Por Robert J. Kurland
Cada día encontramos artículos que advierten sobre los futuros peligros de la IA. Pero ¿es realmente el machine learning la amenaza? No. Como advirtió el psiquiatra Karl Stern hace 71 años en “The Third Revolution”, el problema central es que las élites intelectuales llevan más de un siglo abrazando el materialismo: el cientificismo über alles.
Stern, un psiquiatra judío que huyó de la Alemania nazi y se convirtió al catolicismo, diagnosticó esta ilusión con claridad profética. Advirtió que cuando reducimos a las personas a mecanismos, abrimos la puerta a la deshumanización en todas sus formas. El debate sobre la IA es el último capítulo de una historia que Stern presenció de primera mano: en la Alemania nazi, la ideología materialista redujo a los seres humanos a especímenes dentro de una teoría biológica racista, ignorando su humanidad.
Stern identificó el error fundamental: la ciencia opera legítimamente en el plano material y mensurable. Pero cuando afirma que ese es el único plano, fracasa en sus propios términos.
Consideremos el famoso experimento mental de Stern. Imaginemos reunir un equipo de investigación para estudiar la Novena Sinfonía de Beethoven. Los físicos analizan las ondas sonoras, intensidades y frecuencias; los psicólogos investigan los traumas infantiles de Beethoven y cómo afrontó la sordera; los sociólogos examinan su elección del “Himno a la Alegría” de Schiller en el clima político posnapoleónico; los neurólogos utilizan resonancia magnética funcional para cartografiar qué regiones cerebrales se estimulan cuando los sujetos escuchan el movimiento coral.
Y sin embargo, como observa Stern, “por muchos datos que nuestro equipo científico recopilara, no podría ‘explicar’ ni un solo compás de la experiencia musical que llamamos la Novena Sinfonía.” El problema no es la falta de datos. El problema es categorial: la experiencia estética, el sentido y la belleza existen en un plano al que la medición científica no puede acceder.
Esto no es un fracaso de la ciencia. La ciencia no puede abarcar toda la realidad. Como escribió Stern, “el amor y el odio, la alegría y el luto no pueden cuantificarse.” Puedes cartografiar cada neurona, medir cada hormona, rastrear cada impulso eléctrico, y aun así no explicar por qué uno ama a un hijo pródigo.
La misma limitación aparece en todos los ámbitos que más importan en la vida humana. La ciencia puede cartografiar procesos neurológicos durante una decisión moral, pero no puede fundamentar la obligación moral misma. ¿Por qué deberíamos sacrificarnos por otros si no somos más que colecciones de átomos sometidos a leyes físicas?
En el fondo, la ciencia no puede responder a las preguntas de “por qué” sobre propósito y significado. Se destaca describiendo mecanismos —es decir, cómo funcionan las cosas—. Pero no puede abordar preguntas teleológicas: por qué existen las cosas, cuál es su propósito.
Estos no son defectos del método científico. Son limitaciones inherentes que revelan la verdadera naturaleza de la realidad: múltiples planos del ser, cada uno con su propio modo de conocimiento. El error catastrófico del cientificismo consiste en afirmar que sólo el plano material es real: que si la ciencia no puede medirlo, no existe.
La solución de Stern no fue rechazar la ciencia, sino asumirla como una comprensión parcial de la realidad. La tradición intelectual católica, apoyada en Aristóteles y Santo Tomás, siempre ha insistido en lo que Stern llamó “múltiples planos del ser.” La realidad material opera según leyes físicas que la ciencia puede estudiar. Pero las personas existen simultáneamente en varios planos: cuerpo, alma y espíritu unidos en una persona, hecha a imagen de Dios.
Si Stern estuviera vivo hoy, nos diría cómo su comprensión de la realidad se relaciona con los peligros potenciales de la IA. La conciencia no puede lograrse mediante algoritmos —no porque nuestros ordenadores no sean suficientemente potentes, sino porque la autoconciencia pertenece a un plano no material de la realidad—. Ninguna complejidad computacional puede salvar la distancia entre sintaxis y significado.
Pensemos en algo tan concreto como la recuperación de adicciones. ¿Podría un chatbot de IA servir como padrino del programa de 12 Pasos? Técnicamente, podría programarse con todas las frases adecuadas. Pero jamás podría ser realmente un padrino, porque el acompañamiento requiere aquello de lo que la IA carece de forma radical: empatía nacida del sufrimiento compartido, autoridad moral fruto de la transformación personal, la presencia de un sanador herido que acompaña a otro. Un padrino necesita haber sido roto y haber encontrado la gracia: ser “Dios con piel.”
El materialismo fracasa siempre que se aplica a las personas. No puedes reducir el amor a oxitocina, la belleza a patrones de preferencia, la obligación moral a ventaja evolutiva o la dignidad humana a función biológica. Las personas son almas encarnadas, creadas para la comunión con un Dios personal, portadoras de Su imagen.
Debemos usar la IA donde sobresale: como herramienta para analizar datos, automatizar tareas rutinarias y resolver problemas computacionales. Pero debemos impedir que invada ámbitos que pertenecen a las personas: la educación que forma el carácter, la orientación que sana las almas, las relaciones que constituyen nuestra humanidad.
Y debemos recuperar el vocabulario del alma. En una época que reduce a las personas a cerebros, la conciencia al procesamiento de información y el amor a neuroquímica, necesitamos volver a hablar de las realidades espirituales: de almas creadas para la eternidad, de fines trascendentes, de comunión con lo divino. No como poesía o metáfora, sino como la verdad más fundamental sobre lo que somos.
Karl Stern huyó de un régimen materialista que redujo a las personas a especímenes y vivió para ver cómo otros abrazaban la misma filosofía bajo distintas formas. El pánico ante la IA es sólo la última manifestación del engaño que él diagnosticó: que las personas son mecanismos, que la conciencia es computación, que la ciencia basta.
No basta. Nunca bastó. Y hasta que recuperemos lo que Stern sabía —que las personas existen en múltiples planos y que el materialismo destruye la dignidad humana— seguiremos construyendo mejores herramientas mientras perdemos nuestra humanidad.
Sobre el autor
Bob Kurland es un viejo físico jubilado (BS Caltech—con honores, 1951; MA, PhD Harvard, 1953, 1956). En 1995 se hizo católico. Escribe “no tanto para discurrir con autoridad sobre asuntos que conozco, sino para conocerlos mejor discurriendo devotamente sobre ellos.” (San Agustín, La Trinidad 1,8).
