Mons. Valdivia, obispo auxiliar de Sevilla, propone cambiar la fecha de la Pascua para celebrarla con los ortodoxos

Mons. Valdivia, obispo auxiliar de Sevilla, propone cambiar la fecha de la Pascua para celebrarla con los ortodoxos

El obispo auxiliar de Sevilla, Mons. Ramón Darío Valdivia, abrió un nuevo capítulo en el debate ecuménico al plantear si la Iglesia católica podría adaptar la fecha de la Pascua para coincidir con la celebración ortodoxa. El prelado, en un encuentro con periodistas durante la presentación de los actos por el 1.700 aniversario del Concilio de Nicea, afirmó:

«La Iglesia católica no tendría ningún problema en aceptar la fecha de la Pascua que propusieran los ortodoxos, aunque plantearía cuestiones difíciles».

Sus palabras, expresadas en un tono conciliador, suscitan una cuestión de fondo: ¿hasta qué punto la Iglesia debe ceder para avanzar en el camino hacia la unidad sin perder su identidad?

Es un problema de calendarios, no de doctrina

Mons. Valdivia explicó que la diferencia actual entre católicos y ortodoxos no nace de discrepancias doctrinales, sino del uso de calendarios distintos. Mientras la Iglesia ortodoxa calcula la Pascua según el calendario juliano, la Iglesia católica emplea el gregoriano. Este desfase provoca que, aunque el método sea el mismo —la primera luna llena tras el equinoccio de primavera—, las fechas no coincidan. Según el obispo auxiliar, nada impide que el mundo católico pudiera asumir un cálculo común si ello favorece el testimonio cristiano en un contexto de secularización creciente. Sin embargo, también admitió que una modificación de este calibre no estaría exenta de dificultades.

Más que un calendario: identidad, tradición y tensiones históricas

El planteamiento parece sencillo, pero encierra un trasfondo más complejo. Nicea estableció principios generales para la determinación de la Pascua, no una fórmula matemática irreversible. La divergencia nació con el paso del tiempo, cuando Oriente y Occidente siguieron calendarios diferentes. En ese sentido, desde un punto estrictamente de calendario, una fecha común es posible sin vulnerar la fe de la Iglesia.

Aun así, reducir esta discusión a un ajuste de almanaques es una simplificación. Para el mundo ortodoxo, el cómputo de la Pascua no es un detalle técnico, sino un elemento profundamente arraigado en su identidad eclesial. Forma parte de una tradición milenaria que muchos fieles consideran inseparable de su herencia espiritual. La cuestión, por tanto, no es solo qué fecha escoger, sino qué significa renunciar a símbolos que, para algunos, son una señal de continuidad frente a las rupturas de la historia.

¿Quién debe “ceder”? La cuestión histórica y eclesial

Existe además una paradoja inevitable: fueron las Iglesias ortodoxas y los grupos nacidos de la Reforma quienes se separaron de Roma, no al contrario. El ecumenismo, por tanto, no puede convertirse en un proceso donde la Iglesia católica asuma siempre la responsabilidad de moverse, adaptarse o renunciar a elementos propios para lograr aproximaciones simbólicas que, en muchos casos, no van acompañadas de una verdadera convergencia doctrinal.

El argumento de la unidad es noble y necesario. Cristo pidió que sus discípulos “sean uno”, y la división entre los cristianos perjudica la credibilidad del Evangelio. Pero no toda unidad visible es necesariamente signo de comunión profunda. Ya hemos visto que compartir la fecha de la Pascua no ha eliminado las diferencias doctrinales con gran parte del mundo protestante, que desde hace siglos celebra la Pascua en el mismo día que los católicos sin que ello haya acercado posiciones teológicas esenciales.

Cambiar la Pascua: más que un dato, un mensaje

La propuesta de una Pascua común invita, por tanto, a un discernimiento serio. Las fechas litúrgicas son parte de la vida de la Iglesia, de su memoria y de su pedagogía espiritual. Cambiarlas implica siempre un impacto en la percepción de continuidad, en la conciencia de los fieles y en el modo en que la Iglesia muestra su propia estabilidad en un mundo cambiante.

La unidad de los cristianos es un bien inmenso, pero la Iglesia no puede buscarla a costa de desdibujar su propia identidad. La reconciliación solo es verdadera cuando ambas partes abrazan la verdad sin reservas. Mons. Valdivia aporta una reflexión sincera, pero la cuestión sigue abierta: la respuesta no depende tanto de los calendarios como de la fidelidad a la fe recibida y de la confianza en la Providencia.

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