El latín en la Iglesia: historia, declive y el nuevo reglamento del Vaticano sobre su uso

El latín en la Iglesia: historia, declive y el nuevo reglamento del Vaticano sobre su uso

El latín ha sido durante siglos el idioma central de la Iglesia católica, tanto en la liturgia como en la administración. Sin embargo, su predominio ha disminuido drásticamente en las últimas décadas, especialmente tras el Concilio Vaticano II y con las reformas recientes en la Curia Romana. La Santa Sede ha promulgado un nuevo Reglamento General de la Curia Romana (que entrará en vigor el 1 de enero de 2026) en el que se introduce un cambio histórico respecto al uso de las lenguas oficiales. En este artículo ofrecemos un repaso informativo sobre la presencia del latín en la Iglesia, y un análisis de opinión acerca de lo que implica la modificación de las normas lingüísticas en el Vaticano.

Una lengua universal con siglos de historia en la Iglesia

El latín comenzó a usarse en la Iglesia de Roma desde los primeros siglos, reemplazando gradualmente al griego como lengua eclesiástica en Occidente hacia el siglo IV. A partir de entonces, se convirtió en el idioma de la liturgia, de la teología y del gobierno eclesiástico. Durante la Edad Media y la Edad Moderna, el latín fue la lengua vehicular de la Iglesia y de la cultura europea: por muchos siglos “en las cancillerías reales, en la Curia romana, en la liturgia de la Iglesia Católica, … la única lengua era el latín” (CatholicNet). Esta lengua común permitía que la Iglesia se comunicara de manera unificada a lo largo de todos los países, sirviendo como instrumento de unidad por encima de las lenguas vernáculas locales. De hecho, al no ser la lengua materna de ningún pueblo en particular, el latín funcionaba como un idioma neutral y “esencia de la universalidad” de la Iglesia, preservando la precisión doctrinal al no cambiar con el tiempo.

A partir del Concilio de Trento (siglo XVI), la Iglesia reafirmó el uso exclusivo del latín en la liturgia romana, lo que consolidó aún más su papel central. Hasta mediados del siglo XX, la misa y los sacramentos en el rito latino se celebraban únicamente en latín en todo el mundo católico, y la Santa Sede publicaba sus documentos –encíclicas, decretos, códigos de derecho canónico, etc.– originalmente en latín. El latín es todavía hoy el idioma oficial de la Santa Sede, y tradicionalmente todos los documentos jurídicos y magisteriales importantes se preparaban en esta lengua, sirviendo de texto de referencia para las traducciones. Un ejemplo notable fue el Código de Derecho Canónico de 1983, promulgado en latín, y las enseñanzas papales que suelen llevar títulos latinos. Incluso en tiempos recientes, el papa emérito Benedicto XVI demostró la vigencia simbólica del latín: en febrero de 2013 anunció su histórica renuncia leyendo la declaración en latín, lo que provocó que solo quienes conocían el idioma comprendieran de inmediato la noticia.

Sin embargo, el uso cotidiano del latín comenzó a cambiar con el Concilio Vaticano II (1962-65). Aunque el Concilio mantuvo al latín como lengua litúrgica oficial de la Iglesia, también permitió el empleo de las lenguas vernáculas en la liturgia para fomentar la participación de los fieles. En la práctica, en las décadas posteriores, las misas en latín fueron ampliamente reemplazadas por celebraciones en idiomas locales, y el uso del latín disminuyó considerablemente en la vida eclesial diaria. No obstante, la Iglesia intentó conservar su conocimiento: documentos como la constitución apostólica Veterum Sapientia de Juan XXIII (1962) insistieron en que los seminaristas debían formarse sólidamente en latín, y el actual Código de Derecho Canónico aún requiere que los futuros sacerdotes “dominen la lengua latina” (can. 249) en su formación. Más recientemente, bajo el pontificado de Benedicto XVI, se dio un impulso para revitalizar el latín: en 2012 creó la Pontificia Academia de Latinidad (Motu proprio Latina Lingua) y fomentó iniciativas culturales, e incluso abrió una cuenta de Twitter en latín (@Pontifex_ln) que atrajo a cientos de miles de seguidores.

