanos que integran jurados populares sin ceder ante amenazas o intentos de manipulación. Para el sacerdote, ese “baluarte silencioso” es hoy una pieza esencial en la defensa del orden constitucional.
Hombres de fe que se mantuvieron firmes
Guirao sitúa esta resistencia en continuidad con el testimonio de grandes figuras de la Iglesia que se enfrentaron al totalitarismo del siglo XX. Cita a Mindszenty, Van Thuan, el beato Wyszynski, san Maximiliano Kolbe, san Juan Pablo II, san Óscar Romero, el beato Jerzy Popieluszko y el beato Clemens von Galen, “el león de Münster”. Todos ellos —recuerda— fueron hombres de fe que “no actuaron ni por alabanzas ni por temor”, y se mantuvieron insobornables frente a regímenes que perseguían la libertad religiosa y la dignidad humana. Su ejemplo, añade, es un antídoto frente a la “inanidad social, cultural y eclesial” que dejan tras de sí los sistemas ideologizados.
El sacerdote incluye también el testimonio cercano de dos presbíteros españoles —Federico Santamaría Peña y Lucio Herrero Camarena— ejecutados durante la persecución religiosa de los años treinta y hoy en avanzado proceso de beatificación. En ellos ve un recordatorio de que la fidelidad a la misión sacerdotal exige, en ocasiones, una entrega hasta el extremo.
La Ley de Memoria Democrática
Guirao señala directamente a la Ley de Memoria Democrática como uno de los instrumentos contemporáneos de esa deriva laicista. Considera que su orientación ideológica cercena libertades, reescribe la historia y afecta incluso a bienes eclesiales, operando bajo criterios que atentan contra la verdad y la dignidad de las personas. Para fundamentar su crítica, cita el pensamiento de san Juan Pablo II en Memoria e identidad, donde el Pontífice afirmaba que ninguna sociedad puede construir su futuro destruyendo sus raíces, y que el derecho positivo debe estar siempre subordinado a principios éticos universales.
El sacerdote culmina con una reflexión contundente sobre el papel de la Iglesia. Parafraseando a Thoreau, Guirao sostiene que, cuando un Estado promueve leyes injustas o actúa como agente de inmoralidad, “la única casa en la que se puede permanecer con honor es la cárcel”. Es decir, la fidelidad a la verdad y la defensa de la dignidad humana no admiten colaboración con estructuras que buscan imponer una ideología contraria a los fundamentos cristianos de la sociedad.
Con su advertencia, Guirao invita a una reflexión profunda sobre el momento que atraviesa España: un tiempo que exige claridad moral, valentía cívica y una defensa firme de la libertad frente a la presión de proyectos ideológicos que buscan reconfigurar la sociedad desde una memoria reinterpretada y un laicismo excluyente.