León XIV: «Que cada campana y cada adhān se fundan en un único himno»

León XIV: «Que cada campana y cada adhān se fundan en un único himno»

León XIV presidió este lunes un amplio encuentro ecuménico e interreligioso en la emblemática Plaza de los Mártires de Beirut, uno de los espacios simbólicos del pluralismo religioso y cultural del Líbano. El acto reunió a líderes cristianos —siro-católicos, maronitas, greco-ortodoxos, armenios y protestantes— y representantes musulmanes sunnitas, chiitas y drusos, además de la comunidad alauita.

El Pontífice llegó cerca de las 15 horas y fue recibido por los principales responsables religiosos del país antes de dirigirse al estrado donde lo esperaban los demás líderes. El programa incluyó saludos, un video-testimonio y breves intervenciones de cada tradición religiosa, seguidas del discurso central del Papa.

Al finalizar, León XIV participó en la plantación simbólica de un olivo —emblema regional de paz y permanencia— antes de trasladarse al Patriarcado Maronita de Bkerké.

Un llamado a la paz inspirado en la historia religiosa del Líbano

En su intervención, el Papa destacó el carácter simbólico de la Plaza de los Mártires, donde campanarios e innumerables minaretes conviven desde hace siglos en un mismo horizonte urbano. Subrayó que esta coexistencia visible expresa la vocación histórica del país a ser “tierra de encuentro” entre las religiones de raíz abrahámica.

«En este lugar extraordinario donde minaretes y campanarios se alzan uno junto al otro, elevándose ambos hacia el cielo, testimonia la fe duradera de esta tierra y la perseverante dedicación de su pueblo al único Dios. En esta tierra amada puedan resonar juntos cada campana y cada adhān: que todo llamado a la oración se funda en un único himno, elevado no solo para glorificar al misericordioso Creador del cielo y de la tierra, sino también para implorar de corazón sincero el don divino de la paz».

La apelación de León XIV a un “único Dios” y a un “único himno” capaz de armonizar campanas e adhān es, sin duda, una imagen romántica de esbozar un ecumenismo mal entendido.

Para la fe católica, el único Dios es el Dios Uno y Trino revelado por Jesucristo. La Trinidad no es un detalle secundario, sino el corazón del cristianismo. El monoteísmo trinitario no coincide con el monoteísmo islámico, que rechaza expresamente la divinidad de Cristo, ni con la concepción judía actual, que no reconoce el cumplimiento mesiánico en Jesús. Cuando se habla del “único Dios” sin esta aclaración, se sustituye la Revelación por un mínimo común denominador religioso, accesible a todos pero fiel a nadie.

Lo mismo ocurre con la expresión de un “único himno”. Las campanas llaman a la adoración del Dios encarnado, muerto y resucitado; el adhān proclama, entre otras cosas, que “Alá es el más grande” y que Mahoma es su profeta. Es evidente que las intenciones espirituales no son homologables, como tampoco lo son los contenidos doctrinales. Aclarar esto no va en contra de la dignidad de de las personas de distintas religiones, pero deja claro el llamado a la conversión que debe proclamar el sucesor de Pedro.

Llamado a ser constructores de paz

Por otro lado, dirigiéndose especialmente a la diáspora libanesa, León XIV señaló que los libaneses en todo el mundo llevan consigo un patrimonio espiritual y cultural que puede contribuir a la justicia, la tolerancia y la armonía. Les alentó a ser “constructores de paz” en una época marcada por tensiones, violencia e incertidumbre.

El Papa también invocó la protección de la Virgen María, tan venerada en el país. Recordó que el 25 de marzo, fiesta nacional libanesa, se celebra como día de unidad en torno a Nuestra Señora del Líbano, cuyo santuario domina Harissa.

“Que su abrazo materno —dijo— guíe a todos para que la reconciliación y la convivencia pacífica fluyan como los ‘manantiales que descienden del Líbano’”.

Dejamos a continuación las palabras completas de León XIV:

Queridos hermanos y hermanas,
estoy profundamente conmovido e inmensamente agradecido de poder estar entre ustedes hoy, en esta tierra bendecida: una tierra exaltada por los profetas del Antiguo Testamento, que contemplaron en sus imponentes cedros símbolos del alma justa que florece bajo la mirada vigilante del cielo; una tierra donde el eco del Logos nunca ha caído en el silencio, sino que continúa llamando, de siglo en siglo, a quienes desean abrir su corazón al Dios viviente.

En su Exhortación Apostólica Postsinodal Ecclesia in Medio Oriente, firmada aquí en Beirut en 2012, el papa Benedicto XVI subrayó que «la naturaleza y la vocación universal de la Iglesia exigen que ella esté en diálogo con los miembros de otras religiones. Este diálogo en Medio Oriente se basa en los lazos espirituales e históricos que unen a los cristianos con los judíos y con los musulmanes. Este diálogo, que no está dictado principalmente por consideraciones pragmáticas de orden político o social, se apoya ante todo en bases teológicas que interpelan la fe» (n. 19).