A pesar de su estatus oficial y de estos esfuerzos por mantenerlo, en la práctica el italiano se fue convirtiendo en la lengua común de trabajo en el Vaticano durante el último siglo. Dado que la Ciudad del Vaticano se encuentra enclavada en Roma, el italiano pasó a usarse cotidianamente en las oficinas de la Curia y en la comunicación interna, reservándose el latín para los documentos formales y jurídicos. De hecho, en la actualidad “el Estado de la Ciudad del Vaticano utiliza como idioma común el italiano, reservando el latín para documentos oficiales” (CatholicNet). Otros idiomas modernos también se emplean dependiendo del contexto: por ejemplo, los papas suelen pronunciar discursos o mensajes en la lengua del país que visitan, y muchos documentos de la Iglesia se traducen a múltiples idiomas para llegar a una audiencia global.

El latín en el Vaticano contemporáneo: uso real y retos

En las últimas décadas, especialmente durante el pontificado del papa Francisco (2013-2023), se observó un marcado descenso en el uso del latín como lengua de trabajo en la Curia Romana, incluso antes del nuevo reglamento. Por ejemplo, en 2014 el papa Francisco tomó la decisión inédita de abandonar el latín como idioma oficial de una reunión mundial de obispos (Sínodo de la Familia) y designar el italiano en su lugar, para así agilizar los debates y facilitar la comprensión entre los participantes. Hasta entonces, en sínodos pasados, el latín solía ser la lengua oficial de los documentos y algunos discursos; la decisión de cambiar al italiano supuso un quiebre con el pasado y con la preferencia de su predecesor Benedicto XVI, quien apenas dos años antes había inaugurado un departamento en el Vaticano para promover el estudio y uso del latín. Esta anécdota ilustró la nueva actitud de Francisco: priorizar las lenguas vivas por motivos de eficacia pastoral y administrativa, reconociendo que muy pocos participantes entendían suficientemente el latín como para usarlo activamente en reuniones internacionales.

Un factor clave en esta tendencia es que, si bien el latín permanece como lengua oficial y de referencia, cada vez menos clérigos y personal de la Curia son fluidos en él. En la Curia existen traductores y expertos en latín dedicados a preparar las versiones oficiales de los textos importantes. De hecho, dentro de la Secretaría de Estado del Vaticano ha funcionado por años la Oficina de Cartas Latinas (o Ufficio per la Lingua Latina), encargada de traducir documentos al latín y de redactar textos papales en esta lengua cuando es necesario. Gracias a ellos, la Iglesia ha mantenido la capacidad de emitir documentos oficiales en latín (por ejemplo, las definiciones doctrinales o las leyes canónicas), aun cuando el borrador inicial se hubiese escrito en otro idioma más común. No obstante, la realidad es que muchos documentos recientes del Vaticano ya no se publican en latín o solo incluyen un título simbólico en ese idioma. Un ejemplo actual es la carta apostólica In Unitate Fidei (2025) sobre el Concilio de Nicea: estaba disponible en varios idiomas, incluso en árabe, pero no en latín, más allá del título. Esto refleja cómo, en la práctica, el latín ha pasado a un segundo plano en la comunicación oficial, restringido a ciertos textos jurídicos o celebraciones muy concretas, mientras que las lenguas modernas dominan la difusión cotidiana del mensaje de la Iglesia.

Paradójicamente, a pesar de este declive práctico, sigue habiendo un interés cultural vivo por el latín. La cuenta de Twitter en latín del Papa, gestionada por la misma Oficina de Latín, tiene más seguidores que algunas lenguas modernas minoritarias. Profesores y estudiantes usan esos breves tuits como ejercicio pedagógico, demostrando que el latín puede adaptarse incluso a las nuevas tecnologías. Asimismo, católicos de todo el mundo todavía valoran la riqueza histórica y espiritual del latín: las misas según la forma extraordinaria (rito romano tradicional en latín) o los himnos gregorianos en latín mantienen un público devoto. Es así como el latín sobrevive en la Iglesia actual como lengua patrimonial, estudiada en seminarios y universidades pontificias, empleada en ciertos ritos y documentos, y admirada por su belleza y precisión; pero ya no funge como idioma principal de gobierno, dado que la Iglesia ha optado por comunicar su mensaje en las lenguas que hablan sus fieles alrededor del mundo.

