Los Heraldos del Evangelio, una asociación internacional de fieles aprobada por la Santa Sede, viven desde 2017 bajo una intervención canónica que se ha prolongado durante ocho años. La visita apostólica y el posterior comisariado —instituido por el entonces prefecto del Dicasterio competente, el cardenal João Braz de Aviz— han generado una profunda polémica, especialmente por las irregularidades jurídicas, los abusos de autoridad y las decisiones unilaterales que, según numerosos documentos, marcaron todo el proceso.
La figura del cardenal Raymundo Damasceno Assis, quien presentó su carta de renuncia el 18 de noviembre, se situaba en el centro de la gestión diaria del comisariado. Nombrado comisario pontificio para las tres entidades vinculadas a los Heraldos, su papel aparece descrito de manera compleja: a la vez responsable de ejecutar las órdenes del Vaticano y víctima de presiones, sabotajes internos y decisiones que se tomaban por encima de él.
Desde Infovaticana presentamos una reconstrucción del perfil de Damasceno según lo expuesto en el libro: El comisariado de los Heraldos del Evangelio. Crónica de los hechos 2017-2025. Sancionado sin diálogo, sin pruebas, sin defensa, Coordinado por el Prof. Dr. José Manuel Jiménez Aleixandre –doctor en Derecho Canónico por la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino (Angelicum) de Roma– y la Hna. Dra. Juliane Vasconcelos Almeida Campos, doctora en Filosofía.
Un comisario atrapado entre la autoridad romana y la realidad pastoral
El cardenal Raymundo Damasceno fue designado comisario pontificio en 2019, asumiendo el control gubernativo de la Asociación Heraldos del Evangelio y de sus dos sociedades de vida apostólica: Virgo Flos Carmeli y Regina Virginum. Su misión, en teoría, consistía en supervisar, corregir y reorganizar la vida interna de estas instituciones.
Sin embargo, los documentos muestran que su mandato estuvo marcado desde el principio por un clima de opacidad. De hecho, el libro señala que incluso el propio comisario recibió decretos contradictorios, irregulares o dirigidos a entidades inexistentes, lo que no solo entorpecía su labor, sino que —según los autores— lo “humillaba” públicicamente, al convertirlo en ejecutor de disposiciones cuestionables.
La primera característica que destaca es su estilo conciliador. Frente a las presiones del Dicasterio, Damasceno trató de aplicar criterios pastorales, moderados y ajustados a derecho. Esto provocó choques directos con el prefecto Braz de Aviz, partidario de medidas más duras y rápidas.
El caso de los menores: el punto de inflexión
Uno de los episodios más reveladores es la orden que, en 2021, envió el Dicasterio para expulsar a todos los menores de edad que vivían o estudiaban con los Heraldos. Se justificaba por denuncias anónimas y supuestas irregularidades disciplinares, sin que se presentara ninguna prueba concreta.
Damasceno, conocedor de la realidad cotidiana y del impacto que esa medida tendría en familias de escasos recursos, se negó inicialmente a ejecutarla, apoyándose en el derecho canónico, que permite suspender órdenes nulas o imprudentes.
Su postura chocó de frente con Roma. El sustituto de la Secretaría de Estado, monseñor Edgar Peña Parra, le comunicó que la decisión contaba directamente con la aprobación del Papa. Braz de Aviz, molesto con la “excesiva ponderación” del comisario, inició maniobras paralelas a través de asistentes que actuaron sin informarle, con el objetivo de imponer la prohibición de todas maneras.
Este episodio mostró el aislamiento en el que operaba Damasceno y acentuó la tensión interna del comisariado.
Una autoridad socavada desde dentro
El libro describe una serie de sabotajes realizados por miembros del propio equipo del comisario, muchos de ellos designados por el Dicasterio sin su conocimiento o aprobación.
El caso más llamativo fue el del carmelita Fray Evaldo Xavier, quien actuó como un “comisario del comisario”, entregando notificaciones oficiales antes incluso de que Damasceno las recibiera. También se mencionan irregularidades del canonista Mons. Denilson Geraldo, que modificó subrepticiamente documentos oficiales, induciendo al cardenal a error.
Estas maniobras, unidas a renuncias repentinas por motivos personales o escándalos morales de algunos asistentes, dejaron al cardenal Damasceno prácticamente solo frente a un aparato que no siempre actuaba bajo su autoridad, sino a espaldas de ella.
Intento de cerrar el comisariado y devolver la normalidad
A pesar del ambiente hostil, Damasceno elaboró un plan formal para poner fin al comisariado en 2024, después de cinco años de trabajo. Su propuesta incluía: actualización de constituciones, tramitación de textos ante la Santa Sede, convocatorias de capítulos y asambleas y la elección de nuevas autoridades.
El tono de la carta enviada al prefecto mostraba su deseo de restablecer la vida ordinaria de las instituciones. Sin embargo, el Dicasterio respondió con nuevos condicionamientos, retrasos y contradicciones, lo que evidencia la resistencia interna a dar por concluida la intervención.
Un comisario obediente, pero no cómplice
El perfil que emerge entre hojas y hojas de evidencias es el de un cardenal que, aun acatando las órdenes recibidas, trató de ajustarlas a justicia y prudencia. No aparece como ideólogo ni como opositor frontal, sino como una figura eclesial tradicional y equilibrada, distanciada del enfoque más agresivo del prefecto.
Es significativo que varias voces dentro del Vaticano lo consideraran “demasiado conciliador” y que, según testimonios citados, se llegara incluso a planear su remoción. Esto refuerza la imagen de un comisario que no encajaba plenamente en la estrategia que otros pretendían ejecutar.
Una figura intermedia en un proceso marcado por tensiones
El cardenal Raymundo Damasceno aparece, en la narrativa del libro, como una pieza clave del comisariado, pero también como uno de sus grandes damnificados. Su labor estuvo marcada por un esfuerzo constante de moderación, un deseo de actuar conforme al derecho y una vivencia personal de presiones, bloqueos y contradicciones.
Para los autores de la obra, Damasceno no fue el artífice de la intervención, sino el prelado que intentó evitar sus excesos y que, a pesar de ello, debió cargar con la responsabilidad de ejecutar decisiones tomadas en despachos a los que él no tenía acceso.
El retrato final es el de un cardenal que se mantuvo fiel a su misión, pero rodeado de fuerzas que actuaban desigual y desordenadamente, en un caso que, ocho años después, sigue dejando heridas abiertas en la vida de la Iglesia.
https://infovaticana.com/2025/11/20/exclusiva-el-cardenal-damasceno-renuncia-como-comisario-pontificio-de-los-heraldos-del-evangelio/
