La República que prometía modernidad… incendió conventos

La República que prometía modernidad… incendió conventos

El capítulo se abre en un clima donde la II República, recién estrenada, se declaraba laica, moderna y portadora de un nuevo horizonte político. Sin embargo, apenas habían pasado unas semanas cuando afloró un viejo demonio: el anticlericalismo violento. El 10 de mayo, un simple bulo —el supuesto asesinato de un taxista por católicos— bastó para que las turbas incendiaran edificios religiosos, bibliotecas centenarias y conventos enteros, entre ellos el de los jesuitas, perdiéndose tesoros del Siglo de Oro y obras de Zurbarán o Van Dyck.

La imagen de un país que pretendía ser “nuevo” se vio empañada por fotografías de agitadores posando con cuerpos momificados extraídos de criptas. Más de cien edificios religiosos ardieron en pocas horas. Y el Gobierno, lejos de sofocar la violencia, se limitó a contemplarla: Azaña sentenció que ningún templo valía la vida de un obrero. El mensaje era tan claro como inquietante: el orden público quedaba supeditado a la ideología.

El silencio de Franco ante el caos: disciplina frente a vendetta

El joven Franco presenció estos sucesos con profunda decepción, no por beatería —Roa recuerda que no era “un catolicón” y en Dar Riffien prohibía “mujeres y curas”—, sino porque intuía lo que estaba en juego: España violentaba su propio espíritu histórico. Mientras las élites intelectuales se declaraban equidistantes, Franco guardaba silencio, fiel a su estilo: observar, evaluar, no exponerse prematuramente.

Ese silencio fue su forma de resistencia interior. Disciplina, siempre disciplina. El mismo principio que enseñaría a sus cadetes en la célebre alocución tras el cierre abrupto de la Academia Militar de Zaragoza: obediencia incluso cuando “el corazón pugna por lanzarse en íntima rebeldía”.

Azaña contra el Ejército: la fractura que encendió un país

En el relato de Roa se aprecia un Azaña empeñado en reconfigurar el Ejército desde el resentimiento. Sus memorias dejan pinceladas de desprecio hacia sus propios mandos: redujo plantillas, degradó a oficiales, ignoró ascensos y cerró la Academia General Militar sin justificación técnica. Franco fue uno de los principales damnificados: de primero de su promoción pasó a último; su carrera quedó en suspenso; su disciplina puesta en cuestión; su hoja de servicios manchada por una reseña negativa que lo perseguiría durante años.

El choque entre ambos no fue ideológico, sino de carácter. Azaña esperaba sumisión; Franco entregaba disciplina. Son cosas distintas.

España juzga a sus muertos

La República, en su ansia de ejemplaridad moral, llegó al extremo de juzgar in absentia a Alfonso XIII… y también al fallecido Primo de Rivera. Los procesos, grotescos en su teatralidad, revelaron una política convertida en circo: condenas a muerte conmutadas, confiscaciones masivas y discursos inflamados contra la monarquía. A Franco, monárquico por convicción histórica más que sentimental, aquel espectáculo le resultó insoportable: no se juzgaban errores, sino símbolos.

El ambiente se enrareció. Las calles señalaban a monárquicos y católicos; llevar un crucifijo se convirtió en un riesgo. Incluso el talante de Franco —habitualmente sereno, incluso risueño en tiempos africanos— se ensombreció.

Sanjurjo, Azaña y un país al borde del abismo

En este clima de humillación militar y desorden social estalla la famosa “Sanjurjada” del 10 de agosto de 1932. Sanjurjo, antiguo jefe de la Guardia Civil, quiso capitalizar el descontento y se sublevó. Pero la asonada fracasó en horas. Franco, lejos de sumarse, permaneció vigilante en La Coruña, fiel al Gobierno pero consciente de que el país caminaba hacia un punto de no retorno.

Y entonces dejó caer una frase que Niko Roa recoge como presagio:
“El día que disuelvan la Guardia Civil, o que llegue la hora del comunismo… me echaré al campo.”
No era amenaza: era lectura del tiempo histórico.

En El joven Franco, Niko Roa reconstruye con precisión quirúrgica los años en los que la República pasó de promesa a desencanto, y en los que Franco —lejano todavía a cualquier protagonismo político— se forjó en silencio, leyendo, observando y comprendiendo que España entraba en una espiral que pronto exigiría decisiones extremas. Un libro que invita a releer un periodo decisivo sin tópicos, sin simplificaciones y con la sobriedad que exige la historia.

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