El nuevo reglamento del Vaticano: fin de la primacía del latín

El nuevo Reglamento General de la Curia Romana –promulgado el 23 de noviembre de 2025 por el papa León XIV– ha oficializado este cambio de enfoque lingüístico. Esta normativa interna actualiza el funcionamiento de los organismos vaticanos en línea con la constitución apostólica Praedicate Evangelium (2022), y reemplaza al reglamento anterior de 1999. La novedad más destacada en materia de idioma se encuentra en el Título XIII: “Lenguas en uso”, cuyo artículo 50 establece:

“§1. Por regla general, las instituciones curiales redactarán sus actas en latín o en otra lengua.
§2. En la Secretaría de Estado se creará una oficina para la lengua latina, al servicio de la Curia Romana.
§3. Se procurará que los principales documentos destinados a ser publicados se traduzcan a las lenguas más utilizadas en la actualidad.”

Esta disposición supone un cambio histórico importante: el fin del latín como lengua estándar de los documentos curiales. Si bien la redacción aún menciona «por regla general», ya no se designa explícitamente al latín como idioma preferente, sino que se le equipara a “otra lengua”. Como menciona The Catholic Herald, «Los funcionarios del Vaticano reconocen en privado que, ahora que se permite el uso normal del italiano, el inglés, el francés y otras lenguas modernas, esto supondrá en la práctica el abandono del latín». En otras palabras, desde 2026 los dicasterios vaticanos podrán redactar sus decretos, decisiones y comunicaciones internas directamente en idiomas modernos sin necesidad de una versión inicial en latín. La frase “por regla general” habría tenido sentido de haberse indicado un idioma predeterminado (como antes lo era el latín), pero tal como está, sugiere que “por regla general” los documentos «podrán estar en cualquier idioma”, lo cual prácticamente elimina la noción de una lengua principal y su uso en el tiempo. Esta aparente incongruencia indica que las palabras “o en otra lengua” fueron quizás añadidas durante la redacción para reflejar una realidad ya vigente en la práctica, dejando a la mención “por regla general” sin mucho peso efectivo.

Al parecer, las últimas disposiciones promulgadas por León XIV están formalizando lo que, en la práctica, ya se había introducido de manera arbitraria y desordenada bajo el pontificado de Francisco. Un ejemplo significativo es la reciente modificación de la composición de la Pontificia Comisión para el Estado de la Ciudad del Vaticano. Con la entrada en vigor de esta reforma, quedó regularizado el nombramiento de la religiosa Raffaella Petrini, quien ejercía la presidencia desde marzo de 2025 por designación de Francisco, a pesar de que la normativa vigente entonces reservaba dicho cargo exclusivamente a cardenales.

Por otra parte, el artículo 50 crea un “oficio para la lengua latina” dentro de la Secretaría de Estado. Conviene aclarar que esta disposición no es del todo nueva: también el reglamento de 1999 mencionaba la existencia de una oficina de latín al servicio de la Curia. En la práctica, dicha función la ejercía la mencionada Oficina de Cartas Latinas, donde expertos lingüistas preparaban las versiones latinas de los textos oficiales. La reafirmación de este organismo sugiere que, aunque el latín deje de ser obligatorio como lengua de redacción, el Vaticano no pretende abandonarlo por completo, sino más bien concentrar su uso y enseñanza de forma especializada. Este “oficio para la lengua latina” actualizado podría encargarse de traducir al latín aquellos documentos que lo requieran (por ejemplo, textos jurídicos que se incorporarán al Acta Apostolicae Sedis, el boletín oficial de la Santa Sede, que tradicionalmente se publica en latín y otras lenguas). También podría asumir una labor de custodia del buen uso del latín eclesiástico, actuando como consultor para términos técnicos y formando a personal en este idioma cuando sea necesario.

Entre la adaptación y la continuidad de una tradición

La reforma lingüística del nuevo reglamento de la Curia Romana oficializa una transición que la Iglesia ya venía experimentando: del latín como lengua única y sacra, hacia un multilingüismo práctico en su administración cotidiana.

Sin embargo, el latín no desaparece del horizonte católico. Sigue siendo el idioma oficial de la Iglesia en un sentido jurídico y simbólico, “la lengua de la memoria” de la comunidad eclesial, y la Iglesia continuará cultivándolo. La institución de una oficina específica para el latín muestra la intención de mantener viva —aunque relegada— esta herencia única. Al fin y al cabo, el latín ha resistido en la historia gracias a la Iglesia, como muchas otras riquezas culturales de las que la Iglesia ha sido promotora y custodia.

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