Lo permanente frente a lo contingente

Lo permanente frente a lo contingente

El reciente discurso del Papa León XIV pronunciado en Asís dejo unas cuantas frases destacadas, una de esas, publicada en la red social X—«Una Iglesia sinodal, que camina por los surcos de la historia afrontando los desafíos emergentes de la evangelización, necesita renovarse constantemente»— vuelve a poner sobre la mesa un debate que no acabamos de superar: ¿dónde debe situarse el verdadero foco de la renovación eclesial? La insistencia en lo «sinodal», lo «asambleario» o lo «adaptativo» corre el riesgo de convertirse en un marco mental desde el cual se interpreta todo, incluso aquello que por su propia naturaleza excede lo transitorio. Y en el fondo de esta tensión late una cuestión crucial: ¿por qué insistir tanto en lo contingente cuando precisamente los jóvenes —la gran preocupación pastoral del siglo XXI— buscan lo permanente?

La sed contemporánea de lo que no perece

Una de las mayores paradojas culturales de nuestro tiempo es que, aun viviendo en una sociedad líquida que ha renunciado a la permanencia, las nuevas generaciones manifiestan una creciente necesidad de significados estables, raíces y certezas ontológicas. La cultura moderna ha renunciado a las categorías perennes, sustituyéndolas por un relativismo funcional en el que lo verdadero, lo bueno y lo bello dejan de existir como realidades objetivas. Este vaciamiento antropológico ha generado individuos desorientados, fragmentados y existencialmente vulnerables.

No es casual que proliferen las crisis de sentido o la incapacidad de proyectar la vida hacia el futuro. Cuando se suprime lo permanente, el ser humano queda suspendido en un presente que no ofrece sostén. Y precisamente aquí aparece la cuestión decisiva: el alma humana no vive de lo efímero. La sed de trascendencia no se sacia con adaptaciones estructurales o procesos administrativos.

Renovación no es aggiornamento permanente

La palabra «renovación» ha sufrido una deriva semántica desde finales del siglo XX. Se ha confundido renovación con plasticidad ilimitada, como si la Iglesia tuviera que reinventarse constantemente para «estar a la altura» de cada nuevo clima cultural. Pero esta idea responde más a un estado mental propio de los años 90 —dominados por teorías sociológicas de moda, ansias de modernización institucional y fascinación por el lenguaje participativo— que al verdadero espíritu de la Tradición.

El Papa y muchos de los asesores de comunicación que le rodean, parecen instalados en esa mentalidad con mucha frecuencia, sin advertir que la cultura actual ha girado radicalmente hacia otras búsquedas. Hoy, más que nunca, la Iglesia tiene la oportunidad histórica de redescubrir que su fuerza no reside en actualizar su estructura, sino en custodiar lo que no pasa.

Lo eterno como fundamento de la misión

La Iglesia ha sobrevivido a imperios, revoluciones y cambios de paradigma no porque se haya mimetizado con cada época, sino porque ha conservado verdades que trascienden todos los tiempos. Cuando la Iglesia se centra exclusivamente en lo temporal —procesos, estructuras, sínodos, metodologías participativas— corre el riesgo de diluir su identidad hasta convertirse en una ONG espiritual, incapaz de ofrecer aquello que solo ella puede transmitir: la revelación de una verdad eterna, personal y encarnada en Cristo.

La verdadera renovación cristiana siempre ha surgido de un retorno a lo perenne: los Padres del Desierto, la reforma benedictina, la revolución espiritual de Francisco de Asís, Trento, el impulso evangelizador del siglo XIX y XX. Ninguna de estas grandes transformaciones nació de una asamblea administrativa. Todas brotaron de volver la vista a lo Eterno.

El riesgo de confundir el medio con el fin

El lenguaje sinodal puede tener su función, aun por demostrar, pero se convierte en problema cuando se absolutiza. En ocasiones, parece que la sinodalidad ha pasado de ser un medio a ser un fin, opacando aquello que realmente sostiene a la Iglesia: la verdad, la gracia y el depósito espiritual que no cambia.

La obsesión por lo estructural puede terminar desplazando lo esencial: la conversión, la doctrina, los sacramentos, la santidad como meta real, las verdades que dan forma a la existencia humana. Si se pierde lo permanente, todo lo demás queda suspendido en el aire.

Volver a lo que no pasa: la verdadera respuesta a la crisis

La nueva generación no está esperando asambleas. No está esperando documentos técnicos. Y desde luego no está esperando que la Iglesia funcione como una institución más del ecosistema social. La juventud busca verdad sólida, identidad estable, autoridad moral, un horizonte que trascienda la muerte, una propuesta de vida que no dependa del último consenso sociológico.

El futuro de la Iglesia —y la auténtica renovación— no pasa por multiplicar procesos, sino por volver a aquello que nunca dejó de ser su tesoro: lo eterno, lo absoluto, lo que no se negocia.

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