La narrativa dominante repite que Franco, como un faraón orgulloso, se diseñó su propio mausoleo y reposó en él rodeado del sufrimiento de miles de esclavos. Sin embargo, la documentación histórica desmiente esta construcción ideológica. En el libro Eternamente Franco, Pedro Fernández Barbadillo recuerda, apoyándose en los registros del médico Ángel Lausín, que las muertes durante la obra ascienden a quince, entre presos y trabajadores libres, en casi una década de trabajos —una cifra muy distinta de la que alimenta el imaginario progresista— y que los presos acudían voluntariamente al Valle para redimir sus condenas más rápido, cobrar un sueldo y vivir con sus familias.
En Cuelgamuros había escuela, matrimonios, bautizos, comuniones. Se parecen muy poco —por no decir nada— a los campos de exterminio con los que hoy se intenta trazar paralelismos forzados. Pero en el relato oficial, los matices sobran: lo importante no es la verdad, sino el símbolo.
Franco no pensó ser enterrado allí
Quizá la revelación es más sencilla: Franco no tenía intención de ser enterrado en el Valle. La prueba es tan evidente que sorprende lo silenciosamente que ha sido sepultada: la familia Franco compró un panteón en el cementerio de El Pardo, donde hoy descansa Carmen Polo.
El general no dejó instrucciones en su testamento político sobre su tumba, ni manifestó preferencia alguna. Quien decidió su destino final fue el Estado.
La Operación Lucero: el Estado planeó el entierro
Los detalles son reveladores. En los meses previos a la muerte de Franco, el SECED preparó la llamada Operación Lucero, una hoja de ruta para asegurar la estabilidad política tras el fallecimiento del Jefe del Estado: protocolo, proclamación del rey… y sí, también la elección del lugar de enterramiento. Como explica el general Peñaranda, el Valle era, sencillamente, la opción “práctica”: fuera de la ciudad, monumental, segura y dotada de condiciones para acoger multitudes.
No se consultó a la familia. No se debatió en Consejo de Ministros. No hubo deliberación parlamentaria.
Fue una decisión técnica. Y fue el Estado —no Franco— quien eligió Cuelgamuros.
Una de las primeras órdenes del nuevo rey
La escena resulta hoy desconcertante: una vez proclamado, Juan Carlos ordenó en cuestión de horas entregar el cuerpo al abad del Valle para su entierro. Sin refrendo del presidente del Gobierno ni de ningún ministro, gesto que demuestra hasta qué punto la decisión estaba ya acordada desde tiempo atrás.
El lugar elegido era tan improvisado que hubo que excavar a toda prisa la sepultura detrás del altar mayor. Un dato elocuente: si Franco hubiera planificado ese detalle, la obra estaría preparada desde hacía años.
El nuevo relato: profanar para reescribir
Décadas después, la izquierda y los partidos nacionalistas impulsaron la exhumación como parte de una estrategia más amplia: presentar la Transición como una claudicación ante el franquismo y legitimar la “memoria histórica” como instrumento de poder. En 2018, el Gobierno aprobó un decreto-ley que ordenaba la profanación, sin explicar jamás por qué Franco estaba enterrado allí, como si hubiese aparecido espontáneamente bajo la basílica.
La omisión no es inocente: si se aceptara que fue el Estado —y no la familia ni el dictador— quien decidió el enterramiento, se derrumbaría la narrativa moral que justifica la exhumación.
La repetición del viejo ritual: derrotar a los muertos
Barbadillo recoge el análisis de Jiménez Losantos sobre el sentido profundo de la profanación: cuando no se puede derrotar políticamente a un adversario ya muerto, se destruye su tumba para reafirmar la superioridad moral. Lo hicieron los revolucionarios franceses con los sepulcros reales. Lo hicieron los comunistas con los “blancos”. Lo hicieron las turbas anticlericales de 1936 posando con cadáveres de monjas. Y lo repiten hoy quienes exhiben la calavera simbólica de Franco para saciar su hambre de legitimidad ideológica.
El siguiente paso: atacar la Cruz
La exhumación era solo el primer acto. Ya en 2018, sectores de izquierda planteaban sin rubor desmontar la Cruz del Valle piedra a piedra, para convertir Cuelgamuros en un “centro de memoria”. La mayor cruz del mundo, levantada para honrar a todos los muertos, se ha transformado en una obsesión para quienes conciben la historia no como un legado, sino como un campo de batalla simbólica.
Ese tiempo ya llegó, lo estamos viviendo, el plan de «resignificación» está en marcha: La grieta del Valle: un proyecto talibán contra la fe y el arte
El propio Tertsch, citado en el capítulo, lo resume así: el Valle debe ser un dique frente al tsunami de mentiras. Y miles de españoles que acuden cada semana a escuchar misa o a ver el monumento lo demuestran: existe una memoria que no se deja reescribir.
En Eternamente Franco, Pedro Fernández Barbadillo reconstruye con precisión quirúrgica un episodio manipulado durante décadas. Su narrativa devuelve el contexto, los hechos y las voces silenciadas por la propaganda. Un capítulo que invita a seguir leyendo un libro que desmonta mitos con un rigor que hoy —quizá precisamente por eso— resulta incómodo.
