Hace unos días, mons. Planellas, arzobispo de Tarragona, declaraba en una entrevista concedida al diario Público que «rezar el rosario en la puerta de una clínica abortiva es ideologizar y banalizar la oración», una afirmación que nos deja si aliento viniendo de un obispo —aunque hoy ya nada nos sorprende—.
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Planellas apeló a la pluralidad de la Iglesia para justificar su respuesta. «¿Qué ganas con esto?» preguntó finalmente antes de presentar los planes de acompañamiento que tiene su archidiócesis para ayudar a mujeres «desorientadas» que han se han decidido por la vida.
«Yo creo que esto es trabajar en pro de la vida y no ir a un abortorio [a un centro abortivo], hacer una manifestación y rezar un rosario».
La batalla espiritual y el poder del rosario
Quizá a Planellas le faltaron más clases de catecismo sobre la oración, o nunca le enseñaron lo que era el rosario, tal vez leerse unas cuantas vidas de santos y repasar los mensajes de Fátima y Lourdes habría ayudado. A lo largo de los siglos, los santos han repetido con claridad inconfundible que la oración —y en particular el rosario— no es un adorno devocional, sino un arma real en la batalla espiritual.
San Pío de Pietrelcina lo llamaba “el arma para estos tiempos”, convencido de que cada Ave María abre una grieta en la oscuridad que rodea al mundo. Para san Juan Pablo II, el rosario era “la escuela de María”, donde el corazón aprende a mirar la realidad con los ojos de la fe, incluso en medio del dolor. Santa Teresa de Calcuta aseguraba que no existe situación tan rota que no pueda empezar a recomponerse con un rosario en la mano. Y santos como Domingo de Guzmán, Luis María Grignion de Montfort o Maximiliano Kolbe vieron en él una cadena que no ata, sino que libera, capaz de cambiar almas, familias y naciones enteras.
Para los católicos, la oración no es un gesto pasivo: es una intervención directa de Dios en medio de la historia. Por eso, cuando los cristianos rezan ante el mal, no “banalizan” nada, hacen exactamente lo que la Iglesia ha hecho siempre para enfrentar lo que el mundo no quiere mirar.
La respuesta de Argüello
Días después, en el discurso inaugural de la Asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal Española (CEE), mons. Argüello, presidente de la CEE y arzobispo de Valladolid, dedicó unas extensas palabras para reflexionar sobre el aborto y la realidad por la que pasa España en este tiempo.
Afirmar públicamente que el aborto es objetivamente inmoral, pues supone poner fin a la vida de una persona distinta de su madre y de su padre, es arriesgarse a escuchar fuertes descalificaciones personales, sociales y políticas: «¿Cuestionar esta conquista?, ¿dudar de este derecho? Es el paroxismo del pensamiento fascista y autoritario que merece la inmediata etiqueta de extrema derecha». Peor aún, afirmar que existen argumentos no religiosos contra el aborto es inimaginable.
La respuesta a Planellas llegó fuerte y clara:
Ofrecer información a las mujeres gestantes es considerado un abuso y rezar ante un abortorio una amenaza. ¿Por qué este rechazo a razonar y dejar que la ciencia —ADN, genoma, ecografía, etc.— hable, informe y permita saber la verdad?
Poner la fe en el esfuerzo y no confiar en la oración
Al final, todo se reduce a esto: cuando un pastor desconfía del poder de la oración y deposita su esperanza únicamente en estructuras, programas o estrategias, está diciendo sin querer que el hombre puede más que Dios. Es justo lo contrario de lo que enseñó Cristo y de lo que vivió cada santo que ha sostenido a la Iglesia en tiempos turbulentos.
Planellas habla de “proyectos” —y benditos sean—, pero olvida que sin oración todo esfuerzo humano se queda en superficie. Porque cuando la Iglesia empieza a confiar más en sus propias manos que en las de Dios, el enemigo no necesita hacer mucho más: la batalla ya está perdida antes de empezar.
