Con todo, el Papa no es un jefe de Estado más. Es el Sucesor de Pedro, padre espiritual de millones de fieles, y cualquier gesto público adquiere para los cristianos un significado más profundo que el meramente diplomático.
El genocidio armenio y la responsabilidad histórica
Conviene ser precisos: el genocidio armenio en sentido estricto tuvo lugar entre 1915 y 1916, bajo el gobierno de los Jóvenes Turcos y el triunvirato de los llamados “Tres Pachás”. Fue aquel régimen el que organizó deportaciones masivas y matanzas sistemáticas de armenios cristianos.
Sin embargo, tras la Primera Guerra Mundial, la violencia contra las minorías cristianas —especialmente griegos y armenios— continuó. Durante la Guerra de Independencia turca (1919-1923) y los años que condujeron a la República, el movimiento nacionalista encabezado por Mustafa Kemal asumió la continuidad de una política de expulsión o eliminación de las poblaciones cristianas de Anatolia, en lo que muchos historiadores consideran la fase final de la destrucción de las comunidades armenias y griegas de Asia Menor.
Esta etapa se expresa en hechos dolorosos: la persecución y expulsión de comunidades cristianas, el incendio de Esmirna en 1922 —que arrasó principalmente los barrios griego y armenio— y la posterior expulsión forzosa de la población griega ortodoxa tras la Convención de Lausana de 1923.
Para muchos armenios y griegos de Asia Menor, Atatürk sigue siendo la figura que simboliza el final trágico de su presencia histórica milenaria en Anatolia. Esa memoria merece sensibilidad.
Una herida que exige delicadeza
Armenia, primera nación cristiana de la historia, y las comunidades griegas de Asia Menor han soportado persecuciones, deportaciones y exilios forzosos durante generaciones. Para ellos, ver al Papa —aunque sea por protocolo— rendir honores ante esa tumba puede resultar doloroso.
Que Benedicto XVI realizara el mismo gesto en su momento no elimina esa sensibilidad, pero sí invita a situar la escena de hoy en una continuidad diplomática, más que en una decisión aislada del Papa León XIV.
Aun así, desde la perspectiva pastoral, esta imagen sigue planteando preguntas y genera legítima confusión en quienes esperan que la Iglesia acompañe las heridas de los pueblos cristianos de Oriente con particular cercanía.
El equilibrio entre diplomacia y misión pastoral
La Iglesia no vive para el protocolo, sino para la salvación de las almas. Sin embargo, a lo largo de la historia moderna, el Vaticano ha debido moverse también en escenarios diplomáticos complejos. El precedente de Benedicto XVI demuestra que, en ocasiones, los papas aceptan ciertos gestos protocolares sin que ello implique adhesión ideológica o aprobación histórica.

No se pide al Papa confrontación innecesaria con los gobiernos. Pero sí una atención especial a la carga simbólica de sus actos, especialmente cuando se refieren a figuras vinculadas a episodios dolorosos para comunidades cristianas.
El lenguaje de los gestos pontificios siempre ha de aspirar a transmitir consuelo y claridad, evitando que la Iglesia parezca plegarse a dinámicas mundanas que no corresponden a su misión.
Un comienzo que invita a profundizar
El viaje de León XIV a Turquía incluirá momentos de gran importancia: encuentros con comunidades cristianas pequeñas, gestos ecuménicos y palabras dirigidas a quienes viven su fe en minoría. Lo que resta del viaje ofrece una oportunidad clara de compensar esta primera escena.
La lección es clara: no todos los protocolos son inocuos, no todos los homenajes son sencillos y no todas las imágenes se leen igual en corazones marcados por la historia.
Los hijos de la Iglesia, especialmente los que cargan con una memoria de persecución, esperan que la madre común sea especialmente cuidadosa a la hora de rendir honores, incluso protocolarios, cuando están en juego figuras históricas controvertidas.
Ojalá los próximos gestos del Papa muestren la profundidad pastoral que este primer acto no ha logrado transmitir con toda claridad. La Iglesia tiene la capacidad —y el deber— de acompañar la historia con delicadeza, de honrar a los mártires y de cuidar su propio lenguaje simbólico sin dejarse absorber por la lógica de los poderes temporales.