Queridos amigos, su presencia hoy aquí, en este lugar extraordinario donde minaretes y campanarios se alzan uno junto al otro, elevándose ambos hacia el cielo, testimonia la fe duradera de esta tierra y la perseverante dedicación de su pueblo al único Dios. En esta tierra amada puedan resonar juntos cada campana y cada adhān: que todo llamado a la oración se funda en un único himno, elevado no solo para glorificar al misericordioso Creador del cielo y de la tierra, sino también para implorar de corazón sincero el don divino de la paz.

Durante muchos años, y especialmente en los tiempos recientes, los ojos del mundo han estado puestos sobre Medio Oriente, cuna de las religiones abrahámicas, observando el arduo camino y la incesante búsqueda del precioso don de la paz. A veces la humanidad mira a Medio Oriente con temor y desaliento, ante conflictos tan complejos y prolongados. Sin embargo, en medio de estas luchas, se puede encontrar esperanza y aliento cuando nos centramos en lo que nos une: nuestra humanidad común y nuestra fe en un Dios de amor y misericordia. En una época en la que la convivencia puede parecer un sueño lejano, el pueblo del Líbano —aun abrazando religiones diversas— representa un ejemplo poderoso: miedo, desconfianza y prejuicio no tienen aquí la última palabra, mientras que la unidad, la reconciliación y la paz siempre son posibles. Esta es, pues, la misión que permanece inmutable en la historia de esta tierra amada: testimoniar la verdad perdurable de que cristianos, musulmanes, drusos y muchos otros pueden vivir juntos, construyendo un país unido por el respeto y el diálogo.

Hace sesenta años, con la promulgación de la declaración Nostra Aetate, el Concilio Vaticano II abrió un nuevo horizonte para el encuentro y el respeto recíproco entre católicos y personas de diversas religiones, subrayando que el verdadero diálogo y la colaboración tienen sus raíces en el amor, única base para la paz, la justicia y la reconciliación. Este diálogo, inspirado por el amor divino, abraza a todas las personas de buena voluntad y rechaza prejuicios, discriminaciones y persecuciones, afirmando la igual dignidad de todo ser humano.

Aunque el ministerio público de Jesús se desarrolló principalmente en Galilea y Judea, los Evangelios también relatan episodios en los que Él visitó la región de la Decápolis —y también los alrededores de Tiro y Sidón—, donde encontró a la mujer siro-fenicia, cuya fe inquebrantable lo llevó a sanar a su hija (cf. Mc 7,24-30). Por lo tanto, esta tierra significa más que un simple lugar de encuentro entre Jesús y una madre suplicante: se convierte en un lugar donde la humildad, la confianza y la perseverancia superan toda barrera y se encuentran con el amor infinito de Dios, que abraza cada corazón humano. En efecto, este es «el núcleo mismo del diálogo interreligioso: el descubrimiento de la presencia de Dios más allá de cualquier frontera y la invitación a buscarlo juntos con reverencia y humildad» [1]. Si el Líbano es célebre por sus majestuosos cedros, también el olivo representa una piedra angular de su patrimonio. El olivo no solo embellece el espacio donde nos reunimos hoy, sino que además es alabado en los textos sagrados del Cristianismo, del Judaísmo y del Islam, sirviendo como un símbolo intemporal de reconciliación y paz. Su larga vida y su extraordinaria capacidad para prosperar incluso en los entornos más difíciles simbolizan la resistencia y la esperanza, así como el compromiso perseverante necesario para cultivar una convivencia pacífica.

De este árbol se extrae un aceite que cura —un bálsamo para las heridas físicas y espirituales—, manifestando la infinita compasión de Dios por todos los que sufren. Además, el aceite también proporciona luz, recordándonos el llamado a iluminar nuestros corazones mediante la fe, la caridad y la humildad.

Así como las raíces de los cedros y de los olivos penetran profundamente y se extienden ampliamente por la tierra, también el pueblo libanés está disperso por todo el mundo, pero unido por la fuerza perdurable y el patrimonio intemporal de su tierra natal. Su presencia aquí y en el mundo enriquece la tierra con su patrimonio milenario, pero también representa una vocación. En una globalización cada vez más interconectada, están llamados a ser constructores de paz: a contrarrestar la intolerancia, superar la violencia y desterrar la exclusión, iluminando el camino hacia la justicia y la concordia para todos mediante el testimonio de su fe.

Queridos hermanos y hermanas, el 25 de marzo de cada año, celebrado como fiesta nacional en su país, se reúnen para honrar a María, Nuestra Señora del Líbano, venerada en su santuario de Harissa, adornado con una imponente estatua de la Virgen con los brazos abiertos para abrazar a todo el pueblo libanés. Que este amoroso y maternal abrazo de la Virgen María, Madre de Jesús y Reina de la Paz, guíe a cada uno de ustedes, para que en su patria, en todo Medio Oriente y en todo el mundo, el don de la reconciliación y de la convivencia pacífica fluya «como los arroyos que descienden del Líbano» (cf. Ct 4,15). Que ellos lleven esperanza y unidad a todos. ¡Gracias!

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